Las virtudes del sistema de educación superior de EE.UU., por Diego Caballero

Universidad de Yale (Foto: Thomas Autumn / Flickr)

Universidad de Yale (Foto: Thomas Autumn / Flickr)

Uno de los temas recurrentes y que más frustraciones genera en muchos medios de comunicación españoles es la infrarrepresentación de nuestras universidades en los rankings de excelencia mundiales, pues efectivamente los puestos que ocupan en estas clasificaciones no se compadecen con el potencial humano que tenemos. Descontando ciertos sesgos y criterios subjetivos, lo cierto es que nuestras universidades distan mucho de las mejores si uno analiza variables objetivas como producción científica, atracción de talento internacional o apego de ex-alumnos hacia su alma máter.

En materia de educación superior la referencia por antonomasia es EE.UU., lo cual puede resultar paradójico. ¿Cómo puede ser que un país con un modelo de educación infantil y secundario con muchas deficiencias abarrote en cambio las listas de mejores universidades globales? ¿Cómo puede ser que el país con los exámenes de acceso a la universidad menos rigurosos del mundo desarrollado cope la producción de artículos científicos a nivel mundial?

Las respuestas pueden englobarse en tres grandes categorías: atracción de talento internacional, acceso a ingentes cantidades de recursos económicos, y una sociedad civil que respeta, valora y fomenta el fundamental papel que los centros de educación superior tienen en el tejido social.

La gran virtud de la universidad estadounidense es, precisamente, que no es estadounidense. O por lo menos, no únicamente estadounidense. Tanto la economía como la universidad de EE.UU. dependen de la importación de talento. Un país de tradición cultural protestante donde ante todo prima la meritocracia ha creado un ecosistema en el que es igual de fácil cruzarse con un ingeniero alemán, un químico chino, o un arquitecto de Wisconsin en cualquiera de sus colleges públicos y privados.  Talento de primer orden (y en muchos casos formado en el extranjero) al que se atrae con unas condiciones laborales muy ventajosas y que además tiende a asentarse en la sociedad de acogida. EE.UU. sigue siendo un receptor neto de inmigrantes y se puede permitir el lujo de elegir entre los mejores estudiantes e investigadores del mundo. Aunque pueda parecer un contrasentido si uno escucha al actual presidente estadounidense, es irrefutable que la fortaleza de la universidad y sociedad norteamericanas depende del talento extranjero. El paradigma del WASP (blanco, anglosajón, y protestante) apenas existe en las nuevas élites urbanas y esa realidad demográfica está moldeando el país. Por ejemplo, el porcentaje de extranjeros entre las nuevas generaciones de banqueros de inversión o ingenieros de EE.UU. es muy significativo.

¿Pero cómo consiguen las universidades de EE.UU. acumular la riqueza necesaria para pagar los sueldos que pagan, tener los laboratorios punteros que tienen, y mantener maravillosos centros de estudio y conocimiento? A diferencia de lo que mucha gente piensa, una gran parte de la financiación no viene de las tasas de matriculación del alumnado sino de las que aplica una universidad cuando un investigador o laboratorio recibe financiación pública o privada (overhead). Estas tasas suelen oscilar entre el 30 y el 40% del total recibido, cantidades que fácilmente superan los cientos de miles de dólares por beca o subvención. Teniendo en cuenta que el porcentaje del PIB que se invierte en investigación en EE.UU. (tanto de fuentes privadas como públicas) está por encima del 2,5% (en España no llega al 1,25%), nos damos cuenta de que muchas universidades privadas dependen para sobrevivir, en gran medida, de este tipo de financiación, que es mayoritariamente de origen público. Instituciones como los National Institutes of Health (NIH), el National Science Foundation (NSF) o los ministerios de Energía o Defensa mueven unos presupuestos de investigación enormes y convocan periódicamente rigurosos concursos para financiar proyectos punteros. De ahí que muchas universidades se hayan levantado en armas en contra de los presupuestos que hace poco ha presentado Trump ante la Cámara de Representantes, pues representan un varapalo enorme a este canal de financiación.

No obstante, donde de verdad despunta EE.UU. es en su envidiable cultura del mecenazgo. Las mismas razones que llevan a un neoyorkino a “apadrinar” el banco de Central Park desde el que su padre le echaba de comer a los patos, hacen que mucha gente done o legue los recursos que ha ganado con el sudor de su frente en aras del bien común. Multitud de becas, edificios, laboratorios o cátedras llevan apellidos de donantes privados que en muchos casos sólo esperan que los que se benefician de su altruismo sepan a su vez ser generosos con las nuevas generaciones.

Este espíritu altruista (to pay it forward) ha sido también alentado por un sistema fiscal que incentiva las donaciones, unas redes de ex-alumnos extremadamente potentes, y una sociedad civil no subvencionada por los poderes públicos. Esto contrasta con lo que ocurre en muchas comunidades autónomas españolas y con el descorazonador trato que reciben algunos filántropos como Amancio Ortega.

Los ingentes patrimonios de las universidades en EE.UU. suelen además estar gestionados con el rigor propio de los mejores fondos de inversión. Por ejemplo, el “Modelo de Yale” de Swensen y Takahashi es una referencia mundial en la teoría moderna de selección de carteras de inversión y ha seguido rindiendo año tras año por encima de la media de prácticamente todos los índices, incluso durante la crisis financiera.

A esta gestión responsable se añade cierto gusto por inversiones más arriesgadas, sobre todo si provienen de dentro de la propia universidad. La inversión en spin-offs —empresas que surgen de investigaciones que se llevan a cabo en las universidades, como las empresas biotecnológicas alrededor de los centros universitarios de San Diego o el “ecosistema” de Harvard/MIT— es un modelo asentado en EE.UU. que sólo tímidamente empieza a asomar en Europa. Pero a finales de los 90, mientras que Stanford supo ver la ocasión y se convirtió en unos de los primeros inversores en Google, en España ninguna universidad le hubiera dado recursos a un par de estudiantes para montar un buscador de una cosa nueva que se llamaba internet, seguramente porque legalmente ni hubieran podido. Stanford no sólo fue partícipe de la creación de una de las empresas más innovadoras de la historia, sino que además sigue recibiendo a día de hoy pingües beneficios por aquella operación.

Desde luego, no todo es de color de rosa en el sistema universitario estadounidense. Discernir entre los aspectos buenos y malos de cualquier sistema es esencial para no caer en maniqueísmos. Pero si queremos mejorar, lo primero que debemos hacer es diagnosticar dónde fallamos e inspirarnos en aquellos que no cometen los mismos errores que nosotros. El modelo de educación superior de los EE.UU. nos puede enseñar mucho.

Diego Caballero Orduna

DOCTOR EN FÍSICA POR LA UNIVERSIDAD DE YALE

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