Houellebecq, Sumisión y la identidad europea, por Vauvenargues

9782081354807

Existe, hoy día, una clara confusión a la hora de clasificar a los defensores políticos de la identidad europea. No resulta en absoluto sorprendente: se trata de la misma confusión que envuelve a la propia idea de “identidad europea”. Por un lado, Europa tiene una o varias tradiciones como cualquier otra identidad. Por otro lado, el proyecto político y moral europeo ha sido, en gran medida, un intento de alejamiento consciente de toda tradición. Así pues, los que quieren defender la europeidad, ¿defienden las tradiciones europeas o están reivindicando el proyecto de desvincular la vida pública de toda raigambre tradicional?

Este problema conduce a que sean incluidos dentro de la misma etiqueta aquellos tradicionalistas que reniegan del proyecto ilustrado europeo (los propiamente identitarios europeos), y aquellos liberales radicales que están dispuestos a defender ese proyecto ilustrado con un discurso duro y agresivo frente a un enemigo actual, el Islam, que no es rechazado en tanto tradición no-europea, sino en tanto tradición anti-liberal tout court.

Algunos políticos europeos de extrema-derecha han utilizado consciente o inconscientemente esta confusión. En Francia, por ejemplo, Marine Le Pen ha comenzado a emplear un lenguaje claramente republicano. Y Sumisión, la fascinante nueva novela de Michel de Houellebecq, nos lleva a un futuro próximo en el que la única barrera política real frente al posible gobierno musulmán de Francia es la formada por el Frente Nacional y los identitarios. En ese futuro, Marine Le Pen se enfrenta al candidato musulmán Ben Abbes en la segunda vuelta de las presidenciales. La candidata del Front pronuncia, en la noche electoral, un discurso –escrito por Renaud Camus– “de carácter republicano, incluso francamente anti-clerical. Yendo más allá de la referencia banal a Jules Ferry, [Marine Le Pen] se remontó hasta Condorcet, de quien citaba el memorable discurso de 1792 ante la Asamblea Legislativa.” La izquierda, en cambio, “paralizada por su antirracismo constitutivo”, había preferido apoyar a una fuerza musulmana cuyo ascenso al poder, en la práctica, llevaría a consecuencias mucho más alejadas de sus ideales de las que podría producir la victoria de la candidata frentista.

Así pues, los defensores de la tradición europea y los que defienden que la vida pública esté alejada de toda tradición pueden compartir, en realidad, trinchera. Después de todo, quizá la paradoja no sea tal. Es decir: quizá la tradición europea haya sido especialmente abierta o proclive a un distanciamiento de sí misma. Quizá sea la propia tradición europea la causante de la “despersonalización” de nuestra civilización. Y no sólo se trata de la práctica de la filosofía heredada de Grecia. Las raíces judeocristianas y en especial el cristianismo han producido una dinámica que ha desembocado en la Modernidad. El conflicto, particularmente agudo en la Francia del s. XVIII, entre el partido devoto y el partido ilustrado ha nublado la comprensión de esta familiaridad. Las tesis de Peter L. Berger acerca de la secularización, o la idea de Marcel Gauchet de que el cristianismo ha sido la “religión de la salida de la religión”, o la teoría de René Girard acerca del carácter meta-religioso del cristianismo apuntan todas en esa misma dirección. Conviene recordar que los verdaderos identitarios europeos, en cuanto han sido conscientes de esta familiaridad, no han dudado en girar la vista hacia el paganismo rechazando la “feminidad” de la civilización cristiana.

Marine LePen (© Olaf Kosinsky, Wikimedia Commons)

Marine LePen (© Olaf Kosinsky, Wikimedia Commons)

Y en la novela de Houellebecq, el protagonista, un profesor universitario experto en Huysmans, indolente como todo protagonista del universo houellebecquiano, acaba convirtiéndose al Islam tras la llegada al poder de Ben Abbes. En ese proceso que conduce al profesor a una conversión final –más bien pasiva– juega un papel fundamental el interesantísimo personaje secundario de Rediger, un intelectual francés convertido mucho antes, que, precisamente, en su juventud fue un identitario europeo. Para éste, adoptar la religión musulmana no había supuesto una traición a sus ideales de juventud, sino la única salida posible: frente a los valores blandos, la posibilidad más clara de volver a una “sociedad orgánica” era la representada por el Islam. Gran conocedor de Nietzsche y de René Guénon –el tradicionalista francés converso al Islam, amigo del fascista Julius Evola–, Rediger considera que el cristianismo es una religión eminentemente humanista que, en el fondo, pone reparos morales al universo. El Islam, en cambio, es una religión de aceptación, dura, una religión ajena al problema de la teodicea o a los moralismos antropomórficos. De hecho, los argumentos religiosos que maneja siempre Rediger, y que retiene el protagonista en su conversión, son aquellos referidos a la inmensidad y la perfección física del universo, y no aquellos que se derivan de cuestiones de trasfondo moral.

Así pues, el Islam, Sumisión, aparece como el perfecto reverso de la autonomía, de la Ilustración, del liberalismo, de un mundo occidental en total descomposición. Quizá los identitarios europeos anti-ilustrados puedan luchar contra él, pero su lucha será un combate de identidades más que ideológico (pues comparten con el Islam la defensa del patriarcado, el anti-individualismo, etc.). Quizá los liberales más agresivos puedan luchar también contra él, pero su lucha será, al contrario, un combate ideológico más que de identidades (pues no se sentirán legitimados a defender ninguna particularidad). Y, así, Europa seguirá enfrentándose al dificilísimo reto de poder defender con fuerza una identidad propia sin renunciar a la excepcionalidad crítica de su proyecto moral. Y esa loable dificultad probablemente la condene a desaparecer algún día no muy lejano.

Vauvenargues

[Pseudónimo]


floridablanca_final_round_azul_smallFloridablanca pregunta

¿Es posible un escenario como el que propone Houellebecq en su novela? ¿Buscar la integración renunciando a las tradiciones y los valores es símbolo de modernidad o es un atraso? ¿Ocurre en España algo similar cuando se busca asemejarse a Europa?


  • David Gray

    “Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación a esa herencia”, dijo T.S. Eliot en “La unidad de la cultura europea”.

  • Rafael

    Hagamos el esfuerzo de remontarnos a la única lucha contra los musulmanes que ha sido verdaderamente exitosa en Europa: la Reconquista, por supuesto. ¿Fue identitaria o ideológica? Sólo comenzó a ser verdaderamente eficaz, y no meramente defensiva, cuando aunó ambas vertientes. Separarlas llevará a nuevos Guadaletes (que, por cierto, no fue junto al Guadalete), pero es muy posible que no haya posibilidad de que Europa se encuentre a sí misma ni que encuentre en sí misma la fuerza que le permita superar el desafío islamista. Así, tras la guerra civil europea del siglo XX que supusieron las dos guerras mundiales, tendríamos el suicidio del siglo XXI, ya anunciados por la incapacidad de hacer frente al comunismo y en el desastre demográfico. La mejor posibilidad de supervivencia puede venir del agotamiento interno del movimiento islamista y de las divisiones entre los musulmanes, pero ¡ojo!, en Europa han olido sangre y eso aplaza todos los conflictos internos al día después de la victoria y del botín.

    • Javier H

      Rafael, no pueden. Lo dice Hegel: el Islam es incapaz de concentrar su energía terrorista en un proyecto articulado de convivencia, en lo que él llama un Estado, de ahí que su esencia histórica sea maniaco-depresiva. Cuando parece que van a conquistar el mundo por el terror, se descomponen en la lucha intestina, en el tribalismo y la corrupción de la taifa, para los siguientes dos siglos. Al final, y ya va tocando, en el mejor de los casos descarrilan en poesía (Mutamid) y casi siempre en sensulismo, a imagen del cielo que les tienen prometido. Son un tigre, que termina (aunque sólo tras hacer mucho daño a quien pillan pero sobre todo a ellos mismos) por ser de papel.

  • G. Del Caz

    El análisis no incluye un hecho incontestable que se pone de manifiesto en la novela de forma más o menos explicita y que es la decadencia europea que se debe tanto al evidente problema demográfico como a la debilidad de un sistema político con representantes buenistas y cortoplacistas tanto a izquierda y derecha que venden principios a cambio de votos, escaños y despachos (parece bastante familiar en estos lares).

    Es este sistema vacio de referencias morales, obsesionado con “a los ciudadanos lo que les preocupa la economía” (¿nos suena?) en el que el islam proporciona una identidad y un núcleo de creencias conceptuales. Las propias virtudes de una democracia liberal garantista y tolerante en manos de políticos corruptos preocupados en tarjetas black y consejos de administración bien remunerados son las que garantizan su fracaso y su superación por una ideología dura, con contenido moral frente al corrompido relativismo democrático que representan una sociedad ñoña, cursi, que trata a adultos como niños y de los que sólo se preocupa de sacar impuestos.

    Por supuesto que el escenario es plausible teniendo en cuenta la clase política actual y la ausencia de elementos identiarios que son necesarios para construir una sociedad. Si lo dudan, busquen en las redes sociales círculos del islam en España y verán un creciente e imparable número de jóvenes españoles ya convertidos. No son hijos de inmigrantes, no son alumnos de colegios concertados de la periferia norte de Madrid, vienen de clases populares, con escasa formación y que ante la ausencia de referentes identitarios más allá del equipo de fútbol de la Liga, ven en la religión mahometana una seña de identidad y de contestación.

    Mientras las iglesias se vacían, mientras en las escuelas, en los medios se aprende a adorar nuevas banderas de territorios en lo que hace mucho fue un país y no diecisiete feudos politizados, una ideología que da una identidad supranacional, vieja pero nueva, fuerte pero simple, gana adeptos y, ejerciendo de víctima, reclama derechos. Derechos por los que políticos competirán en otorgar para ganar votos tal y como ya han hecho en Melilla (sí, por supuesto que el PP) a cambio de mandar en el cortijo cuatro años.

    En unos años el islam se enseñará en todos los colegios públicos, la comida halal será un derecho, se respetarán las festividades mahometanas. Habrá fondos públicos para oenegés islámicas. En un ejercicio de tolerancia y de respeto las iglesias se abrirán al culto compartido y poco a poco lo que es minoria será uso común. Presión demográfica desde el exterior, menos nacimientos, conversiones masivas, mohammed el nombre más popular, petrodólares en apoyo de la economía… Todo irá en aumento.

    El Imperio romano tardó casi un siglo en caer. Lo nuestro no llevará ni dos décadas.

  • Federico

    Muy buen artículo y una interesante radiografía de las almas europeas

FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías