Francia entre el error y el vacío, por Francisco J. Contreras

Palacio del Elíseo (Foto: Nicolas Nova / flickr)

Emmanuel Macron ganará las elecciones de este domingo con una ventaja confortable (los sondeos –que acertaron con precisión el resultado de la primera vuelta- anticipan un 60/40), aunque muy inferior a la alcanzada por Chirac en 2002, cuando Jean Marie Le Pen ya consiguió pasar a la segunda vuelta: entonces fue un 82/18.

La conclusión a extraer es que el Frente Nacional (FN) está empezando a romper el cordón sanitario, el “frente republicano” diseñado para mantenerle fuera del sistema. Por primera vez, figuras políticas de cierta relevancia no pertenecientes al partido de Marine Le Pen han pedido el voto para ella: por ejemplo, el gaullista Nicolas Dupont-Aignan (que consiguió un nada despreciable 4.8% de los votos en la primera vuelta, y a quien Le Pen ya ha confirmado como su primer ministro en caso de victoria), o la varias veces candidata pro-vida a la presidencia, Christine Boutin. La plataforma pro-familia La Manif Pour Tous ha recomendado “no votar a Macron”, aunque sin pedir el voto al FN. Y el ultraizquierdista Mélenchon no ha dado consigna de voto: lo cual no es de sorprender, pues en lo económico los extremos se tocan, y el muy estatalista programa del FN suena a anticapitalismo identitario.

Lo preocupante es que el argumento más poderoso de Macron es… el “no a Le Pen”. El macronismo se define negativamente, por oposición a lo que evita: no al FN; no a la ruptura de la UE. Bien, pero ¿sí a qué? Ah, pues… sí “al progreso”, sí “a la modernidad”, a “la concordia”… Macron está a favor del bien y en contra del mal. A diferencia de Fillon –que sí esgrimía un recetario liberal-conservador reconocible, con compromisos serios de reducción del tamaño del Estado, contención de la deriva bioética hacia la maternidad artificial y el transhumanismo, etc.- el proyecto “social-liberal” (¿!) de Macron es pura inanidad postmoderna: un florilegio de pomposidades asépticas y vaguedades equidistantes.

Macron hubiese debido simular alguna convicción: al exhibir una vacuidad tal, se hace demasiado patente su condición de solución de emergencia improvisada por el establishment para cortar el paso a Le Pen, una vez arruinadas las opciones de Fillon por el “Penelopegate”. Al no tener otra idea que el “más de lo mismo” y la eficiencia tecnocrática, Macron cede gratis al FN el monopolio de la ideología. Confirma con ello una tendencia de fondo de la cultura francesa, donde neoreaccionarios y neoconservadores de variado pelaje (Zemmour, De Villiers, Houellebecq, Finkielkraut, Buisson, Sévillia) copan desde hace años las listas de superventas.

Se extenderá, pues, la impresión de que “el sistema” ha tenido que movilizar todos sus recursos y trascender la “superada” polaridad derecha-izquierda para poder frenar in extremis a la verdadera alternativa, la Idea Nueva, sólo transitoriamente neutralizada. Se dice que Macron quiere convertir su En Marcha (sí, las iniciales del partido están escogidas para coincidir con las de Emmanuel Macron: no se veía algo así desde el Grupo Independiente Liberal de [Jesús] Gil) en un gran cajón de sastre capaz de alojar –para las legislativas de Junio- a candidatos de todo el espectro: desde Los Republicanos (hundidos tras el fiasco Fillon) al Partido Socialista en plena liquidación por derribo. Se esboza así un nuevo bipartidismo: el FN ya solo frente a una “super-grosse Koalition” anti-FN.

En esas circunstancias, cabe conjeturar que el FN podría aspirar seriamente al poder en 2022. Pues el “social-liberalismo” (¿!) de Macron no parece en condiciones de afrontar los dos grandes problemas de Francia: el excesivo peso del Estado y la inmigración masiva, generadora de guetos étnicos y “territorios perdidos para la República” (título de la impactante obra de Georges Bensoussan, que el año pasado volvió a sonar el timbre de alarma con su libro “Francia sumisa”). Macron, unánimemente apoyado por las asociaciones musulmanas, ha incurrido en varios tics de autodenigración nacional: “la cultura francesa no existe”; “la colonización de Argelia fue un crimen contra la humanidad”. Por decirlo suavemente, la cuestión de la identidad histórico-cultural no parece la primera de sus prioridades. Y, sin embargo, ése es probablemente el tablero en el que se va a jugar el porvenir.

Inhibiéndose de esos asuntos, Macron –como su sosias Merkel en Alemania, el otro pilar de la UE- se los regala gratis a los nacionalistas y sus soluciones equivocadas (salida del euro, proteccionismo anacrónico y empobrecedor). La vía intermedia que hubiera representado Fillon –consciente de la relevancia de la cuestión migratorio-identitaria, pero económicamente realista y favorable al mercado común europeo- fue oportunamente dinamitada, dizque desde los aledaños del Elíseo (¿acaso no ha terminado Hollande apoyando casi indisimuladamente a su exministro de Economía, incluso cuando todavía estaba en liza el socialista Hamon?).

El FN propone una utopía: el retorno mágico a la Francia de 1960 (blanca, homogénea, estatalista, con garitas aduaneras en La Junquera y Ventimiglia). Pero lo que tiene enfrente es un digno representante de la era del vacío.

       Francisco J. Contreras

Catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Sevilla

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