Miguel Ángel Blanco, 20 años después

Foto: Fundación Miguel Ángel Blanco

Foto: Fundación Miguel Ángel Blanco

El sábado 12 de julio de 1997, ETA cumplió su amenaza de matar a Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular en el Ayuntamiento de Ermua. Días antes, las fuerzas de seguridad del Estado habían liberado a Ortega Lara después de 532 días de secuestro. La liberación de Ortega Lara reafirmó la confianza de los españoles en el Estado de Derecho como garante de nuestro régimen de derechos y libertades frente a la “razón de Estado” ejercida por los gobiernos socialistas.

La victoria del Estado de Derecho y la resistencia de Ortega Lara hicieron del calvario una señal de esperanza: ETA podía ser derrotada con la Ley y sólo con la Ley. Ese éxito en los inicios de la política antiterrorista del PP de José María Aznar hizo que ETA buscara contrarrestar cualquier síntoma de su propia debilidad que mostrara que la organización no era invencible.

Es en este estado de cosas en el que tienen lugar el secuestro y el posterior asesinato de Miguel Ángel Blanco. Una banda que quiere recordar a los españoles que el veneno que no introduce la serpiente en las instituciones -a través de las cuales se financiaba hasta la aprobación y legislación de Ley Orgánica 6/2002, de 27 de junio, de Partidos Políticos– lo ejecuta el hacha arrancando vidas.

ETA secuestró a Miguel Ángel Blanco y valoró su vida en 48 horas. Si el Estado cedía a sus amenazas, no le asesinaban. El Gobierno de la Nación se mostró firme frente al chantaje de la organización terrorista, y la familia de Miguel Ángel Blanco demostró una entereza ejemplar, merecedora de la admiración y la gratitud de todos los españoles.

Lo que sucedió en aquellos días cambió la historia de España. Había un Gobierno dispuesto a poner fin al terrorismo por la vía judicial, policial y social. Y el martirio de Miguel Ángel Blanco transformó el miedo de buena parte de la sociedad en un rotundo grito de valentía: ¡Basta ya! “Los españoles, y en particular el pueblo vasco, han hablado con una sola voz y han dicho basta ya”, afirmó su S.M. el Rey -entonces Príncipe de Asturias-.

El movimiento que nació de aquellos días de infamia y dolor marcó el principio del fin de ETA. No fue el azar lo que puso las bases para acabar con ETA, fue la determinación de un Gobierno en unión con una sociedad harta de vivir con miedo.

20 años después

Esto es lo que deberíamos conmemorar en el vigésimo aniversario del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Lamentablemente, la conmemoración se ha visto empañada por la batalla de las pancartas. El gobierno de Podemos en el Ayuntamiento de Madrid que preside la alcaldesa Manuela Carmena, tan proclive a la cartelería en las ocasiones más variopintas, se ha negado a poner una pancarta en la sede consistorial de la capital del Reino con motivo de este aniversario.

Estos hechos, junto a otros similares acontecidos en diversos puntos del territorio nacional, ponen de relieve que el discurso de ETA sigue teniendo adeptos; que su historia, su narrativa, prevalece lo suficiente como para tener en las instituciones más representantes de los que había hace diez años.

Desgraciadamente, esto no es algo que deba sorprendernos. Se ha abandonado la iniciativa política y se ha permitido, por incomparecencia, que ETA y sus afines reinventen lo que sucedió -y lo que todavía sucede, ya que no hay tiros en la nuca pero sí mayorías opresoras-, dejando en manos de los verdugos la escritura de lo que fue y abandonando la memoria colectiva, la imagen de lo que somos, al albur de ingenieros sociales que alcanzan el poder, no por sus logros en gestión económica, sino a lomos de los marcos ideológicos que han ido construyendo.

La batalla de las pancartas, impensable cuando hace dos décadas eclosionó el espíritu de Ermua, es síntoma de una corriente de fondo que requiere de una respuesta política articulada, que reivindique la labor de todos aquellos que fueron determinantes para acorralar a ETA -sorprende y preocupa la ausencia en los actos conmemorativos de figuras que fueron clave en la política antiterrorista- y que rememore y ponga en el centro a las víctimas del terrorismo, hacia las que todos los españoles tenemos una perenne deuda de gratitud. Permitir que se imponga la historia de los asesinos es matar doblemente a las víctimas del terrorismo.

Por eso, el mejor modo de conmemorar el sacrificio de Miguel Ángel Blanco es trabajando por la derrota total de ETA en el plano judicial, policial y social. Esperemos que la unidad de los demócratas, en defensa de la libertad y de la vida, se imponga sobre los que pretenden dividirnos y justificar la violencia con fines políticos.

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