Juego de espejos, por Isabel Benjumea

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Tribuna originalmente publicada el 8 de febrero en El Mundo


Resulta una opinión prácticamente unánime que las elecciones catalanas del pasado 21-D representan un punto de inflexión en la percepción pública del Partido Popular. Todas y cada una de las encuestas publicadas desde entonces -por cierto, en medios de todo tipo de orientación ideológica- reflejan una realidad innegable: el PP puede perder su hegemonía en el espacio de centroderecha por primera vez desde los años 80 del pasado siglo. Se ha creado un clima de opinión generalizado que vería a este partido como un proyecto finalmente agotado, caduco, y descapitalizado internamente. El resultado de las catalanas, en las que el partido del Gobierno resultó ser el menos votado del Parlamento autonómico y relegado a una presencia testimonial, sin grupo parlamentario, constituiría la prueba más evidente de esa agonía. En términos sociológicos, sin embargo, lo más relevante resulta la pérdida de apoyo electoral no ya sólo entre los jóvenes sino también entre las edades medias. Un cambio del que, seguramente, han tomado buena nota los sociólogos populares, pues el PP ya solo sería el partido con mayor intención de voto entre los mayores de 55 años, según datos del CIS. Ahora entre los dirigentes del PP, que ven amenazados sus cargos en próximas citas electorales, se ha extendido un alarmismo que corre como la pólvora de corrillo en corrillo, de escaño en escaño, de whatsapp en whatsapp. En privado -siempre en privado, no vayan a sufrir las consecuencias de hacer autocrítica- reconocen que el Gobierno de Rajoy no tiene rumbo; que no hay un proyecto de país detrás -ni siquiera para quienes han sacado sus banderas a los balcones durante la crisis catalana-; que se ha evitado, equivocadamente, hacer política; que hace falta un “discurso reconocible” que vuelva a conectar con la gente; y que existe, faltaría más, un problema de comunicación, recurso manido cuando el problema no es el cómo, sino el qué: si no hay un proyecto, ¿qué se puede comunicar?

Lo cierto es que todas estas ideas que ahora son moneda corriente en los análisis de políticos y periodistas, son exactamente las que desde la Red Floridablanca llevamos analizando desde hace tres años. Nuestro think tank nació en enero de 2015 ante la deriva de un Partido Popular que no quería asumir el incipiente cambio del sistema de partidos que ya habían señalado con claridad las elecciones europeas de 2014. La emergencia de nuevas fuerzas políticas en el contexto de la crisis económica exigía la recuperación de un proyecto político desdibujado en el magma impreciso de la tecnocracia. Ahí están tres años de publicaciones sobre la necesidad de articular un discurso de centro-derecha moderno, «claro, coherente e identificable»; sobre la necesidad de mantener la “casa común” del centroderecha; sobre la necesidad de abrir el partido, de democratizarlo, de establecer mecanismos internos de selección de los mejores; sobre la necesidad de luchar contra la corrupción. Ahí están tres años de entrevistas y análisis, jornadas y debates en los que se hicieron diagnósticos y propuestas para evitar, precisamente, lo que ha ocurrido. Todo lo que recibimos por respuesta fueron difamaciones, acusaciones de deslealtad, teorías absurdas de la conspiración, y hasta el asalto a nuestra oficina y el robo de nuestra documentación que nunca se han aclarado.

Así, el Congreso Nacional del PP -celebrado, con dos años de retraso, en febrero de 2017- se convirtió en la gran oportunidad perdida, probablemente de forma definitiva. La que podía haber sido una cita histórica para el rearme ideológico y la modernización organizativa se saldó con el encastillamiento en los mismos presupuestos que estaban causando una creciente desafección en sectores cada vez más amplios de su propio electorado: un modelo de partido bunkerizadocon el único fin de facilitar la perpetuación de sus dirigentes sin controles ni contrapesos democráticos, y la renuncia a fortalecer el proyecto político conforme a ideas, principios y valores, más allá del ejercicio del poder en clave administrativa.

Pues bien, todo aquello que no se ha querido reconocer durante tres años, algo que se veía venir, resulta hoy evidente ante el espejo que representa Ciudadanos para el Partido Popular. En efecto, Ciudadanos, más allá de las consideraciones que puedan hacerse sobre su falta de equipo y de implantación territorial, sobre muchas de las debilidades que sin duda tiene, representa el caso de éxito en la formulación de un proyecto capaz de convocar a nuevas mayorías. Por volver a la crisis catalana, Ciudadanos demuestra que en política nada es inevitable, nada está perdido de antemano si de verdad tienes convicciones, pero hay que tenerlas. Y demuestra también la importancia de la apelación emocional frente a la fría tecnocracia en un contexto de hiperpolitización en el que ni la economía ni los datos han resultado decisivos para el voto. Como explica el profesor Arias Maldonado en La democracia sentimental, el patriotismo es, ante todo, un vínculo afectivo, capaz de suscitar la movilización política más elemental.

El espejo de Ciudadanos refleja la realidad de una fragmentación del centroderecha que podía haberse evitado haciendo política. Todavía es pronto para decir si la imagen que el PP ve en el espejo de Ciudadanos es una imagen mejorada, no sólo algo más joven sino algo mejor. Lo decisivo, sin embargo, será quién de los dos sea capaz de romper el espejo. Y eso vamos a verlo pronto.

    Isabel BenjumeaApp-Twitter-icon

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