El Parlamento moderno. Importancia, descrédito y cambio, por Manuel Campos

Hace unos meses, Mariano Rajoy se disculpó por haber atribuido a Inglaterra el origen del parlamentarismo. Rápidamente se alzaron voces que reclamaban tal honor para el Reino de León, según habría reconocido la UNESCO en 2013. Este tipo de polémicas históricas suelen ser habituales en el mundo de la política, como sucedió, por ejemplo, en 2003, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU debatía sobre la guerra de Irak: Colin Powell y Dominique de Villepin se enzarzaron en la (irresoluble) querella sobre qué nación había sido la primera democracia moderna.

A todos nos gusta ensalzar nuestros logros pasados y atribuirnos la primacía de hechos significativos. Somos mucho más reticentes, sin embargo, a ensalzar nuestro presente. La máxima de “todo tiempo pasado fue mejor” se ha convertido en un tópico al que cada vez acudimos con mayor frecuencia. Así sucede con una de las instituciones más denostada de nuestro actual sistema político, el Parlamento, objeto de críticas constantes hasta el punto de que algunos lo equiparan a un escenario televisivo.

Muchas de las invectivas dirigidas contra el Parlamento parten del desconocimiento ciudadano sobre la labor que en él se desarrolla. Los medios de comunicación, a veces interesadamente, solo muestran las diatribas más llamativas y olvidan el trabajo, gris y rutinario, que antecede a los plenos y a la aprobación de las leyes o a las sesiones de control del Gobierno. Es de agradecer, por eso, el encomiable esfuerzo que ha llevado a cabo una de las personas que mejor conoce los entresijos de la institución, Ignacio Astarloa Huarte-Mendicoa, cuya obra El Parlamento moderno. Importancia, descrédito y cambio ofrece, a legos y a especialistas, una espléndida oportunidad para conocer qué es el Parlamento, cuáles son sus orígenes y sus problemas y qué acciones podrían adoptarse para modernizarlo y reformar su actuación.

Parte el autor de una triple premisa, que se mantiene constante a lo largo del libro: ni existe un modelo canónico de Parlamento ni el actual es peor que los anteriores ni, por supuesto, nuestras Cortes han de envidiar a las del resto de Estados europeos. Para Ignacio Astarloa, “El cambio y la tensión son connaturales a la institución. El Parlamento, siempre inestable, es reflejo de las concretas condiciones culturales, sociales y políticas de cada tiempo y se ve afectado en cada caso por las coyunturas no predecibles de los cambios históricos”. El Parlamento se convierte en un hijo de su tiempo y su examen ha de realizarse atendiendo a este inexcusable principio, lo que no exime de las censuras a su organización y a su funcionamiento. Los problemas que hoy padece la institución parlamentaria son, en efecto, serios y requieren de medidas enérgicas que revitalicen su posición en el seno de las democracias modernas.

El análisis de Ignacio Astarloa es exhaustivo y de un rigor poco frecuente en este tipo de trabajos, proclives a las palabras grandilocuentes y al trazo grueso. Lo fácil es dejarse arrastrar por el sentir dominante y acumular reproches, alegremente. El autor huye, sin embargo, de los lugares comunes y explora con ojo crítico, pero constructivo, los pormenores de la práctica y de la organización parlamentaria.

Dado el nivel de detalle que presenta el libro, son posibles, al menos, dos lecturas superpuestas. Por un lado, se facilita al público general la oportunidad de adentrarse en la realidad y en la historia de esta institución, a las que se dedican los primeros capítulos y el último. En ellos se abordan la evolución de los Parlamentos, los retos y los problemas que ha de afrontar actualmente y una serie de iniciativas para reformarlo. Por otro lado, Ignacio Astarloa estudia, desde un punto de vista más técnico, las reformas, ya sea culminadas, fracasadas o sugeridas, desde la aprobación de la Constitución hasta el presente. Los capítulos centrales constituyen un compendio extraordinario de las principales medidas adoptadas en relación con las Cortes y del papel que estas desempeñan en nuestro sistema político, de conocimiento imprescindible para cualquier especialista en la materia.

La superproducción de normas y su baja calidad técnica; los desequilibrios entre el parlamentario individual y el partido político al que pertenece; la inmediatez legislativa, que impide la promulgación de textos elaborados con rigor; la pérdida de valor de los debates; la lentitud de los procedimientos; la falta de ejemplaridad de diputados y senadores o la nula relación entre ciudadanos y el Parlamento son algunos de los problemas que pone de manifiesto Ignacio Astarloa. A ellos se han de añadir otros factores externos, que también inciden en la labor de las Cortes, generados como consecuencia de una realidad social más compleja y dinámica, o derivados de la globalización, de los procesos de integración supranacional y del imparable avance de las nuevas tecnologías.

Invitamos al lector a descubrir por sí mismo la riqueza del análisis de Ignacio Astarloa y las propuestas de reforma que ofrece. Su trabajo es, sin duda, uno de los más relevantes que se hayan publicado en los últimos años sobre el Parlamento. Como destaca Santiago Muñoz Machado en el prólogo de la obra, al que nos adherimos: “El libro de Ignacio Astarloa está por encima de los libros sabios y eruditos, condición que reúne plenamente, y se sitúa también en la más difícil e infrecuente categoría de los libros útiles. Lo es en todos los sentidos: para el lector ordinario lo mismo que para el especialista; pero sobre todo para los que por razones políticas, siempre coyunturales, tienen el deber de servir al Parlamento y, por tanto, impulsar las reformas que necesita para mantener su importancia central en el sistema institucional del Estado”.

Manuel Campos

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