Los experimentos, con gaseosa, por Gabriel Elorriaga

Hace unas semanas, las asambleas territoriales de Podemos en Murcia y Valencia aprobaron incorporar a sus respectivos Consejos Ciudadanos – el máximo órgano de decisión entre asambleas – a representantes elegidos por sorteo. En concreto, 10 de los 57 militantes que integran el órgano valenciano son seleccionados de manera aleatoria y deben rotar cada dos años. Según parece, este sistema, con algunas variaciones, será también seguido en Andalucía, Baleares y Aragón. La idea de elegir representantes por sorteo ya se planteó en el momento fundacional de Podemos en Vistalegre y se reiteró en su segunda asamblea de la mano de la corriente “Profundización democrática” integrada en la candidatura perdedora de Íñigo Errejón. Aunque no triunfaron para condicionar la formación de la dirección nacional del partido sí que consiguieron abrir la posibilidad para las direcciones territoriales y, por eso, ahora se ha puesto en marcha en algunas de ellas.

El ahorro de costes de campaña, la posibilidad ofrecida a los militantes para conocer las interioridades de su organización, la ruptura de la dinámica interna de bloques confrontados o la igualdad de oportunidades para resultar elegido son algunos de los argumentos expresamente esgrimidos para sustituir las urnas por los sorteos. Pero, más allá de los discursos, la reivindicación del azar como forma de selección de los representantes entronca en los últimos tiempos con la crítica a las democracias representativas a las que se imagina ilegítimas por estar secuestradas por los políticos profesionales y manipuladas por grupos de interés ante la pasividad de unos electores apáticos y desinformados. En ese contexto argumental, no resulta difícil llegar a la conclusión de que la legitimidad para el acceso al poder la atribuye mejor el azar – como proponen algunos en Podemos – o una pseudodemocracia orgánica – como la franquista o la chavista -. La trampa utopista es siempre igual, comparar un ideal irrealizable con la siempre imperfecta realidad. Que las democracias representativas occidentales son defectuosas es algo que salta a la vista de cualquiera, pero eso no desmiente la conocida sentencia de Winston Churchill: “Nadie pretende que la democracia sea perfecta. De hecho, es la peor forma de gobierno excepto todas las demás que han sido ensayadas”.

El reciente éxito editorial de David Van Reybrouck, “Contra las elecciones. Cómo salvar la democracia” (Taurus, 2017), se nutre de ese ambiente de general escepticismo sobre la capacidad de las democracias occidentales para gestionar con acierto las muchas dificultades que presenta el panorama actual. Sin duda, un primer error implícito desde el mismo título es el de identificar de manera exclusiva democracia y elecciones. La idea de que todo se puede decidir a través de los votos anida de manera constante en todas las propuestas antidemocráticas, generalmente canalizadas a través de los referendos. Sin embargo, la llamada periódica a las urnas es solo una parte de una democracia liberal. La separación de poderes, el imperio de la ley, la libertad de opinión y el pleno respeto de los derechos individuales son, entre otros, elementos esenciales para que exista una auténtica democracia liberal. Limitar cualquiera de ellos, aun como resultado de una elección popular, es profundamente antidemocrático.

Hechas estas advertencias, se debe reconocer en Van Reybrouck a un brillante pensador, aunque un tanto oportunista y tramposo. Porque olfateando el ambiente y las demandas de cambio, nos presenta un ensayo que mezcla un interesante y ameno repaso histórico del funcionamiento de la democracia, con la exposición de algunas experiencias recientes de procesos deliberativos complementarios. El retrato de la crisis de legitimidad que, en su opinión, sufre el sistema representativo actual se refleja en tres circunstancias comunes a la mayor parte de las democracias occidentales: participación electoral menguante, volatilidad creciente en los resultados y pérdida de afiliación partidista. Las consecuencias se manifiestan en períodos cada vez más largos para formar gobiernos tras las elecciones, partidos gobernantes inmensamente desgastados ante la opinión pública mayoritaria y dificultades crecientes para la adopción de decisiones desde el Gobierno; de algún modo, la crisis de eficiencia ahonda en la crisis de legitimidad que la provoca provocando un “síndrome de fatiga democrática”.

Van Reybrouck se extiende en la descripción de los argumentos que, desde perspectivas distintas, permiten identificar diferentes culpables para esta situación: el populismo, la tecnocracia o la misma idea de democracia representativa. Según su análisis, “la Revolución francesa, como la estadounidense, no desalojó a la aristocracia para sustituirla por una democracia, sino que apartó a la aristocracia hereditaria para reemplazarla por una aristocracia elegida”. El problema es que doscientos años más tarde “nos hemos convertido en fundamentalistas electorales. Despreciamos a los elegidos, pero idolatramos las elecciones”. Para salir de esta aparente contradicción propone volver la vista atrás, a los precedentes democráticos en la antigua Grecia, Roma o las repúblicas italianas del Renacimiento, donde el sorteo como fórmula de elección de los representantes de la comunidad tuvo amplia cabida. Y de ese nostálgico análisis concluye Van Reybrouck la necesidad de impulsar hoy un nuevo modelo de democracia deliberativa instrumentada a través de asambleas de selección aleatoria. Hay que reconocer que, llegados a este punto, resulta muy interesante conocer algunas experiencias recientes en Irlanda e Islandia para abordar reformas constitucionales, o en Canadá y los Países Bajos para impulsar cambios en el sistema electoral. En todos los casos se ha buscado propiciar un inicial proceso deliberativo, no condicionado por prejuicios partidistas, para fijar el marco de un debate público posterior. Los resultados, no obstante, han sido muy limitados. En modo alguno estas experiencias, por atractivas que resulten, pueden ser entendidas como fórmulas para la sustitución de los gobiernos democráticamente elegidos, ni cabe entender que hayan pretendido reemplazar la democracia representativa, sino que han querido perfeccionarla de manera más o menos ingeniosa.

Cómo ha señalado Manuel Arias en un interesante comentario sobre el libro la propuesta participativa de Van Reybrouck  descansa, por otro lado, en la premisa más que discutible de que los ciudadanos reclaman involucrarse más en la decisión de los asuntos públicos, “otra cosa es que la digitalización haya otorgado mayor visibilidad a la minoría que sí lo reclama”.  Sin duda, la aparición de las redes sociales ha ofrecido un nuevo cauce para la militancia política, pero se equivocan quienes escuchan en los ecos del activismo la voz de la opinión pública. Si, como decía Felipe González, no debe confundirse la opinión pública con la publicada, mucho menos aún pueden identificarse las andanadas de tuits, versión actual de las consignas en las manifestaciones, con las opiniones de la mayoría.

Que nuestras democracias atraviesan una crisis profunda es algo innegable. Pero las soluciones pasan por recuperar una cierta grandeza, lealtad y responsabilidad en sus protagonistas. Para que los partidos funcionen internamente mejor, para que sean más abiertos y participativos, solo hace falta que sus dirigentes lo promuevan asumiendo – indudablemente – el riesgo de ser censurados. Para que la democracia sea más eficiente hay que demostrar sincera voluntad de diálogo con la sociedad y con los adversarios políticos, aun a costa de parecer débiles. Para negociar hay que tener principios, saber explicarlos, defenderlos y, a partir de ahí, ceder en lo que sea razonable. Para recuperar la sintonía con la sociedad es inaplazable acabar con el insoportable paternalismo que lleva a ocultar los problemas reales a los ciudadanos, bien sea por que se les considere inmaduros bien por puro cálculo electoral. En definitiva, los problemas son reales y la capacidad de resolverlos, limitada pero muy relevante. Así debe plantearse, con tanta modestia como ambición, con tanta sinceridad como compromiso; y sin renunciar a la esencia de la democracia representativa liberal. Y los experimentos que los hagan otros, a ser posible – como diría Eugenio D’Ors – con gaseosa.

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