Honorables sociedades “in Behemoth”, por José Jiménez Lozano

La filosofía darwinista -no digo la teoría científica darwinista-, y en su versión maximalista, obtiene hoy un triunfo neto: el hombre debe considerarse un primate superior y conformar su vida según este principio, dejando de lado toda leyenda antropológica, como se denominó y denomina toda otra consideración valorativa que no sea la biológica; lo que en realidad es la liquidación de la cultura entera para dar paso a conformaciones de Grandes Granjas de aprovechamiento del ser humano, y todo  ordenamiento  social no tendría más que una razón funcional que sería la de ir adaptando a ese principio de la utilidad y la rentabilidad de los humanos en las condiciones más óptimas, haciendo a éstos cada vez más receptivos a su nueva instalación y funcionamiento en el cosmos. Nuevo Derecho, nueva educación, nuevo arte, nueva literatura, nuevas maneras de vivir. Es la tercera modernidad, como se dice con cierta pedantería en las exhibiciones plásticas del tiempo de entreguerras. Del artista demiurgo, se entiende.

Enseguida, como afirmaron Karl Löwith y Peter Gay, habría otros demiurgos que se aprestarían a hacer nuevos seres humanos en su carne y en su sangre: los dos grandes totalitarismos en sus campos de muerte y en los laboratorios. Pero en realidad ya estaban haciéndolo en el tiempo de la República de Weimar, como más tarde mostraría, incluso al gran público, el film de Ingmar Bergman, El huevo de la serpiente. Aunque lo cierto era que el huevo ya había sido incubado mucho antes. Medio siglo atrás.

Hasta mediados del siglo XIX, nadie pone en duda la noción de santidad o sacralidad de la vida humana, y solamente a fines de ese siglo y comienzos del XX, con el “revival” del darwinismo, comienza un debate intelectual sobre el infanticidio, la eutanasia, el aborto, el eugenismo y el suicidio, o racismos y necesarios exterminios, u ofrecimiento de órganos sanos a una cierta edad determinada por la ley. Y ya estos asuntos han sido mentados en altas reuniones científicas de ahora mismo. Porque ya quedaron alteradas y heridas las concepciones hasta entonces admitidas del puesto y valor de la vida humana en el cosmos, y el significado de la muerte individual, como la carta de Ernst Haeckel, del 21 de marzo de 1864, a su hermano: “La (vida) individual en su existencia personal se me aparece no solamente como un miembro temporal en esta larga cadena, un vapor que se desvanece rápidamente. La existencia personal individual se me aparece tan horriblemente miserable, insignificante y sin valor, que la veo tendiendo hacia la nada pero para su destrucción”.

Y tal es el punto de partida desde el que se derivan las lógicas consecuencias para la conformación de una especie cada vez más perfecta y de una sociedad más racional y tendente también a este fin. Esto es, sencillamente, la muerte de los débiles y quienes suponen un coste social y unas trabas de cualquier tipo a una vida individual de animal hermoso y perfecto. Y ya se ve que no es una moral relativista la que se propone, sino toda una moral valorativa y constrictiva, guiada por ese espíritu del servicio social y de la especie, y de decisión político-económica.

El Profesor Richard Weikart, por lo demás, ha seguido la pista paso a paso desde estas disgresiones intelectuales hasta su puesta en práctica ya en la República de Weimar, e igual de tranquilamente científica en el Tercer Reich. Y cuando cae éste, se acuña la denominación de Science in Behemoth para referirse a estas concepciones darwinistas académicas y de algunos o bastantes hombres de ciencia, y específicamente para un tipo de medicina en el que a la hora misma del diagnóstico de una enfermedad, la muerte misma aparece no sólo como una salida de la enfermedad, sino como la preferente.

Y con ejecuciones de los exterminadores científicos en Auchswitz concluyó la práctica de la Science in Behemoth o de la Nazi Medicine, pero el Dr. Rothman caracterizó a los años cincuenta como la era del laissez-faire en el laboratorio. Y en el medio siglo transcurrido no es que haya habido un dejar hacer, dejar pasar, sino que todo el ámbito de la Science in Behemoth ha adquirido honorabilidad intelectual y respaldo legal por cuanto los hombres de las nuevas generaciones políticas y científicas parecen admitir tranquilamente la nueva cultura del hombre como primate y la muerte integrada al progreso y como necesaria para él, en los Estados modernos de las democracias avanzadas. El nihilismo alegre y satisfecho de los hombres felices y redondos de los que hablaba Nietzsche gusta, sin embargo, de pensar porque sí, que la historia va hacia su plenitud, desnichando tabúes, y ahora el de la muerte que no sería más que un equívoco semiótico, según el señor Paul de Mann. Y es la educación, claro está, la que se encargará de concienciar a las nuevas generaciones ilustradas de esta manera.

De manera que la batalla es personal y cultural primeramente, y luego política, pero ésta está perdida sin la victoria en la primera.

José Jiménez Lozano

ESCRITOR Y PERIODISTA, PREMIO CERVANTES 2002

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