La funesta manía de pensar, por Javier Rupérez

Es tal el desconcierto que recorre los meandros de lo que en otros momentos se tuvo por floreciente centro derecha español que algunos de sus más conspicuos representantes han decidido manifestar sonoramente su oposición a las ideologías, cual si se tratara de peligrosas antiguallas de las que conviene desprenderse pronto y sin miramientos. Así, tal o cual de los poncios regionales, y más de uno se ha sumado ya a la nueva moda, y otros que al callar consienten, abjuran de otra cosa que no sean las florecitas de sus hermosos valles o proclaman su fe exclusivamente en las bondades de la gestión y en la correspondiente, coligen, ocupación indefinida del poder.

RodinEn realidad carecen de memoria o de lecturas. Otros, con mas ilustración y no menos intencionalidad, descubrieron en el tardofranquismo, cuando la dictadura se dirigía irremediablemente hacia su postrimería personal y política, aquello que Gonzalo Fernández de la Mora tituló “El crepúsculo de las ideologías” y que Federico Silva, bajo la misma utilitaria inspiración, quiso que fuera “un Estado de obras”. No por casualidad ambos habrían de ser Ministros de Obras Publicas, cuando todavía no habíamos regresado al más castizo Fomento. Y ambos pretendieron entonces lo imposible: intentar convencer a una ciudadanía ansiosa de libertad y de ideas que lo importante en realidad no eran tales sino simplemente la garantía de una gestión aseada y eficaz frente a la algarabía que encarnaba la democracia, los partidos políticos y la pluralidad de opciones que representaban. Por supuesto apenas escondían el ultimo propósito de la maniobra: demonizar a las corruptas democracias de Occidente, como entonces se las solía conocer, y velar por la continuidad del sistema totalitario. No hace falta evocar lo que fue de aquello.

Líbreme Dios de temer, por remoto que parecer fuera el vínculo, que existe inspiración o secuela entre los teóricos del crepúsculo y los modernos vates dedicados a cantar las excelencias de los alcornocales y la insularidad pero se me antoja que la ley de las afinidades electivas ha puesto a unos y a otros más cerca de los que unos y otros hubieran querido. Y así aquellos y estos coinciden en que de nada vale predicar las excelencias de la libertad personal, o la proyección de ciertos valores éticos y morales para regir las conductas individuales y la convivencia colectiva, o la reclamación de la responsabilidad individual en el mejor manejo de la comunidad, o el mantenimiento de la unidad histórica de los españoles como conjunto de ciudadanos libres e iguales, o la urgencia de acabar con las manifestaciones terroristas y de otras violencias como formas intolerables de atentar contra la concepción democrática de la sociedad.

Naturalmente, todo ello exige pensamiento y acción pero ambos quedan arrinconados como fruslerías ante las exigencias del antiguo y nuevo “Estado de obras”. Nunca Don Gonzalo o Don Federico hubieran podido soñar con tener tan aventajadaos alumnos. Es de esperar que estos, que seguramente también sin quererlo se suman a las proclamas anti intelectuales de los tiempos infaustos de la fernandina, tengan mejor futuro que aquellos. Y es que al final de la historia, con todos sus dimes y diretes, la humanidad tiene una funesta manía: la de pensar. Por decencia no incluyo los nombres de aquellos que para impedirlo utilizaron sangre y fuego sobre sus conciudadanos y súbditos. Seguro que hasta los nuevos irracionalistas podrían enumerarlos.

Javier Rupérez

[Embajador de España y miembro del Consejo Asesor de Floridablanca]


floridablanca_final_round_azul_smallFloridablanca pregunta

¿Por qué los actuales políticos no encuentran valor en los principios y las ideas? ¿Se adaptan a un electorado desafecto y desinteresado? ¿O precisamente abandonan las ideas para no responder a las exigencias de unos electores inquietos y ávidos de una mejor política?

  • Argüelles

    Poco se puede añadir. Tan solo subrayar que el embajador Rupérez acierta de pleno al denunciar la indigencia de ciertos planteamientos políticos y que su artículo está tan bien escrito y cargado de ironía que da gusto leerlo.

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