La agenda populista, por Jorge Martín Frías

© EFE

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Isaiah Berlin, el conocido historiador de las ideas, se refería al complejo de Cenicienta cuando trataba de definir qué es el populismo. Según éste «si hay un zapato que es la palabra populismo, en algún lugar habrá de haber un pie que le corresponda y aunque haya muchos tipos de pie que podrían entrar en él, no hay que dejarse engañar por el pie que calza más o menos bien». Es decir, no es fácil determinar qué es el populismo o en qué consiste desde una perspectiva teórica, dado que pueden existir muchos tipos y, en caso de existir un populismo “puro” rápidamente evolucionará hacia una variante. Sin embargo, Berlin trazaba en esta misma conferencia algunos rasgos característicos a todas las clases de populismo: evoca una idea comunitaria (a veces llamada pueblo, a veces ciudadanía, lo que lo haga más atractivo), es antipolítico y recurre a la regeneración moral.

Todos estos “rasgos” pueden identificarse fácilmente en las distintas candidaturas que se presentaron en las recientes elecciones locales y autonómicas, ya sea bajo la marca Podemos o la asociación de distintas corrientes que aspiran a crear un frente popular contra todo aquello que denominan intencionadamente “vieja política”, la “casta”, los “ricos” y un largo etcétera. En el fondo, lo que se persigue y pretende es la creación de un frente popular contra la democracia representativa derivada del constitucionalismo liberal.

El objetivo es acabar con el modelo de convivencia del que hemos disfrutado todos los españoles desde 1978 a través de una forma de confrontación que se sustentará sobre un nuevo lenguaje y, por tanto, un nuevo marco. Además de los términos que conocemos del lenguaje populista (“vieja política”, “casta”,  “derecho a decidir”) se incluirán otros nuevos en la lista.

De aquí a las próximas elecciones generales no enseñarán sus verdaderas intenciones. Se dedicarán casi exclusivamente a deslegitimar las instituciones. Las famosas auditorías servirán de excusa para venir a decir que se ha estado robando. Auditorías que no dejan de ser la expresión de una clara desconfianza en los funcionarios, en aquello que inventaron los liberales de 1808 con el fin de garantizar la presencia del poder civil en las instituciones.

Ada Colau disfrazada de "Super Vivienda"

Ada Colau disfrazada de “Super Vivienda”

A su vez, y con el pretexto de la revolución y redención – el lenguaje religioso también tiene su espacio en el populismo – de nuestras virtudes cívicas antes robadas por los políticos que vienen a sustituir, pararán todos aquellos proyectos en los que estén implicadas las grandes empresas (“el mal”, en el lenguaje populista). Dirán que frenarán la especulación cuando lo único que harán será privar a los jóvenes (y no tan jóvenes) de una oportunidad laboral. La oferta populista para los jóvenes consistirá en subsidios, en promesas armadas con palabras vacías de contenido y no corroboradas por los hechos. Hablarán y harán uso del Empowerment (empoderamiento) de los jóvenes, pero éste se quedará en el palabro que no en la creación de aquellas condiciones (u oportunidades) para su realización personal (empleo, libertad e igualdad de oportunidades).

Recuperarán los bandos que enterramos, y conciliamos, con la Transición. La verdad y las virtudes pertenecerán a los gobiernos y dirigentes populistas. La mentira y el vicio serán los símbolos identificables de los disidentes y no habrá más sociedad que la populista en detrimento de la civil. La prima de riesgo subirá y la bolsa bajará, argumentarán que tratan de intimidarles por defender los intereses del “pueblo” cuando lo único que hacen es perseverar en el empeño de imponer unas ideas – que han demostrado ser generadoras de miseria y pobreza – a costa de la realidad.

¿Qué hacer?

La centralidad política es más amplía si cabe que en tiempos pasados. La sima de separación entre unas fuerzas y otras lo constituye la división entre quienes se adhieren a los principios de la política constitucional y el parlamentarismo, y quienes abanderan el populismo y la radicalidad.

En este contexto, la socialdemocracia parece haber perdido su espacio político: o bien ha derivado en populismo, o bien se ha reconvertido en un partido sin otras seña de identidad que el oportunismo. Así pues, la circunstancia resulta muy favorable para que el centro-derecha se convierta en el protagonista defensor de la política razonable de las democracias liberales, antes asimilada por casi todo el espectro político y ahora abandonada a una defensa más estrecha.

Ante este escenario, lo recomendable sería, por tanto, reivindicar todas aquellas ideas en las que se basa el constitucionalismo liberal: Gobierno representativo, separación de los poderes públicos, separación del Estado y la sociedad, y defensa de la soberanía.

Jorge Martín Frías

[Editor de Floridablanca]

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