La nación y sus representantes, por José Ruiz Vicioso

Artículo originalmente publicado el 4 de mayo en Expansión


EFE

La negociación de los Presupuestos Generales del Estado entre el Gobierno y los grupos nacionalistas de las Cortes aviva el viejo debate sobre la naturaleza de la representación política. Es decir, ¿a qué interés responden nuestros representantes? ¿Al interés local de la circunscripción en la que son elegidos o al interés nacional del país? ¿Cuál debería prevalecer en caso de conflicto?

Fue Edmund Burke quien a fines del siglo XVIII articuló las razones más convincentes del vínculo que une a representantes y representados. En su célebre Discurso a los electores de Bristol, ciudad por la que fue miembro del Parlamento británico entre 1774 y 1780, argumentaba que “el Parlamento no es un congreso de embajadores con intereses diferentes y hostiles (…) El Parlamento es la asamblea deliberativa de una nación, con un interés, que es el del conjunto”. Es el bien general, no el interés parcial o local, el que debe inspirar las decisiones de los parlamentarios. De esta forma, en el momento en que alguien es elegido al Parlamento no se convierte en un delegado territorial de la circunscripción que le ha designado, sino en un representante de toda la nación. Como tal, deberá mantener una comunicación fluida con sus electores, cuyas opiniones, deseos y asuntos tendrá siempre en cuenta; pero, en última instancia, deberá decidir conforme a su propio juicio sobre el interés nacional en juego. Sobre estas bases, de hecho, se ha asentado durante más de dos siglos la naturaleza de la representación política en las democracias parlamentarias.

Sin embargo, ya en los últimos años del pasado siglo el profesor Giovanni Sartori observó con lucidez un creciente proceso de localismo en la política democrática, animado por la primacía de la videopolítica y la consiguiente dependencia de los electorados locales. Lógicamente, este proceso se habría agigantado en los últimos años por la revolución digital y el protagonismo de las redes sociales. Siguiendo a Burke, afirmaba Sartori en su Homo videns que “este supuesto progreso democrático transforma el Parlamento en una constelación de intereses particulares en conflicto, en un anfiteatro de representantes convertidos en mandatarios, cuyo mandato es llevar el botín a casa. De este modo, cuanto más local se hace la política, más desaparece la visión y la búsqueda del interés general, del bien de la comunidad”.

Círculo vicioso del localismo

Este fenómeno, que para Sartori amenazaba la salud de las democracias representativas haciendo de la política un juego negativo “en el que todo son pérdidas”, no es reciente en España. Los tiras y aflojas en la negociación de los PGE son sólo la más reciente evidencia de un localismo constante durante toda la etapa democrática. La necesidad de contar con las minorías catalana, vasca, canaria, etc. para garantizar la estabilidad de los gobiernos sin mayoría absoluta ha dificultado una consideración permanente del interés general y ha impedido, en muchos casos, la definición de discursos nacionales y la puesta en marcha de políticas ambiciosas de carácter nacional y vertebrador. Los grupos nacionalistas, como es bien sabido, no han tenido como guía el interés general del que hablaba Burke, sino conseguir el botín con el que asegurar “en casa” la próxima reelección, alimentando el círculo vicioso del localismo. En el caso del nacionalismo catalán, se ha llegado al extremo de amenazar el marco jurídico común y la convivencia de todos los españoles.

Esto ha sido así porque nuestro sistema electoral, entre otros efectos, privilegia a los partidos pequeños con alta concentración de voto y perjudica a los medianos con voto más disperso. Dicho de otro modo, favorece el localismo. Ahora que tanto se habla de reformar la Constitución de 1978 sin saber muy bien qué, quizá habría que plantear reformas menos solemnes pero de verdaderas consecuencias prácticas para garantizar la búsqueda del interés general. La ley electoral respondía al contexto político concreto de la Transición. En estas cuatro décadas hemos podido comprobar sus fortalezas y sus fallas. Entre estas últimas, la sobrerrepresentación del localismo-nacionalismo es quizá la más grave. Es hora de favorecer los proyectos nacionales y reforzar la verdadera naturaleza de la representación política. No olvidemos que en las democracias parlamentarias los representantes lo son de toda la nación, y no de unos pocos.

José Ruiz Vicioso

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