La prisión catalana, por Irene Correas

Thomas Jefferson escribió en 1816 una carta contestando a Pierre Samuel Du Pont de Nemours en la que le decía que en nuestra Constitución de 1812 se recogía una disposición que señalaba que para adquirir los derechos de ciudadanía era necesario leer y escribir[1], destacando la importancia de esta condición. Es su manera de subrayar que una formación adecuada es fundamental para asentar el aseguramiento de la fidelidad en la administración del gobierno y la defensa de los principios de la Constitución. Dicho lo cual, añadía, “Iluminar a las personas en general, y la tiranía y la opresión del cuerpo y la mente se desvanecerán como los espíritus malignos al amanecer”[2].

Decir que la educación es la mejor herramienta que podemos dar a los ciudadanos para construir su futuro -y que mal empleada se convierte en una poderosa arma en favor de totalitarismos de toda clase al menoscabar la libertad de los individuos- es una idea tan obvia como repetida de distintas maneras, lo que no es óbice para que debamos volver a meditar sobre esta idea una y otra vez.

No en vano, es lo primero que intervienen los deseosos de controlar a los individuos y hacerlos dependientes del poder.

Hace sólo unos días saltaba nuevamente la noticia sobre los problemas que la inmersión lingüística en Cataluña estaba ocasionando en los alumnos. Un modelo implantado y blindado por los socialistas catalanes que muestra ya las consecuencias de las que entonces se alertaba: el lastre en la formación de los alumnos catalanes. Consecuencias que se pudieron haber evitado.

La noticia se presentó como nueva, pero no lo son unos datos tan claros como evidentes que puso de manifiesto PISA 2015 y sobre los que ya se había alertado entonces, siendo muchos los que de ellos han elaborado informes y crónicas de toda índole.

Sólo es necesario señalar unos datos que muestren lo evidente. En términos globales, Cataluña obtuvo en dicha evaluación unos buenos resultados: en comprensión lectora, es la séptima comunidad de España en resultados, en ciencias sería la sexta, y en matemáticas la quinta. Pero si bien los titulares eran buenos, al analizar los resultados se veían unas diferencias que sólo hicieron saltar las alarmas de unos pocos, como la semana pasada.

Los datos desagregados según la lengua reflejaban que en ciencias, los alumnos que hablan español en casa, obtienen 492 puntos frente a los 533 de los catalanoparlantes; un 18% de los alumnos castellanohablantes no consiguieron superar el nivel mínimo de PISA 2015 en ciencias, más del doble que el 8,1% de catalanohablantes en esa misma situación.

En lectura, 487 puntos los castellanoparlantes frente a los 525 de los catalanoparlantes, y un 8,3% de los alumnos castellanohablantes no consiguieron superar el nivel mínimo de PISA 2015 en lectura, más del doble que el 8,2% de catalanohablantes en esa misma situación.

Y, en matemáticas, 488 puntos los castellanoparlantes frente a los 526 de los catalanoparlantes; y un 20,3% de los alumnos castellanohablantes no consiguieron superar el nivel mínimo de PISA 2015 en matemáticas, más del doble que el 10,1% de catalanohablantes en esa misma situación.

Respecto a la repetición de curso ocurre algo similar: hay mayor proporción de castellanohablantes que catalanohablantes entre los repetidores. Unos castellanohablantes que, como también señalaba en dicho informe, reconocían no sentirse integrados en el sistema escolar en un porcentaje que era el doble respecto al de los estudiantes de otras Comunidades Autónomas.

Estos datos no hacen sino constatar una realidad que se viene advirtiendo desde hace más de treinta años, y no implica una negación de la lengua catalana ni un deseo por desposeerles de un rasgo cultural propio, como algunos han intentado interpretar desviando el debate.

Coincidimos en que es una riqueza conocer dos lenguas, hablemos de los catalanes, de los gallegos o de los vascos. Pero esta riqueza quiebra cuando frente a la gran oportunidad de los niños catalanes de conocer y aprender en dos lenguas -una de ellas usada por más de 500 millones de personas en el mundo-, el modelo de inmersión lingüística les limita su derecho de elección a una lengua usada sólo por 10 millones de personas.

Y lo es además porque cuando esto ocurre en la escuela pública perjudica no solo la libertad de los alumnos, sino muy especialmente la igualdad de oportunidades, por cuanto este modelo excluyente ocasiona que sólo las familias con recursos puedan elegir si escolarizan a sus hijos en catalán, en castellano o en otra lengua. Y es grave, además, porque estamos limitando el futuro de estos niños.

Cuando el mundo habla de globalización y de ausencia de fronteras, de la necesidad de formarse y ser competitivos, el modelo de inmersión lingüística ha limitado posibilidades de crecimiento y ha construido muros. Muros diseñados desde la irresponsabilidad de unos gobernantes que llevan más de treinta años edificando un régimen en el que han convertido a los ciudadanos en súbditos y han creado un caldo de cultivo para la tiranía y la opresión. Si el mundo entero está abriendo sus ventanas y dejando que corra el aire en libertad, no tiene sentido blindar las puertas de una pequeña parte de España. Lejos de proteger a los que se quedan dentro, se les está encarcelando.

Irene Correas Sosa App-Twitter-icon

PROFESORA DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD SAN PABLO CEU 

[1]Se refiere al artículo 25, que establecía las causas de suspensión de los derechos de ciudadanía y, entre ellas, establecía que “Desde el año de 1830 deberán saber leer y escribir los que de nuevo entren en el ejercicio de los derechos de ciudadano”.

[2]“Enlighten the people generally, and tyranny and oppressions of body & mind will vanish like evil spirits at the dawn of day. Puede consultarse el texto en https://founders.archives.gov/documents/Jefferson/03-09-02-0471

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