Mesas de boda y listas electorales, por Ricardo Calleja

Últimamente las bodas tienen en el PP un gran valor simbólico. Quizá por eso me parece que la relación entre el Partido Popular y sus votantes el día de las elecciones se parece a un casamiento. No me refiero a la celebración de lo que constituye el matrimonio -el intercambio de voluntades entre marido y mujer- sino a algo menos importante: al fenómeno de las mesas para el banquete nupcial.

(Foto: Efraimstochter/ pixabay)

(Foto: Efraimstochter/ pixabay)

Después del “sí, quiero” y de la sesión de fotos, vamos al salón a plato servido, con un menú cerrado y unos comensales predeterminados. Una mesa de boda puede alumbrar nuevas relaciones afectivas o profesionales, resolver viejas rencillas, o condenar al aburrimiento y al ostracismo al tipo más sociable. A veces una combinación inadecuada genera escenas bochornosas (¡últimamente se han visto hasta palos de selfie en algunos enlaces!). Pero, eso sí, las mesas de boda son más inamovibles que el matrimonio mismo que se acaba de celebrar: hasta que la muerte nos separe. Quizá por lo delicado de su diseño -y para evitar las responsabilidades- el proceso de distribución es muchas veces poco o nada transparente, sometido siempre a varias voces metiendo presión. La responsabilidad de quien elabora la lista de invitados a cada mesa es enorme.

Es verdad que a veces a uno le prometen ponerle “en una buena mesa” o “con los de la facultad que hace tiempo que no ves”, o en una “mesa de primas de mi mujer solteras” y suele ser un importante incentivo. Pero normalmente uno no sabe quiénes van a ser sus acompañantes hasta tan solo un minuto antes de empezar las presentaciones y decidir si nos distribuimos en plan chico-chica y separando a las parejas o por riguroso orden de caída (que aún eso está a veces prefijado). Yo por eso prefiero –a pesar de los pesares- las bodas con cena “de pie”, donde uno es libre de juntarse con quien quiera y de conocer un poco a todo el mundo. Desde luego se agradece la relajación de la disciplina a partir del postre, que a veces permite levantarse y mariposear de mesa en mesa. Otras veces el único recurso es simular que uno va al baño.

Lamento decir que para la celebración de las elecciones generales la boda del PP va a ser en plan sentados, y con un estricto protocolo. La lista de comensales será dada a conocer en breve, en sobre cerrado y sin apelación posible. Se aceptan palos de selfie porque somos modernos, pero que nadie se mueva de la silla o se le ocurra cambiar el orden de la mesa. Además, nada garantiza que nos toque una mesa de ganadores. En cualquier caso estaremos lejos de la mesa presidencial y es improbable que los novios se acerquen a saludarnos.

En la tribuna de Isabel Benjumea que publicó El Mundo, avisaba de la tormenta perfecta a la que se enfrenta el PP y señalaba una oportunidad para la recuperación de la confianza por parte de su electorado: acertar en la elaboración de las listas electorales. Ya llegamos tarde para pedir un proceso abierto y transparente. Pero estamos a tiempo de exigir a los responsables (o si nos ponemos cínicos, al responsable), que hagan el favor de tener en cuenta las preferencias de sus invitados a la boda, en un ejercicio de liderazgo político y de efectiva responsabilidad.

Aunque haya que soportar algunas presiones, no es tan difícil hacer mesas que mezclen con acierto gente joven con señores o señoras con tiros dados y algo que contar. Ni que abran espacio conscientemente a las diversas familias y grupos de amigos (enumerados por Benjumea: liberales, conservadores, democristianos, centristas), con afán de lanzar un mensaje claro al electorado: sé quiénes sois, sé lo que os preocupa, sé lo que pensáis, haré lo posible por tenerlo presente y así poder celebrar nuestro enlace (D.m.) el próximo 20 de diciembre en el Parador Nacional de la calle Génova 13.

Por si alguien lo ha olvidado: la gente se toma cada vez menos en serio la etiqueta, y en la boda del 24 de mayo, millón y medio de invitados se excusaron para ir al baño de la abstención o fumarse un puro al aire libre. Por no hablar del medio millón que se fueron a Barcelona a la boda civil de Albert Rivera, que se prometía más cachonda aunque no hubiera tantos abogados del Estado.

Ricardo Calleja Rovira | Cofundador de Principios
FLORIDABLANCA CAFÉ

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