Jean-François Revel: verdad y democracia

Otro aspecto llama la atención en el cuadro que he esbozado: que la mentira política, hoy, y ello es una novedad, tiende a engañar ante todo a la opinión pública. La mentira política a la antigua tendía a engañar a los demás gobiernos. En nuestros días, esa mentira directa entre poderosos ya no puede existir. Abundantemente abastecido en informaciones públicas o secretas, cada dirigente sabe a qué atenerse sobre los medios del otro, sus recursos, su poderío militar, la solidez interna de su poder. Ambos pueden continuar, ciertamente, engañándose recíprocamente sobre sus intenciones, pero ya es rarísimo que logren mentirse con éxito sobre los hechos. Por lo menos no lo logran más que mediante un rodeo, un conjunto de procedimientos indirectos, a los cuales nuestra época ha dado el nombre de desinformación y que tienen todos como objetivo común emponzoñar las fuentes de información del otro, creándole la ilusión de que él ha descubierto solo, gracias a su habilidad y a la excelencia de sus servicios, lo que se ha fabricado a ese propósito y se ha empujado subrepticiamente hacia él para hacérselo tragar. Por lo demás, la desinformación influencia en una buena medida a los gobiernos a través de sus opiniones públicas, que ella toma a menudo como primer objetivo. Actúa sobre los periódicos, los medios de comunicación, los expertos, los institutos de investigación, las Iglesias, que condicionan a la opinión mientras acosan a los dirigentes con sus amonestaciones y sus consejos.

Es, pues, en primer lugar contra la opinión pública, o, dicho de otro modo, contra la humanidad en su conjunto, y no sólo contra los gobiernos, como actúa la mentira o la privación de la verdad, que es su forma elemental. ¿Por qué? «La primera de todas las fuerzas es la opinión pública», dijo Simón Bolívar. Ésa es la razón por la cual los que temen que la opinión pública esté demasiado bien informada están interesados en actuar de manera que la primera de todas las fuerzas que pesen sobre ella sea la mentira.

En los sistemas totalitarios, la mentira no es solamente una de las armas del poder político o de los intereses corporativos, sino que tapiza y acolcha la vida pública en su totalidad. Es el barniz que disimula el foso que se abre entre el dominio exclusivo del partido único y su evidente incapacidad para gobernar la sociedad. En ese tipo de régimen, la mentira no es sólo un ardid intermitente, es la afirmación permanente de lo contrario de lo que todo el mundo puede comprobar. Por otra parte, la autorización excepcional para decir lo que todo el mundo sabe, o, más bien, de decir en voz alta lo que todo el mundo decía tiempo ha en voz baja, es precisamente el sentido exacto de la palabra glasnost, puesta de moda por Gorbachov. Esa palabra, que se ha traducido incorrectamente en Occidente por «apertura» o «transparencia», significa más bien «divulgación» o «publicación». Es el acto por el cual se abre a la discusión pública lo que era de notoriedad pública: el alcoholismo, el absentismo, la corrupción, la insuficiencia y la mala calidad de la producción. Estos movimientos de divulgación aparecen en la época de las sucesiones, cuando un nuevo dirigente puede hacer responsable del estado catastrófico de la economía a su predecesor y no al sistema. Es lo que se ha visto, tanto después de la muerte de Mao como después de la de Brézhnev, del que Gorbachov ha sido el primer sucesor real válido, aunque Andrópov, a pesar de su enfermedad, ya esbozara brevemente una operación de glasnost proclamando especialmente abierta la lucha contra la desviación entre el trabajo real y el ficticio. Reducir un poco esa desviación entre la ficción y la realidad, cuando ha llegado a ser tan grande que el mismo sistema está amenazado de descomposición, tal es el objetivo de la divulgación, que es principalmente una denuncia de fallos individuales y burocráticos. Pero en la medida en que no ataca la causa verdadera y última del fracaso global, es decir, el mismo sistema, no pone fin a la mentira fundamental sobre la que se construye toda la sociedad. Porque un mal sistema puede permitirse aún menos errores que uno bueno, de la misma manera que un organismo anémico puede recobrar más difícilmente sus fuerzas después de una afección, un abuso, un accidente, que un organismo sano, los reformadores totalitarios persiguen los desfallecimientos y las trampas en la ejecución de las tareas, así como alientan en su prensa críticas contra los chapuceros subalternos y las innumerables averías de la máquina, a condición de que no se profiera la idea intolerable: que es la misma máquina la que es mala y que es preciso reemplazarla por otra completamente diferente. Incluso en la sinceridad, hay que mentir sobre lo esencial. La mentira totalitaria es una de las más completas que la historia ha conocido. Su objetivo es, a la vez, impedir a la población recibir informaciones del exterior e impedir al mundo exterior conocer la verdad sobre la población, haciendo particularmente imposible, o extremadamente difícil, un trabajo correcto de los periodistas extranjeros in situ. En las relaciones internacionales, igualmente, el uso que hacen los totalitarios de la mentira flagrante sobrepasa la media mundial. Todos los autores que han narrado esa inmersión en la mentira, los Orwell, Solzhenitsin, Zinoviev -pues solamente el genio literario puede hacer experimentar a los que lo ignoran una experiencia casi inexpresable en el lenguaje lógico de los expertos-, han insistido en la idea de que la mentira no es un simple coadyuvante, sino una componente orgánica del totalitarismo, una protección sin la cual no podría sobrevivir.

A menudo se oye a ciudadanos de países democráticos alabar a un hombre político por su astucia, su arte en embaucar a la opinión pública y en engañar a sus rivales. En cierto modo es como si los clientes de un banco plebiscitaran al director por sus talentos como ratero. La democracia no puede vivir sin la verdad, el totalitarismo no puede vivir sin la mentira; la democracia se suicida si se deja invadir por la mentira, el totalitarismo si se deja invadir por la verdad. Como la humanidad se encuentra comprometida en una civilización dominada por la información, una civilización que no sería viable si fuera regida de manera predominante sobre la base de una información constantemente falseada, creo indispensable, si es que queremos perseverar en la vía en que nos hallamos, la universalización de la democracia y, por añadidura, su perfeccionamiento.

 

Revel, Jean-François (1989). El conocimiento inútil, Barcelona: Planeta.

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