La “jerigonza”: retrato de una mentira, por Miguel Morgado

Durante la campaña electoral de 2015, Antonio Costa no tuvo la honradez mínima de reconocer que cabía la posibilidad de fracasar. Luego de haber sido ampliamente derrotado en las elecciones del 4 de octubre, decidió esquivar su propia muerte política y formar el gobierno de la “jerigonza”: un gobierno formado por el Partido Socialista, pero apoyado en el Parlamento por el Partido Comunista y el Bloque de Izquierda. En realidad, la creación de este gobierno inédito también partió del Partido Comunista -junto con el griego, el único partido estalinista pro-soviético après la lettreque queda en Europa-, y el Bloque de Izquierda, una amalgama que reúne a la extrema izquierda trotskista y posmoderna.

António Costa sólo quería hallar una fórmula que le permitiera preservar su carrera política personal, pero los comunistas estaban desesperados por impedir un nuevo mandato del gobierno de centro derecha que salvó al país de la bancarrota socialista y lo había puesto en el camino de la recuperación desde 2013, evitando, contra todo pronóstico, una ruptura social y un colapso nacional como el que hubo en Grecia. Algunas de las reformas estructurales llevadas a cabo por el gobierno de centro derecha, y que continuarían en el nuevo mandato, ponían en serio peligro la influencia del Partido Comunista. Por ejemplo, la explotación privada mediante sub-concesiones en el área del transporte metropolitano hería de muerte a los comunistas porque les despojaba de su maquinaria sindical que se basa sobre todo en el control del transporte en la capital portuguesa.

Después del éxito electoral de SYRIZA en Grecia y los importantes avances de Podemos en España, el Bloque de Izquierda comprendió que había llegado su gran oportunidad para acceder al poder del Estado y consolidar su base electoral, siempre precaria, con el voto cautivo de una clientela afín. Cualquier cosa mejor que otro gobierno del PSD/CDS. Y así fue.

El gobierno de la “jerigonza” se basa en un fraudeEsto quiere decir que es posible engañar siempre a todo el mundo. En los dos primeros años de gobierno, Costa se erigió en una “figura de izquierdas” que mantenía un diálogo romántico con el PPC y el BE, declarando obsoleta toda la historia política del PS desde la ruptura con los comunistas en 1974. Y es que Costa no tiene cultura política, ni cultura económica, ni cultura literaria para mantener una posición de principios sobre la materia. Se atuvo ciegamente a lo que las circunstancias le dictaron. Y (casi) todos los moderados del PS se convirtieron de repente a las supuestas virtudes de un izquierdismo mal entendido pero que afirmaba con orgullo estar muy vivo. También hay que citar la lección interiorizada por el núcleo duro de los socialistas: la de que la quiebra de los partidos socialistas de Europa, como el PASOK en Grecia o el PSF de Hollande, se debió a los compromisos con la “moderación” política.

Las mentiras y los fraudes políticos perpetrados para justificar la nueva interpretación de la realidad se producían a diario. Era necesario distanciarse del supuesto “radicalismo ideológico” del gobierno anterior de centro-derecha, que ha venido a ser el pegamento más duradero de la experiencia de la “jerigonza”.

El primer año del gobierno fue un desastre en varios ámbitos. Después de la campaña de “reversiones”-que consistió en deshacer ciertos elementos importantes de las reformas del gobierno anterior, en particular los que amenazaban la posición política de los tres partidos-, la ralentización de la economía, la incompetencia y la forma turbia, sospechosa y autoritaria de gobernar estaban conduciendo al gobierno a un impasse de difícil salida. El estancamiento sólo se resolvió gracias a que la recuperación económica se aceleró en Europa y en todo el mundo. Lo que salvó al gobierno de la “jerigonza” fue una circunstancia totalmente ajena a los esfuerzos de Portugal, al beneficiarse de los vientos de la recuperación española, europea y mundial. Hablar de “milagro económico” es una mentira difícil de asumir. Ya disponemos de datos suficientes para comprender que en la actual fase muy positiva del ciclo económico europeo, Portugal crece menos que la mayoría de los demás países, en especial aquellos que se suelen comparar con Portugal.

Ahora bien, la experiencia de la “jerigonza” no podría tener esos mismos efectos fuera del contexto portugués. Por una razón muy simple: este es un gobierno que para sobrevivir cada día necesita dosis masivas de propaganda y desinformación, algo impensable sin la colaboración de una parte significativa del aparato oligárquico y mediático. Hay que comprender que el Partido Socialista tiene un poder de penetración en la sociedad portuguesa que va más allá de lo democrático y que le permitió practicar un gobierno de “dominación” desde 1995. Se permitió incluso alimentar la idea difusa de que, en el fondo, es el único partido de gobierno, dejando que el otro partido, el PSD, gobernara sólo durante cortos intervalos motivados por episodios de desastres en las finanzas públicas. Sabiendo, eso sí, que había que desalojarlo cuanto antes con el fin de recuperar la “normalidad”. Un solo ejemplo, a modo de demostración: en ningún otro país de Europa, el gobierno socialista de 2015 pudo haber tenido exactamente el mismo núcleo duro que el del gobierno socialista de 2005 a 2011. Fue un gobierno que no sólo llevó al país a un estancamiento económico anómalo en el contexto mundial, sino que condujo a una pre-bancarrota y le obligó a pedir ayuda a la Troika.

De hecho, el propio primer ministro José Sócrates estuvo implicado en el mayor escándalo de corrupción de la historia de la democracia portuguesa, el que llevó a la desaparición del banco privado más importante, el BES (Banco Espírito Santo), y a la de la mayor empresa estatal, la PT (la operadora de telecomunicaciones Portugal Telecom). Los mismos protagonistas de la mayor catástrofe política de Portugal de la era constitucional democrática lideran el país desde finales de 2015, sin ningún coste político y con la complicidad de todos exceptuando la oposición de centro-derecha. Esto sería impensable en cualquier otro país europeo. En Portugal se trata simplemente de recuperar la “normalidad”.

El gobierno de la “jerigonza” puso en manos de determinados sectores los proyectos ideológicos de la extrema izquierda, como es el caso de la educación. De esa forma, satisfacía los deseos de “reacción” en contra del gobierno anterior en temas cruciales para sus nuevas alianzas: desmantelar privatizaciones, produciendo enormes perjuicios al Estado y al país –por ejemplo, la siniestra operación que se montó para complicar la privatización de la compañía aérea TAP-, o los esfuerzos para desarrollar las agendas de subversión del tejido familiar y social en los conocidos temas de “costumbres” y de “género”. Se retomó en su totalidad el estilo socialista de gobernar, dividiendo el país en grupos que pueden convertirse en “clientes”e intimidando a los que no se alinean dócilmente ejerciendo un control desmedido de la propaganda y la información.

En el Parlamento, el PCP y el BE protestan contra las medidas que ellos mismos aprueban. Por ejemplo, el recorte más radical en inversión pública que se ha producido en democracia (hay que retroceder a la década de los 50 para encontrar un paralelo…) o el colapso inminente del Servicio Nacional de Salud. El PS sabe que la única amenaza sólo tiene un origen: la crisis de las finanzas públicas. Por eso, hace todo lo posible para cumplir con los objetivos impuestos por Bruselas que ayer demonizaba tachándolas de inventos “neoliberales”, aunque sea a costa del fraude de las “cativações” (congelación del gasto público) que convierte la ejecución del Presupuesto del Estado en un ejercicio bastante diferente al que fue realmente aprobado por el Parlamento. La lista de contradicciones y de impasses se alargaría sin límite.

El gobierno de la “jerigonza” no ha conseguido resolver ninguno de los problemas que azotan a la sociedad portuguesa. De hecho, está creando muchos otros. Su único programa es el odio a la derecha política.No puede ofrecer ningún resultado que sea fruto de su propia acción. Sólo la propaganda, y el apoyo manifiesto de una Comisión Europea que gestiona los intereses partidistas de algunos de sus miembros. La miseria política e intelectual del centro-izquierda europeo, y no los méritos intrínsecos, explica mejor el estúpido entusiasmo que la experiencia de la “jerigonza” ha generado en otros países europeos.

Vivimos tiempos de enorme desorientación intelectual, un diagnóstico que puede aplicarse también a la derecha política. En el contexto específico de Portugal, es el caldo de cultivo sin el cual la “jerigonza” no podría subsistir.

Miguel Morgado

TRADUCIDO POR

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