Entre la casa común y la casa vacía

Este 21 de julio se decidirá el futuro del Partido Popular con la votación de los compromisarios en la llamada “segunda vuelta” a favor de una de las dos candidaturas que aspiran presidirlo. Esta cita no es menor, como bien saben sus afiliados y votantes, pues supone una alternativa entre una posición que recoge la mejor historia del PP o una posición que interioriza la historia elaborada por sus adversarios políticos y, por tanto, un papel secundario circunscrito a los marcos conceptuales previamente establecidos por la izquierda.

En Floridablanca hemos venido alertando desde nuestra fundación acerca de la desnaturalización ideológica del Partido Popular, del progresivo abandono de sus principios y referentes, y de las consecuencias de todo ello en términos de poder e influencia política: las elecciones no se ganan sacrificando el ideario y faltando a lo acordado con los votantes, sino convocando a los españoles a un proyecto reconocible, abierto e ilusionante. Hoy, aquellas advertencias se han materializado en una realidad indisimulable, aceptada incluso por muchos de quienes más enfáticamente rechazaban el diagnóstico.

Llegados a este punto, el PP se debate entre dos candidaturas antagónicas: una, la de Pablo Casado, basada en el compromiso explícito de reconstruir el Partido Popular como “casa común” del centro derecha español y de conformar una amplia mayoría social sobre la base de las ideas y los valores que le son propios; y otra, la de Soraya Sáenz de Santamaría, que supone la renuncia a todo lo que los populares han representado históricamente en la política española. Así lo ha ratificado la propia candidata el centrar su campaña en el hecho de ser mujer, lo que no es otra cosa que la aceptación de los postulados de sus adversarios políticos de prevalencia del sexo sobre el mérito o sobre el proyecto ofertado. El otro pilar de esta candidatura, la recuperación del poder como único objetivo a tener en cuenta, se cae por su propio peso a la luz del fiasco de su Operación Diálogo y de su responsabilidad como vicepresidenta del Gobierno y número dos en la cita electoral de 2015, donde el PP obtuvo los peores resultados desde 1989, apenas paliados de forma pírrica en las elecciones celebradas al año siguiente.

Semejante disyuntiva deja bien a las claras la trascendencia de este Congreso Extraordinario del PP para el futuro de España y del centro derecha español. Para el futuro de España, porque a las legítimas preocupaciones de los españoles y a los retos a los que nos enfrentamos como Nación -nuestra unidad y nuestra fuerza exterior como país- es imposible darles respuesta con una opción tecnocrática. La Administración española está dotada de excelentes funcionarios que mantienen la actividad y el funcionamiento del Estado, pero la política -tan denostada, tanto por los tecnócratas como por los populistas- consiste en tener una visión amplia y estratégica para el país. No es un mantener, sino un ambicionar, y no en clave personal. Y es especialmente relevante para el futuro del centro derecha español porque Sáenz de Santamaría no aspira a representar este espacio político, sino a alcanzar la presidencia con el único fin conocido de representarse a sí misma y a sus compañeros de viaje, entre los que se encuentran los responsables de la irrelevancia del PP en sus respectivos territorios, País Vasco y Andalucía.

Por todo ello, los compromisarios en este Congreso Extraordinario del Partido Popular van a tener una enorme responsabilidad, al recaer sobre ellos una elección, de carácter probablemente irreversible, sobre la propia existencia de su partido como instrumento de participación política de los liberales, conservadores, democristianos y centristas. Lo que no podrán decir es que las opciones que se les presentaban no estaban claras.

 

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