El fin de una hegemonía política y cultural, por Jorge Martín Frías

Artículo originalmente publicado el 12 de enero en Expansión


Finalmente hay acuerdo de Gobierno y de investidura para la Junta de Andalucía. Partido Popular, Ciudadanos y Vox han dado respuesta a la alternativa democrática que reclamaron los andaluces en las elecciones autonómicas del pasado 2 de diciembre.

El pacto alcanzado entre las tres formaciones políticas sienta un precedente de alcance nacional. Por un lado, simboliza el interés de los españoles por la Nación y su unidad. A pesar de la voluntad de desnacionalización y del constante fomento de políticas nacionalistas desarrollados a lo largo de nuestra democracia, la idea de una Nación de ciudadanos libres e iguales pervive con fuerza entre los españoles. Si el PSOE, en convergencia de intereses con nacionalistas y populistas, pensaba que atentar contra la Nación no tenía consecuencias, ahí tiene una lección para aprender. Por otro lado, el acuerdo en Andalucía permite prever cambios en el mapa político resultante de las próximas citas electorales, autonómicas y locales, europeas y ¿nacionales?

El Partido Popular de Pablo Casado ha jugado el papel protagonista en las negociaciones. No lo tenía fácil el nuevo presidente ante la actitud (inexplicable) de un sector de su propio partido y de Ciudadanos hacia Vox. Algunos dirigentes populares parecen no querer comprender que la contienda electoral y por el poder se juega, en estos tiempos tan convulsos, en el terreno de las ideas. La moderación no consiste en guardar silencio ante los debates que están latentes en la sociedad –como se está demostrando–, sino en defender las políticas constitucionales, que establecen los marcos de tolerancia. Por ende, si tanto preocupa la moderación, hay que preservar los espacios para ello y ésto pasa por comparecer y defender las ideas de la democracia liberal ¿o ahora resulta que la moderación sólo es posible de acuerdo a las prescripciones de la izquierda? Pero si en términos programáticos no ha gustado el pacto de investidura con Vox, deberían pensar, si lo prefieren, en términos pragmáticos. Llegadas las elecciones y con los escrutinios realizados, ¿cómo van a pedir apoyos para formar Gobierno a quiénes han insultado? Por último, ¿no hay interés en que vuelvan al Partido Popular los votantes que optaron por otras formaciones o que se han abstenido en distintas citas electorales? El presidente del Partido Popular ha acertado y ha realizado un gran servicio al centro derecha español.

No se puede decir lo mismo de Ciudadanos. La formación naranja ha sido un claro obstáculo para el cambio en Andalucía. Otra vez se han hecho patentes las múltiples contradicciones que arrastra el partido de Albert Rivera, quien, hasta no hace mucho, coincidía (como el PP) con algunas de las medidas propuestas por Vox. Abanderados del diálogo, en esta ocasión se han vestido con el traje nacionalista que pretendían ponerle a Vox al rechazar cualquier tipo de negociación con un partido que puede generar polémicas de programa, pero, en ningún caso, de lealtad hacia la Constitución y el respeto al pluralismo y a los derechos y libertades que de ella emanan. Los electores deberían tomar nota del papel desempeñado por Ciudadanos porque no ha quedado claro que estuvieran por la labor del cambio y porque no deja de ser inquietante que el partido esté sujeto a la plataforma del presidente de la República Francesa. Si Ciudadanos es la representación de La République En Marche! en España, sería conveniente que lo aclarara.

En cuanto al partido cuyos 12 escaños han sido decisivos para la formación de Gobierno, poco más se puede decir. Las formas, tan importantes en política, pueden no ser las más adecuadas. También es cierto que esta organización se mueve más en lo que se denominó en los años 90 como culture war (guerra cultural) que en la política que conocemos hasta la fecha en el centro derecha, lo que explica de algún modo los canales de comunicación y las formas elegidos. A Vox hay que agradecerle que haya sido capaz de abrir el debate en torno a la agenda cultural (Ley de la Memoria Histórica, Ley de la Violencia de Género, etc.), que introdujo el entonces presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, y que gobiernos posteriores no cambiaron. Hay que reconocerle, a su vez, a esta nueva fuerza política su capacidad para no caer en un esencialismo que habría dificultado el cambio de Gobierno. Esencialismo en el que sí ha caído Ciudadanos y quienes apelan a una moderación prescrita desde los despachos de sus adversarios ideológicos.

Las próximas citas electorales darán la medida de hasta qué punto el cambio en Andalucía puede ser el principio de una nueva etapa política. Lo que está claro es que la centralidad está en lo que la izquierda ha logrado que sea percibido como extremos y que no es otra cosa que el centro de la vida en común entre españoles: la Nación española y su Constitución como manifestación y procedimiento de una comunidad política de ciudadanos libres e iguales.

Jorge Martín Frías App-Twitter-icon

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