La cuestión del centro (I), por Jorge Cabrera

Centro

Vista general del Hemiciclo del Congreso de los Diputados (Foto: Presidencia de la República Mexicana / flickr)

Es uno de esos lugares comunes que nadie discute y que, por tanto, nadie considera necesario explicar: Las elecciones se ganan acercándose al centro. Y, podríamos añadir, los gobiernos deben formarse de la misma manera. Por ello, cuando se aproximan las elecciones, forma parte del espectáculo habitual asistir a una desenfrenada carrera hacia esa tierra prometida, aunque algunos corredores se decoren la camiseta con ligeras pinceladas de color. Pero, estrategias electoralistas aparte, ¿qué es, en realidad, el centro, y en qué consiste ser centrista?

Para contestar a esas preguntas creo que, siguiendo la estela del estupendo artículo publicado en este mismo medio por José Ruiz Vicioso, hay que distinguir entre el centro como ideología y el centro como actitud, acepciones que pueden coincidir en un mismo sujeto político, pero que no lo hacen, ni mucho menos, necesariamente.

Como ideología, el centro debería encontrase en un punto equidistante entre la izquierda y la derecha. Pero, más allá de vestirlo con la dignidad aristotélica del “justo medio”, la cuestión es si existe realmente o si se trata de la auténtica Utopía de la política contemporánea, en el sentido original acuñado por Tomás Moro, es decir, un “no lugar”, sin coordenadas conocidas, como Macondo. Si admitimos que el liberalismo se corresponde con la derecha y el socialismo con la izquierda, ¿qué hay a mitad camino entre los dos? No mucho, en mi opinión, porque planteamientos tan divergentes como los de las dos grandes ideologías no parecen fácilmente reconciliables de manera coherente. Si probamos con la dicotomía conservadurismo-progresismo tampoco llegamos mucho más lejos, resultando difícil imaginar que alguien sea, razonadamente, conservador en unos temas y progresista en otros, o que, independientemente del asunto en cuestión, no sea ni una cosa ni otra, pues siempre predominará alguna tendencia en cada persona o grupo.

Mejores resultados se obtienen cruzando las anteriores categorías: el socialismo con el conservadurismo y, sobre todo, el liberalismo con el progresismo. En éste último maridaje parece encontrarse, según la opinión mayoritaria, la esencia ideológica del centro político, que viene a corresponderse con lo defendido por un partido como el Liberal-demócrata británico, y que en nuestro país encarnarían, con distintos matices y fortuna, tanto Ciudadanos como UPyD. El problema, a mi modo de ver, es que ese elegir algo de cada lado para tratar de dar con la proporción mágica que haga vibrar las cuerdas del violín electoral, implica combinar elementos que, por mucho que se agiten dentro de un envase convenientemente etiquetado, no acaban de emulsionar. Son proyectos que, por ello mismo, carecen de la capacidad estructuradora de la convivencia y la riqueza propositiva propias de las principales ideologías. En todo caso, esa falta de consistencia obliga al centrismo a definirse más en negativo que en positivo, limitándose su vocación fundamental a corregir los graves errores cometidos por los partidos tradicionalmente dominantes. En el caso español esa vocación es, en primer lugar, anti-nacionalista (que es el meollo, aunque no el único ingrediente, del “laicismo identitario” de Ciudadanos), y, en segundo, anti-corrupción. Elementos ambos indubitadamente valiosos, pero insuficientes por sí solos. A ellos se añade en algunos casos un impostado volterianismo, menos tolerante que el original, que se traduce en un laicismo combativo, ácidamente crítico con todo lo que suene a trascendencia. Más allá de esto, se echa en falta por el momento un discurso propio y sustentado en un andamiaje sólido que articule las, a veces, inconexas propuestas lanzadas desde el centro del ruedo.

Soy escéptico, por tanto, respecto a la consideración del centrismo como una ideología per se. Si me parece, en cambio, que tiene un papel relevante como calificador de ambos lados del espectro político, dando lugar así al centro-izquierda y al centro-derecha. De este modo, por ejemplo, entiendo el centro-derecha como la postura política que, partiendo del liberalismo conservador, reconoce la importancia de sostener los mejores logros del Estado del Bienestar como vía para conseguir la igualdad de oportunidades sin la que no es factible una auténtica libertad. Logros como son el acceso universal a una educación y sanidad de calidad, así como a ayudas directas dirigidas a evitar la pobreza y a superar las situaciones de precariedad.

En todo caso, con lo que no debe confundirse el centro es con la indefinición, y el hecho de que el resultado de las sucesivas elecciones acabe dependiendo en gran medida de los que no tienen claras sus preferencias, no debería implicar que las opciones políticas se muestren también indefinidas por mero cálculo electoral. Pues nada hay más perjudicial para la fertilidad de las ideas que su disolución en un magma homogéneo. En ese sentido, el reformismo no es en sí mismo una ideología, es un método de trabajo, es la forma en la que, a través del mecanismo de prueba y error, se aplica el posibilismo. De este modo, definirse como centro-reformista no es decir nada sustancial de los objetivos de la propia acción política, sino sólo de los medios a su disposición. Y siendo la de los medios sin duda una cuestión fundamental, no debe por ello sustituir en el discurso político a los fines.

Jorge Cabrera

 

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