Isaiah Berlin: Veinte años después, por Henry Hardy

Hollycroft Avenue número 49 durante la estancia de los Berlin

Hollycroft Avenue número 49 durante la estancia de los Berlin

En Londres se colocan placas azules en las casas en las que gente importante vivió una vez. En 2009, centenario del nacimiento de Isaiah Berlin, propuse al English Heritage -organismo responsable de las placas- que se instalara una en Hollycroft Avenue 49, la casa de sus padres desde 1928, en la que él mismo también vivió. La solicitud fue pospuesta hasta 2017, con el argumento de que era “demasiado pronto para estar seguros de la perdurabilidad de su reputación e influencia”.

En aquel momento me pareció una decisión perversa. Ahora, veinte años después de la muerte de Berlin, me parece simplemente absurda. La fama, influencia e importancia de Berlin están creciendo más que disminuyendo. Yo estoy seguro de que será una estrella permanente en el firmamento de la civilización europea. Sus prolíficos, sabios y variados escritos son, en palabras de Tucídides “una posesión para siempre”, un regalo a la humanidad que cada generación volverá a redescubrir. Su propia humanidad ejemplar, rica, plena y característica, preservada sobre todo en sus cartas y en muchas entrevistas grabadas, así como en los recuerdos y memorias de aquellos que le conocieron, es también una parte esencial de su identidad póstuma, y seguirá siendo una inspiración para los espíritus humanos.

Nacido judío ruso bajo el zarismo, Berlin fue testigo de la Revolución Rusa, y llegó a Gran Bretaña en 1921 vacunado contra la violencia política. De hecho, es bien conocido como adalid de la libertad política, especialmente de la libertad frente a las intromisiones de la autoridad; de la libertad de elegir como condición definitoria de la humanidad; y de la irreductible diversidad de los fines humanos y de las culturas. Estas preocupaciones se condensan en la que quizá es su más importante petición, en estos tiempos más que nunca. Esta es, que no debemos dejarnos seducir por ideologías o credos que afirmen tener la única respuesta correcta a las cuestiones políticas, morales o religiosas. No solo fallan estos sistemas de creencias totalitarios en reconocer la compleja naturaleza de la realidad humana, también pueden causar dolor, sufrimiento y muerte innecesarios, a veces a una escala aterradoramente vasta.

Isaiah Berlin en la Codrington Library, All Souls College, Oxford, 1988 / Foto de Deborah Elliott

Isaiah Berlin en la Codrington Library, All Souls College, Oxford, 1988 / Foto de Deborah Elliott

Berlin nos recuerda que los fines humanos son muchos, con frecuencia en conflicto entre ellos, y que no pueden ser medidos en una sola escala en aras de resolver los conflictos entre ellos de una forma autoritaria. Más de una respuesta puede ser correcta. Lo mismo es cierto de las culturas humanas, que encierran muy distintas prioridades y valores. No es mejor ser español que portugués, o viceversa. Ambas identidades son válidas, aunque pueda haber ingredientes en ambas, como en cualquier cultura, en conflicto con las demandas de nuestra común humanidad. Ninguna cultura es inmejorable.

La creencia intransigente en la validez única de la propia cultura, religión o ideología es una gran fuente de intolerancia ante la diferencia y la variedad humana. Lo hemos visto a lo largo de la historia, en todos los niveles, desde el individuo hasta el Estado. Padres intolerantes con sus hijos, hijos intolerantes con sus padres, cónyuges entre sí, familias y comunidades con otras familias y comunidades, religiones con otras religiones, credos políticos con otros credos políticos. Las peores manifestaciones de este fenómeno en nuestros días son el fanático fundamentalismo islámico, los regímenes comunistas autoritarios y el uso del poder religioso y del miedo para intimidar al individuo, restringir la libertad personal e imponer prácticas brutales como la mutilación genital femenina.

Lo contrario de esta estrecha convicción sobre nuestra propia razón, que Berlin llama “monismo”, es la aceptación acogedora de la pluralidad y la variedad, individual y colectiva, cultural y política; el estímulo y la celebración de la infinita variedad y el carácter impredecible de la vida humana, desprovista de cualquier camisa de fuerza que limite su potencial para el libre desarrollo en nuevas e inesperadas direcciones. La personalidad y los escritos de Berlin están atravesados por esta actitud abierta hacia la vida, parte de lo que significa el “pluralismo”. No debe confundirse con “relativismo”, la visión de que “cualquier cosa vale”. Berlin tiene una idea clara de los límites impuestos en la aceptable variedad humana por las necesidades y fines comunes que todos compartimos simplemente en virtud de nuestra humanidad. Pero dentro de esos límites hay mucho más espacio para la creativa variedad del que sueñan los dogmáticos monistas.

Hardy y Berlin (en el centro, Hardy con una corbata oscura) con los colaboradores del primer Festschrift de homenaje a Berlin, Wolfson College, Oxford, Junio de 1979 / Foto de Sandra Burman

Hardy y Berlin (en el centro, Hardy con una corbata oscura) con los colaboradores del primer Festschrift de homenaje a Berlin, Wolfson College, Oxford, Junio de 1979 / Foto de Sandra Burman

Esta sensibilidad pluralista está estrechamente relacionada con uno de los mayores dones de Berlin, que es su identificación imaginativa con un amplio abanico de diferentes pensadores, artistas creativos, figuras privadas y públicas -pasadas y presentes-, para ver el mundo desde el punto de vista único de cada uno, y para recrear cada punto de vista a sus lectores en su compleja, lúcida y fascinante prosa. Berlin tuvo el genio necesario tanto para ser humano como para entender, desde dentro, a otros seres humanos que a veces eran notoriamente diferentes a él. Era contrario a su naturaleza y a sus valores el intentar reprimir la variedad de la vida subyugándola en alguna forma de fanatismo de visión única. Uno de sus ensayos más célebres comienza con una cita del poeta griego antiguo Arquíloco: “El zorro sabe muchas cosas, pero el erizo solo sabe una gran cosa”. Él fue un zorro entre zorros.

Su propia obra escrita es un caso de estudio en cuanto a la variedad. Escribió sobre un asombroso repertorio de temas e hizo muchas contribuciones originales. Señaladamente, reconoció y defendió la necesidad humana básica de pertenecer a una unidad nacional o cultural geográficamente establecida, de la que él vio al Sionismo como un especial, y especialmente poderoso, ejemplo (¿qué hubiera pensado de Cataluña?). También defendió las humanidades contra la asimilación por las ciencias, argumentando que ofrecen un más hondo tipo de conocimiento interno, un aspecto de lo que llamó “un sentido de la realidad”.

Su medio natural fue el ensayo, y es uno de los más grandes ensayistas del siglo XX. Algunos de sus mejores ensayos rescatan del olvido o del abandono maravillosas figuras del pasado que hablan al presente. En un humorístico léxico filosófico Daniel Dennett definió a “Berlin” como “una carroza antigua, llena de viajeros internacionales, todos hablando rápidamente y contando anécdotas sobre sus vívidas vidas en algún sitio”. Pero no tomes mi palabra por la suya: léelo tú mismo, te garantizo un increíble viaje.

Ahora debo escribir al English Heritage y pedirles que reconsideren su decisión de hace ocho años.

Henry Hardy

HENRY HARDY HA SIDO EL EDITOR PRINCIPAL DE BERLIN DESDE 1974 Y UNO DE SUS ALBACEAS LITERARIOS DESDE 1996

TRADUCCIÓN DE JOSÉ RUIZ VICIOSO

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