Feijoo, la razón con faldas, por Iván Vélez

En 1970, Carmen Martín Gaite (1925-2000) publicó El proceso de Macanaz. Historia de un empapelamiento. La editorial que permitió reconstruir la convulsa trayectoria de Melchor Rafael de Macanaz (1670-1760) fue Moneda y Crédito, casa de libros vinculada a la Sociedad de Estudios y Publicaciones y, por ende, a personalidades como el banquero liberal y católico Juan Lladó (1907-1982), partícipe en la redacción de la Constitución de 1931 y fundador de la revista Cruz y raya. Revista de afirmación y negación (1933-1936). Como motor financiero de esta iniciativa editorial operó el Banco Urquijo, que canalizó importantes fondos extranjeros que contribuyeron al fortalecimiento del colectivo liberal que fue cohesionándose durante el último tramo del franquismo.

Marcado por el apoyo de importantes sectores de la Iglesia que lo elevaron a la condición de Cruzada, el movimiento encabezado por Franco acusaba ya el paso del tiempo. Las costuras que unieron a diversos colectivos, coyunturalmente unidos contra un enemigo común cuya capital se hallaba en Moscú, se fueron aflojando. Sofocados los más impetuosos ardores revolucionarios del falangismo, el grupo liberal comenzó a buscar referentes alejados del Altar, razón por la cual Macanaz, sometido a un proceso por parte de la Inquisición, era una pieza codiciada que sintonizaba con corrientes lejanas, aquellas que nos conducen a la Ilustración y su reivindicación. En tal contexto, las circunstancias personales por las que atravesó Macanaz propiciaron su rescate por parte de Carmen Martín Gaite, quien concentró sus esfuerzos en la reconstrucción de un personaje que simbolizaba a esa España que no pudo ser, en gran medida tal es la interpretación más común, por una asfixiante atmósfera dominada por la Iglesia. La operación, favorecida por los 4.000 francos franceses que recibió la autora tres años antes en concepto de beca de libros otorgada por el Comité español del Congreso por la Libertad de la Cultura, permitía también establecer paralelismos con la España del tardofranquismo, toda vez que el Jefe del Estado había recibido las bendiciones eclesiásticas antes referidas. Con la Europa democrática y capitalista como estación término, una Europa que desde los Estados Unidos se deseaba federal, España estaba todavía a tiempo de vivir su hurtada Ilustración, pues se entendía que en la España dominada por frailes y curas no cupo tal posibilidad. Al cabo, nuestro país se había quedado al margen de la razón impulsada por personajes como Kant o Voltaire.

Es precisamente tal tesis, la de que en esa España a la que desde la perspectiva enciclopedista nada se debía, la que trataremos morosamente de contradecir en este breve artículo. Y lo haremos reivindicando otro racionalismo, el hispano, que siguió un curso distinto al europeo, vinculado en gran medida a elementos propios de su ámbito filosófico, pero también de su escala imperial. Un racionalismo representado por el benedictino fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), autor del Teatro Crítico Universal (8 tomos, 1726-1739) y de las Cartas Eruditas y Curiosas (5 tomos, 1742-1760). Producto inequívoco de esa España que se quiso ver como representante de la superstición y el fanatismo, Feijoo estuvo incluso conectado con Macanaz, pues este, desde la prisión de La Coruña en que se hallaba recluido, le dirigió sus Varias notas al Teatro crítico de Feijoo, a cuya corrección van sujetas. Más allá del ámbito doméstico, y contraviniendo la idea de una España ensimismada y de espaldas a Europa, Feijoo estuvo al tanto de las obras de los principales ilustrados, en particular de las de su principal representante, Voltaire, a quien citó en su carta «Paralelo de Carlos XII, Rey de Suecia, con Alejandro Magno». Junto a esta epístola debemos situar otro escrito que tuvo por protagonista a Rousseau: «Impúgnase un temerario, que a la cuestión propuesta por la Academia de Dijón, con premio al que la resolviese con más acierto, si la ciencia conduce o se opone a la práctica de la virtud; en una Disertación pretendió probar ser más favorable a la virtud la ignorancia que la ciencia».

En definitiva, la obra de Feijoo, capaz de someter a crítica a tan señeras como mitificadas plumas europeas, demuestra hasta qué punto llegaban a España las principales obras y autores en los que se cimenta la Ilustración. Obras que, al tiempo que denostaban el carácter español, tuvieron una gran operatividad en un frente geopolítico concreto codiciado por las potencias europeas: los territorios hispanoamericanos, punto este en el que hemos de detenernos para mostrar algunas de las principales taras que acusa ese heterogéneo colectivo englobado bajo tan luminoso rótulo. Nos referimos, concretamente, a esa teoría cultivada en el blanco corazón europeo, según la cual los americanos, por causas climáticas y raciales, eran precoces en el aprendizaje, mas se estancaban a una edad temprana. Feijoo refutó tales tesis en lo relativo a los individuos, es decir, en lo que tiene que ver con la evolución de los «españoles americanos», pero también, transitando por la línea del dominico Vitoria, sondeó la posibilidad de emancipación de las sociedades americanas. De la influencia de Feijoo en los virreinatos da cuenta la ingente cantidad de volúmenes de su obra que circularon en vida del propio clérigo.

Momento es de regresar al último tramo de la dictadura de Franco, aquel en el que se sentaron las bases para que en España se alcanzara también, en palabras de Kant, la «mayoría de edad de la razón», entendiendo esta razón, política para más señas, como una razón democrática. En el incierto tránsito que condujo a la actual democracia coronada, los ilustrados europeos, junto con la figura de un rey, el cinegético Carlos III, fueron reivindicados como remotos precedentes de un tiempo en el cual no había cabida para faldas como las que vistió Benito Jerónimo Feijoo, a quien hemos querido rendir un fugaz homenaje en este escrito.

Iván Vélez App-Twitter-icon
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