Ser liberal-conservador · La tolerancia

Ser liberal-conservador: la tolerancia

“Y me gustaría insistir esta noche también en la necesidad de que cuidemos y mejoremos en todo momento nuestra convivencia. Y la convivencia exige siempre, y ante todo, respeto. (…) Respeto y consideración también a las ideas distintas a las nuestras. La intolerancia y la exclusión, la negación del otro o el desprecio al valor de la opinión ajena, no pueden caber en la España de hoy”. Así lo dejó dicho S.M. el Rey en su reciente mensaje de Navidad, abriéndonos la puerta para que reflexionemos acerca del concepto de tolerancia, fundamento de una convivencia pacífica y libre.

Como la raíz latina indica, el concepto se refiere a la aceptación condicionada—que no asunción—de creencias, ideas, acciones o prácticas que, aun pudiéndose considerar erróneas, no deben ser prohibidas o constreñidas ya que no amenazan nuestra seguridad y vida en sociedad. Aunque ya es usado por Cicerón y los estoicos, el concepto de tolerancia se desarrolla plenamente gracias al cristianismo y al principio credere non potest nisi volens, que apunta a que la fe solo puede desarrollarse libremente, sin compulsión externa. Así, a través de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, tolerancia y libertad de conciencia, quedan indisolublemente unidas. Los pensadores de la Reforma y la Contrarreforma, con Castellio como autor más destacado; así como los del siglo XVII, con Spinoza, Bayle y Locke; XVIII, con Montesquieu y Kant; y XIX, con Stuart Mill, anclarán el moderno concepto de tolerancia en la libertad religiosa, de conciencia y de pensamiento en sentido amplio.

Pero, ¿hasta dónde ha de llegar la tolerancia? Si su razón de ser es la coexistencia pacífica entre aquellos que piensan y actúan de manera diferente, lo cual protege su libertad, no podrá tolerarse lo que quiebre dicha convivencia. Los seres humanos tienen el derecho de protegerse a sí mismos y a la sociedad que conforman. Cuando nuestra seguridad personal o la de las instituciones que custodian nuestra libertad están en grave, claro e inmediato riesgo, “debemos tener el derecho a no tolerar a los intolerantes”, en palabras de Karl Popper.

La gravedad, claridad e inmediatez del riesgo y el cálculo sobre el potencial daño de las creencias, ideas, acciones o prácticas en consideración, son los factores fundamentales a tener en cuenta si queremos no solo proteger nuestra pacífica convivencia sino también nuestra libertad de expresión y pensamiento.

Por ello, una supuesta defensa de la paz social no debe justificar, por ejemplo, la prohibición legislativa de expresar una determinada opinión, por muy “políticamente incorrecta” que sea, si esta no atenta grave, clara e inmediatamente a nuestra seguridad y convivencia. En una democracia liberal, el Estado no debe tomar medidas coercitivas contra aquellos que expresan este tipo de opiniones, por mucho que estas sean merecedoras de censura moral o rechazo ético, o por muchas presiones que los gobernantes reciban de determinados grupos sociales, mayoritarios o minoritarios. De lo contrario, estaremos justificando las arbitrariedades y despropósitos de aquellas personas en el poder que, como advirtiera Castellio, “están tan convencidos de su propia opinión, o más bien de la falsa certeza que tienen de su opinión, que orgullosamente menosprecian a los demás. De ese orgullo nacen las atrocidades y las persecuciones, pues ninguno quiere seguir soportando a los demás en cuanto no son de su mismo parecer, a pesar de que hoy hay casi tantas opiniones como seres humanos”.

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