La incógnita Trump, por Ana Capilla

Este viernes 20 de enero, día en el que Donald Trump va a tomar posesión como el Presidente nº 45 de Estados Unidos, parece que, según vienen vaticinando insistentemente los medios de comunicación desde el 8 de noviembre de 2016, se va a desencadenar el apocalipsis. El propio Presidente electo ha alimentado esta atmósfera apocalíptica, pues no ha hecho mucho estas semanas por despejar las dudas y temores que ha suscitado su victoria electoral. El discurso moderado y conciliador de la noche electoral ha sido eclipsado por los incendiarios tuits que continuamente cuelga. Es posible que todo ello responda a una estrategia que, a su vez, explique porqué ha formado un gabinete tan particular, además de familiar. Una estrategia según la cual Priebus se encargaría de elaborar el discurso institucional que marque las prioridades políticas de la presidencia Trump, mientras que Bannon seguirá explotando la vis más populista y radical del magnate para mantener contentas y movilizadas a sus bases.

Carecemos por el momento de suficiente información como para saber si esto es así o siquiera para intuir, si ése fuera el caso, cuál de estas dos almas acabará por tener más peso en la Casa Blanca. Tampoco está claro si Trump, dada su excéntrica personalidad y su enorme egolatría, va a acabar por sentir el peso de la responsabilidad que conlleva el cargo y asumir por fin el rol presidencial que le corresponde. El multimillonario neoyorkino es una gran incógnita y es difícil prever qué cambios va a sufrir la política estadounidense en los próximos cuatro años, especialmente la política exterior. Aunque esto no es una gran novedad. En realidad nos encontramos en una situación muy similar a la de 2009, tras la victoria de Obama. Hoy, igual que entonces, asistimos a la llegada al Despacho Oval de alguien impredecible por tratarse de un outsider de la política, con nula experiencia en la escena internacional y con algunos planteamientos realmente difíciles de llevar a la práctica. De este modo, cada vez que oímos una nueva versión sobre quién y cómo va a construir y pagar el muro en la frontera con México, resulta inevitable pensar que esta propuesta electoral va a tener el mismo éxito que la promesa de Obama de cerrar Guantánamo.

Trump ha planteado una enmienda a la totalidad en relación a la política exterior de Obama, igual que hiciera éste con su antecesor, George W. Bush. Aunque hasta en este aspecto podemos encontrar puntos en común. El aislacionismo defendido por el candidato republicano en campaña ha sido una constante de la presidencia de Barack Obama, quien hace tiempo tomó la decisión de que Estados Unidos debía dejar de ser el gendarme del mundo. Suya fue la orden de retirar todas las tropas de Irak en 2011; se desentendió de la campaña libia de ese mismo año, cediendo el liderazgo a Francia; y miró hacia otro lado durante mucho tiempo en relación a Siria, pese a que Bashar Asad cruzara las líneas rojas por él marcadas en 2012. Dos años después se proclamó el Estado Islámico, asentado en amplias zonas de Libia, Siria e Irak que ahora están siendo recuperadas ciudad a ciudad y barrio a barrio en duras batallas que provocan un gran número de bajas civiles. El saldo del legado Obama en esta zona del mundo no puede ser más negativo. Sobre todo para Europa, pues sufrimos directamente sus consecuencias en forma de oleadas de refugiados y de cruentos atentados terroristas.

En lo que parece no haber coincidencia es en relación a los que Obama reivindica como grandes éxitos de su presidencia: el acuerdo nuclear con Irán y el restablecimiento de relaciones con Cuba. Esto es en realidad una buena noticia, aunque Trump no ha entrado en detalles al respecto ni ha explicado, por ejemplo, de qué modo va a reparar el daño ocasionado a la disidencia cubana. Hay que recordar que el deshielo se ha producido sin que Estados Unidos haya exigido a cambio ningún tipo de condición en materia de defensa de los derechos humanos o de promoción de la democracia. Por si ello no fuera suficiente, Obama se despide de su etapa como Presidente con un último regalo para el pueblo cubano, la derogación de la ley “pies secos-pies mojados”, que establecía un régimen privilegiado a favor de los emigrantes cubanos en Estados Unidos, en reconocimiento al hecho de que los balseros se lanzan al mar para huir de un régimen represor y liberticida.

Rusia es, entre todas, la mayor incógnita de la acción política de Trump y su equipo. La simpatía que el Presidente electo ha manifestado por el líder ruso y la supuesta sintonía entre éste y su Secretario de Estado son motivo de preocupación porque Rusia se ha convertido en estos años en un serio riesgo para la estabilidad mundial. Putin ha aprovechado la retirada de Estados Unidos de la escena internacional para reivindicarse como potencia mundial. De ahí el protagonismo asumido en la campaña siria o la invasión de la península de Crimea, sin que Washington haya siquiera rechistado ante tal flagrante violación del derecho internacional. El aún Presidente ha dejado claro recientemente que no considera a Putin “uno de los suyos”, pero desde luego ha hecho bien poco por evitar que se salga con la suya.

Al final todo es una cuestión de percepciones. El hecho de que el mundo recibiera a Obama con lágrimas en los ojos, contribuyó a empañar algunos aspectos del entonces candidato que resultaban ciertamente inquietantes. Todo lo contrario ha sucedido en el caso de Trump, que en gran medida debe su triunfo al énfasis puesto en sus propuestas más controvertidas y en su promesa de revocar algunas de las medidas de su antecesor. En el caso de la política exterior, tal y como se acaba de ver, hay muchos aspectos del legado Obama que merecen ser revisados en profundidad. Por lo que es posible que, después de todo, este viernes no sea el comienzo del fin del mundo.

Ana Capilla
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