Lecturas sobre Cataluña (IV): “Dos visiones de España”, por José Ruiz Vicioso

En mayo de 1932, pocos meses después de la aprobación de la Constitución de la Segunda República, comenzaron los debates en las Cortes sobre el Estatuto de autonomía de Cataluña. El nuevo régimen político definía un “estado integral, compatible con la autonomía de los Municipios y las Regiones”, según habían acordado las fuerzas republicanas en el Pacto de San Sebastián.

En estos debates sobresalieron dos de las figuras más destacadas del periodo republicano, y aun de toda la política y el pensamiento españoles del siglo XX, don Manuel Azaña y don José Ortega y Gasset. Azaña, como presidente del gobierno de la República y Ortega como uno de los intelectuales más comprometidos (en principio) con la causa republicana, fijaron en sus respectivos discursos dos posiciones que han tenido una influencia decisiva en la evolución de las aproximaciones que desde entonces se han hecho a la llamada “cuestión catalana”, que para algunos no es otra cosa que “el problema español”, referente a la organización territorial del Estado.

Esas dos intervenciones son las que recoge esta edición de Galaxia Gutemberg – Círculo de Lectores: “Dos visiones de España. Cataluña y España ¿un debate sin fin? Azaña y Ortega asumen puntos de vista distintos, pero no se trata de dos visiones completamente opuestas o antagonistas. Sus perspectivas de acción parten de diferentes interpretaciones del desarrollo histórico del nacionalismo, y también de las intenciones finales de la política nacionalista.

En su célebre discurso de la conllevancia, Ortega reconocía el problema catalán, es decir, la realidad de que una parte de los catalanes quiera vivir aparte del resto de España, como un problema que no se puede resolver de raíz, sino que se debe conllevar: “Es un problema perpetuo, que ha sido siempre, antes de que existiese la unidad peninsular y seguirá siendo mientras España subsista; es un problema perpetuo, y a fuer de tal, repito, solo se puede conllevar”. Contra lo que a veces se ha pensado, la conllevancia no implica la asimilación sin más del problema, como si nada pudiera hacerse, sino que “en vez de pretender resolverlo de una vez para siempre, vamos a reducirlo, unos y otros, a términos de posibilidad, buscando lealmente una solución relativa”. Ortega sabe que una hipotética separación tampoco resolvería el problema, porque “muchos, muchos catalanes quieren vivir con España” y porque frente al sentimiento nacionalista catalán “existe el otro sentimiento de todos los demás españoles que sienten a Cataluña como un ingrediente y trozo esencial de España”. Por eso hay que conllevar el problema, “dándole en cada instante la mejor solución relativa posible”. La visión política de Ortega parece asumir una insalvable tensión entre el esencialismo de las identidades y las limitadas posibilidades de la acción política. ¿Habría dicho lo mismo en el actual momento de proceso de nacionalización, ingeniería social y posverdad? ¿No influyen directamente las políticas identitarias en nuestras formas de identificación colectiva? Indudable es la penetración de Ortega al señalar el gradualismo como el camino para ir resolviendo los problemas de calado histórico y al identificar la base sentimental (el componente afectivo) de los nacionalismos particularistas.

Azaña, en cambio, tiene mucha más confianza en las posibilidades de la acción política. El problema catalán es el problema político de la articulación del poder entre el Estado central y las autonomías, es el problema de la distribución del poder.

Para el jefe de gobierno republicano, no existe contradicción entre unidad y autonomías, sino que serían fenómenos complementarios, “Votadas las autonomías (…) y creados éste y los de más allá gobiernos autónomos, el organismo del gobierno de la región -en el caso de Cataluña la Generalidad- es una parte del Estado español, no es un organismo rival, ni defensivo ni agresivo, sino una parte integrante de la organización del Estado”. Es evidente la influencia de esta posición en nuestra Constitución de 1978, que recoge precisamente el carácter de las comunidades autónomas como piezas de la administración del Estado (y a los presidentes autonómicos como representantes del Estado en sus respectivas comunidades).

En un ejercicio de patriotismo, Azaña pretendió integrar las aspiraciones nacionalistas en la empresa común de la Segunda República. Sin embargo, esta buena fe se vería pronto traicionada por los hechos. Vista en perspectiva, la posición de Azaña se revela de cierta ingenuidad, al contar con la lealtad de una clase política cuyo objetivo último es, irrenunciablemente, la separación. Así se demostró con la declaración del “Estado catalán” por Companys el 4 de octubre de 1934, que conllevó la suspensión del régimen autonómico.

Este debate tiene un enorme interés, no solo por la altura de los personajes y por la calidad de sus respectivas intervenciones parlamentarias -sería impensable escuchar un debate de tanta agudeza intelectual en las actuales Cortes- sino como reflexión sobre algunos de los problemas hoy planteados. Como se ve, los paralelismos innegables. No solo en la coyuntura histórica, sino en las materias de debate (tanto las cuestiones de identidad como los asuntos concretos: la Hacienda, la enseñanza y la cultura, la seguridad y el orden público, etc.). Todavía hoy son cuestiones candentes, disputadas, sobre las que no han llegado soluciones definitivas. ¿Acaso las hay? También Azaña afirma que “la palabra siempre no tiene valor en la política”. Aunque no creamos que la Historia se repite no debemos dejar de aprender de la experiencia histórica.

Terminamos esta serie con una cita de Ortega que distingue a la perfección entre el catalanismo razonable y el nacionalismo disgregador, exacerbado por una clase política empeñada en la fractura político-social permanente: “No, muchos catalanistas no quieren vivir aparte de España, es decir, que, aun sintiéndose muy catalanes, no aceptan la política nacionalista (…). Porque esto es lo lamentable de los nacionalismos; ellos son un sentimiento, pero siempre hay quien se encarga de traducir ese sentimiento en concretísimas fórmulas políticas: las que a ellos, un grupo de exaltados, les parecen mejores”. Esperemos que el próximo 21 de diciembre prevalezcan los razonables y no los exaltados.

José Ruiz Vicioso

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