Mayo 68. La diversión revolucionaria, por Ramón González Férriz

En España hemos tendido a identificar los acontecimientos de 1968 con lo sucedido en París entre febrero y junio de ese año, que solemos resumir como Mayo de 1968. Los hechos parisinos fueron sin duda importantes: pusieron de manifiesto que en el mismo corazón de Europa, en un país que aunque había sido invadido y humillado por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial acabó en el lado de los vencedores, una parte relevante de los jóvenes rechazaba por completo el mundo surgido tras ese conflicto. Los pactos de posguerra habían sido enormemente positivos: se crearon las condiciones para un inmenso crecimiento económico a partir de los años cincuenta, las clases medias se expandieron, los obreros industriales vieron mejoradas sus condiciones de trabajo, el fantasma del comunismo quedó confinado en el este del continente y las democracias liberales -por supuesto, no en España- se fueron asentando con relativa facilidad. Pero a esos jóvenes esa realidad les parecía insuficiente: rígida, autoritaria, explotadora, racista.

A pesar de ello, si los hechos parisinos fueron los más emblemáticos -gracias, sin duda, al talento francés para exportar su brillante dinamismo cultural de la época, pero en España también al afrancesamiento de los jóvenes que entonces tenían vocación intelectual-, no fueron ni mucho menos los más dramáticos, ni siquiera los más trascendentes en términos históricos. En Estados Unidos, ese año fueron asesinados Martin Luther King, el líder que seguía empeñado en que la lucha por los derechos civiles de los negros fuera pacífica a pesar de la tentación violenta que sentían algunos de sus seguidores, y Robert Kennedy, que posiblemente habría sido elegido como candidato demócrata a las elecciones de ese año que acabó ganando el republicano Nixon. Además, el 68 estadounidense, con las protestas contra la guerra de Vietnam, el ocaso del sueño hippie y las tentaciones revolucionarias en muchas universidades, se percibió en el propio país como una enorme transformación cultural que, para los conservadores y también muchos procedentes de la izquierda, supuso una ruptura con las bases culturales y morales de la nación estadounidense. En Alemania, ese mismo año, un grupo de estudiantes vinculados al Sindicato de Estudiantes Socialistas señaló que la aparente democracia del país no era sino un simulacro y que en realidad el nazismo continuaba por otros medios y, sin duda, en las mentalidades de sus padres. Algunos de estos jóvenes acabarían formando parte del grupo terrorista la Fracción del Ejército Rojo, también conocida como Baader-Meinhof. En México, un país con una democracia muy limitada, pero donde se había producido algo parecido al milagro económico europeo y estadounidense, jóvenes y mayores protestaron contra el clientelismo y la rigidez autoritaria del Partido de la Revolución Institucional. Muchos de ellos -aún hoy no se sabe cuántos, quizá varios centenares- fueron asesinados a tiros en la plaza de Tlatelolco por fuerzas del Estado que quedaron impunes. En Checoslovaquia, el propio gobierno del Partido Comunista intentaba crear un “socialismo de rostro humano” que no renunciara a los principios marxistas-leninistas pero que, con un difícil equilibrio, fuera capaz de democratizarse y asumir alguna forma de libertad individual. El resultado fue la invasión del país por las fuerzas del Pacto de Varsovia bajo el liderazgo soviético, que no quería oír hablar de ninguna clase de apertura. Fidel Castro aprobó la invasión. El sueño comunista, si es que aún había esperanzas para él, quedaba desahuciado. En 1968, ETA cometió sus primeros asesinatos reconocidos.

FRANCE, Paris, May 1968: Portrait of Mao Zedong posted by pro-Maoist in the courtyard of the Sorbonne. AFP

El Mayo francés, sin embargo, tiene un encanto especial. Quizá porque fue el menos violento de todos estos acontecimientos, y en muchos sentidos el más fotogénico. Sus instigadores eran trotskistas, maoístas y anarquistas -el Partido Comunista francés les consideró simplemente “hijos de papá”-, pero su legado fue ambivalente. Su rechazo al Estado desde posturas izquierdistas acabaría transformándose en una forma de liberalismo individualista, de rechazo a las convenciones, que demandaba la expulsión de la tradición y la jerarquía de las decisiones sobre la vida privada. Si Marx había reflexionado larga y complejamente sobre el fetichismo de la mercancía, el 68, al menos en parte, también convirtió en fetiche la rebeldía, una actitud vital que desde entonces fue aplaudida incluso por la publicidad y la autoayuda más complacientes, y que de esta forma quedaba en realidad privada de una verdadera vocación -o, al menos, de una posibilidad- de revolución política. Ese mismo año, John Lennon cantaba en la canción Revolution: “Decís que queréis cambiar la Constitución, pero bueno, todos queremos cambiar lo que hay en tu cabeza. Decís que el problema son las instituciones, pero bueno, en su lugar mejor será que liberes tu mente”. La revolución política, de hecho, era imposible. Mejor revolucionar la vida privada y la cultura.

Y eso hicieron, con resultados ambivalentes y criticables, sin duda a menudo incoherentes, pero en algunos sentidos positivos. A pesar de la retórica grandilocuente, y en ocasiones irritante, del momento y de las ideologías que consideraban que capitalismo y comunismo eran dos expresiones simétricas de un mundo autoritario -aunque siempre preferían el legado intelectual de la izquierda radical al del liberalismo o la socialdemocracia-, gran parte de los estudiantes que se rebelaron en 1968 acabaron contribuyendo al progreso de las sociedades occidentales. Fue un giro extraño, quizá común en la historia, pero sorprendente para quienes somos hijos de esa generación. Lo que nació como un estallido que tenía como modelos la espantosa Revolución Cultural china, que estaba teniendo lugar en ese momento, o las guerrillas latinoamericanas de las que era emblema el Che, ejecutado en 1967 en Bolivia, acabó transformándose en una reivindicación de sociedades más libres, más juguetonas, más frívolas -para bien y para mal- y más desordenadas -de nuevo, para bien y para mal-. Lo que eran revueltas contra el capitalismo reforzaron el capitalismo y lo configuraron de manera mucho más crucial de lo que ninguno de los protagonistas de 1968 pudo imaginar entonces.

Ramón González FérrizApp-Twitter-icon
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías