El triunfo de la política, el fracaso de la “reaganomics”, por Alejandro Ruiz París

 

Ronald Reagan en el Despacho Oval en 1988 (Dominio Público / Creative Commons)

Ronald Reagan en el Despacho Oval en 1988 (Dominio Público / Creative Commons)

Este pasado agosto escribía Xavier Vidal-Folch una columna en El País titulada Casado, Reagan y la curva de Laffer donde advertía al lector de los cantos de sirena que suponen las propuestas del nuevo líder del PP Pablo Casado y el economista Daniel Lacalle en materia fiscal. Nos ponía sobre aviso de lo peligrosas que son las políticas que proponen reducir un “anémico” impuesto de sociedades y el IRPF o la supresión del impuesto de sucesiones y donaciones.

Para ello, intenta exponer la poca consistencia que fuera del papel de servilleta tiene la teoría de la curva del profesor Laffer. Según esta teoría, cuando un tipo impositivo ya es suficientemente alto, si se sube aún más, los ingresos fiscales que se recauden pueden terminar disminuyendo. Por el contrario, si se bajan los tipos impositivos, los consumidores podrán beneficiarse de una mayor oferta de bienes y servicios a precios más bajos, por lo que consumirán más y se generará una recaudación de impuestos mayor.

Para demostrarnos que el paso de las musas al teatro de esta teoría es la historia de un fracaso constatado y anunciado, nos ponía el ejemplo de la Administración de Ronald Reagan y de la Administración de George W. Bush, no de Canadá entre los años 2002 a 2012 con su bajada de los tipos del impuesto de sociedades del 40% al 25%. En su artículo comenta cómo con las dos fases de bajadas de impuestos de la administración Reagan, en 1981 y 1986, el déficit público alcanzó un promedio del 3,9% del PIB con picos de hasta el 4,8%. También cuenta que el país termino con unas cifras récord de deuda pública al pasar de 0,997 billones de dólares en 1981 a 2,6 billones en 1988.

El problema es que los datos no son de recaudación fiscal. Vidal-Folch da el resultado tras restar los ingresos y los gastos y que la administración Regan necesitó acudir a la venta de deuda pública para afrontar los gastos. Pero ¿Es esto incompatible con que aumentara la recaudación fiscal? No, lo que omite es que los ingresos vía impuestos prácticamente se duplicaron pasando de 517 mil millones de dólares en 1980 a unos 1.032 mil millones en 1990. Entonces ¿Cuál fue el problema? ¿Qué es lo que hizo que el país disparara el déficit público y la deuda pública? La respuesta: El triunfo de la política. Ésta es la respuesta que da el que fue director de la Oficina de Administración y Presupuesto de Estados Unidos (OAP) entre 1981 y 1985 David E. Stockman.

Stockman titula así su libro, The Triumph of Politics: Why the Reagan Revolution Failed, donde narra cómo sus esfuerzos para cuadrar el presupuesto, y que la supply side economic funcionara, fracasaron cuando sus cálculos de recorte en el gasto chocaron con los gastos políticos comprometidos por los congresistas y senadores republicanos.

Stockman era consciente de que el éxito de las políticas de “alivio fiscal” dependían de terminar con unos presupuestos que arrastraban déficits federales cada vez mayores y una deuda nacional en constante expansión. Por ello, presentó al presidente electo una propuesta que pretendía recortar 40 mil millones de dólares en un presupuesto que superaba los 700 mil millones de dólares.

Para conseguir tan hercúlea tarea el equipo del Stockman comenzó a elaborar una serie de dosieres donde identificaron las principales partidas de las que sacar el ahorro de los 40 mil millones de dólares en el presupuesto. Su objetivo para conseguir la aprobación de la administración Reagan era tener un plan de recortes establecido antes de que sus compañeros de gabinete se familiarizaran con las necesidades presupuestarias de su negociado y pudieran ponerse de parte de los burócratas de sus departamentos. Este sistema funcionó bastante bien y en pocas semanas consiguió lo que solía conllevar meses. Por lo que, prácticamente el total de los distintos secretarios de los departamentos de Estado, terminaron de asumir los objetivos que se les proponían desde la Oficina de Administración y Presupuestos. Solamente no se podía tocar el gasto en defensa ya que durante la campaña el antiguo actor metido a presidente había prometido aumentar un 7% al año el gasto militar.

Una vez que Stockman y su equipo consiguieron superar este primer puerto en su camino a la Ítaca del equilibrio presupuestario y el alivio fiscal con el que poner en marcha su teoría de la economía de la oferta, llegó el momento de atracar en la colina del Capitolio y convencer a los miembros del Senado y de la Cámara de Representantes. Sucedió lo que se temían. Los senadores y miembros de la Cámara de Representantes emprendieron un aumento de las partidas de los presupuestos. Pero, tras una estrategia de negociación e intervenciones públicas de Reagan, la situación se recondujo hasta modificaciones que entraban dentro de lo asumible según el propio Stockman. El problema llegó cuando se dio cuenta de que si se quería conseguir un verdadero triunfo de la Reagonomics era necesario terminar con las ineficiencias y despilfarros dentro del presupuesto de defensa y del Pentágono. Este fue el principio del fin de Stockman y de su revolución de la supply side economic.

El final de su lucha por un presupuesto equilibrado comenzó cuando Reagan solo aceptó unos recortes de 13 mil millones de dólares en el presupuesto del Pentágono, una cifra muy inferior a la que pretendía el director de la OAP. A partir de ahí los políticos del Capitol Hill, que se habían mostrado defensores de sus postulados, comenzaron a perder la fe en la supply side economic y las posibilidades de tener unos presupuestos equilibrados desaparecieron dando paso al triunfo de la política. Lo que sucedió tras el mercadeo que incrementó los gastos y redujo los impuestos ya nos lo ha contado Xavier Vidal-Folch en su artículo.

Por lo tanto ¿Ante qué cantos de sirena debería Casado o los votantes pedir que nos aten al mástil del barco? ¿Ante propuestas de bajar un “anémico” impuesto de sociedades, el IRPF y la supresión del impuesto de sucesiones y donaciones o ante un gobierno que pide aprobar un techo de gasto que permita un gasto extra de 6.000 millones de euros?

Nadia Calviño, la actual ministra de Economía y Competitividad, la que otrora fuera la aplicada funcionaria europea que revisaba los presupuestos de los Estados miembros, dijo en sede parlamentaria que es el momento de subir impuestos. Pero ¿No sería más conveniente renunciar al triunfo de la política, equilibrar unos presupuestos como le hubiese gustado hacer a Stockman, que nos saquen del procedimiento de déficit excesivo, y permitirnos a los ciudadanos tener más dinero en nuestro bolsillo para decidir por nosotros mismos en que gastarlo?

Alejandro Ruiz París
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías