El mensaje de Isaiah Berlin al siglo veintiuno, por Luca Demontis

Con ocasión del vigésimo aniversario de la desaparición de Isaiah Berlin, podemos afirmar que la historia europea ha reanudado el tumultuoso deambular que le ha caracterizado durante siglos. Algunos decenios de bienestar produjeron la ilusión de que la historia había terminado, de que la democracia liberal triunfaría por doquier sin discusión. El éxito explicativo de las ciencias sociales había inducido a muchos a albergar la ilusión de que los cambios habían terminado. Para los científicos políticos y sociales parecía que bastaba con sacar una fotografía del presente y proyectarla inmutable a los años venideros. Así fue cómo los hijos de la Pax Europaea se volvieron incapaces de “pensar históricamente”.

Berlin, retrato de Derek Hill (detalle)

Berlin, retrato de Derek Hill (detalle)

Los grandes ideales morales y políticos de Libertad, Democracia, Igualdad, Justicia han sido crecientemente confinados en una dimensión abstracta y ahistórica, relegados a un debate exclusivamente analítico. Durante algunos decenios, la retórica comportamental de los “conocimientos” y de las “competencias” a “adquirir” parecía haber hecho obsoleta la necesidad de comprender históricamente unos fenómenos que, en realidad, provienen de un lugar y se dirigen a otro. Habíamos perdido el sentido de lo trágico en la historia hasta que los conflictos étnicos y religiosos volvieron a llamar a las puertas de la Europa democrática y liberal, y hasta que los nacionalistas y secesionistas recomenzaron a sacudir desde dentro sus cimientos. Por esta razón, nunca ha sido tan oportuno y actual volver la vista a la obra de Isaiah Berlin, cuyos estudios de historia de las ideas representan una continua advertencia sobre el sentido trágico del devenir histórico. Autor decididamente moderno en espíritu e intereses, Berlin siempre confió en el poder de las Luces para clarificar los acontecimientos humanos, al tiempo que era perfectamente consciente de los peligros inherentes al culto incontestado de la Diosa Razón. Educado en los años de oro de la Universidad de Oxford, Berlin fue hijo de una generación que, transgrediendo los valores de la precedente, guardaba intacta la consciencia de su importancia y el vívido sentimiento de la necesidad de reconocerse en una tradición.

Berlin nunca consideró su filosofía política como una teorización normativa de la idea de Justicia o de Igualdad, sino como un medio para la formación de una clase dirigente culta, con amplitud de miras, emprendedora, dotada de sabiduría práctica y curiosidad teórica. Como filósofo político, Berlin no se ha interesado en abstractas teorías de las instituciones, sino en el sentido de la realidad y en el tipo de comprensión empática (y no solo estadística o matemática) que deben poseer quienes ocupan responsabilidades, en la necesidad de preservar, en el interior de los monstruos burocráticos que condena, una sensibilidad humana y humanística.

Todo ello le viene de la consciencia, propia del liberalismo clásico, de que el hombre tiende por naturaleza a abusar de los poderes de que dispone, de tal forma que lo urgente no es proporcionar instrumentos para imponer un orden, sino más bien argumentaciones útiles para defenderse de las imposiciones. Desde el momento en que el hombre político tiende por naturaleza a la afirmación de sí, el cometido del filósofo político no es tanto el de ofrecerle instrumentos ideológicos para hacerlo, cuanto el de ponernos en guardia frente a los abusos inherentes a toda “voluntad de poder” política. Este es el origen de la oposición berliniana al monismo, que precede histórica y conceptualmente a su afirmación del pluralismo.

Su pluralismo de los valores parte del reconocimiento de la abundancia de las posibilidades que se derivan de la libertad humana. Pluralismo de valores quiere decir también pluralismo de las esferas en las que se ejercen los valores: al lado del valor económico también está el valor estético, el moral, el religioso… y todos poseen una llamada y una legítima influencia sobre las motivaciones del agente libre. La propia libertad negativa debe entenderse como un dique, y no como una piedra angular del sistema: aun siendo el más fiable de todos los valores, no basta por sí misma para garantizar las condiciones de conservación de una sociedad decente. El pluralismo de los valores berliniano, rechazado en la esfera pública de nuestras sociedades contemporáneas, hace posible preservar la libertad del actor político, para el cual siempre existen alternativas al cientificismo tecnocrático, que Berlin consideraba el gran peligro emergente en los últimos años de su madurez.

Mientras los profetas del monismo comunista, fascista y nazista pretendían modelar la sociedad de acuerdo con sus supremos fines históricos, el ingeniero tecnocrático se limita a “corregirla” paternalistamente para conseguir la más racional de las organizaciones. Tras haber experimentado en los años treinta y cuarenta los efectos explosivos de una política dramáticamente empapada de valores, el tecnócrata se propone desactivarlos por medio de la virtud salvífica de las ciencias sociales, que le exoneran, además, de la responsabilidad de elegir y afirmar una línea política.

La crítica de Berlin a la tecnocracia es radical, ya que no se trata solo de un problema de medios, sino también y sobre todo de un problema de fines: desde el momento en que la filosofía política no es sino una “ética aplicada a la sociedad”, el actor político tiene siempre, y a pesar de todo, la libertad de elegir entre diversos fines. El primado de la política sobre la tecnocracia y de la “filosofía” política sobre la “ciencia” política implica, entre otras cosas, que el actor político, siendo libre, es responsable de las decisiones que toma y de los valores que persigue.

El pluralismo de valores berliniano implica de hecho que siempre hay espacio para la imaginación política, la cual debe ejercitarse en el ámbito de los escenarios concretamente posibles, es decir, dentro de los límites comprendidos en el “fuste torcido de la humanidad”, sin sueños utópicos o palingenésicos. Este es el sentido profundo del “liberalismo agonístico” berliniano y de su alineamiento con la revolución romántica. En el pensamiento de Berlin, la recuperación de la antropología romántica da consistencia a un tema fundacional del liberalismo moderno y contemporáneo, a saber, la riqueza y la fecundidad del conflicto de ideas –y a la correspondiente oposición a todo mito de sociedad perfecta, pacificada en el nombre de Dios, del Bien o de la Ciencia.

Para Berlin, el estudio de la historia puede ser entendido como una educación al pluralismo: el conflicto entre valores divergentes –a veces objeto de compromisos provisionales, otras veces irreconciliables– es inevitable y continuo. Además, para un humeano como Berlin, la razón es, y no puede sino ser, esclava del caleidoscopio de las pasiones humanas: las pasiones establecen los fines, mientras la razón simplemente se limita a estudiar los medios para obtenerlos. Cuando, al contrario, la Razón se convierte en el único fin legítimo, la máscara de la razonabilidad favorece el protagonismo de las pasiones más tristes, tal y como sucedió paradigmáticamente en los años del régimen estalinista.

El interés berliniano en la anti-Ilustración es una invitación a tener en consideración el “lado oscuro” de la personalidad y de las épocas históricas, para que, al no ignorarlo, no estemos ciegos ante su resurgir. Toda unilateralidad es vengada, sea en el plano privado o en el público y político, y a la inflación de una facultad le sigue su deflación a expensas de otra que se expande: en el sucederse de las pasiones políticas, ocurre a menudo que un exceso de intelectualismo viene seguido de un exceso de pasión. La Europa contemporánea, vacilante entre la aridez tecnocrática y los furores del pueblo nacionalista, es una representación evidente de esta dinámica.

En un sentido análogo, para Berlin la educación política es aquella recibida de quienes han experimentado y sufrido el espectro más amplio de las pasiones humanas: esto les permite obtener una comprensión amplia y profunda de la humanidad, como ejemplifican Churchill, Roosevelt y otras personalidades “larger than life”, que Berlin admiraba. La sensibilidad del político capta empáticamente el sentimiento de una sociedad y se perfecciona en el conocimiento de sus tradiciones. Al hombre de acción no se le pide una capacidad intelectual fuera de lo común: para la educación política, la límpida capacidad de análisis racional exigida al estratega o al jugador de ajedrez son, como mucho, un complemento útil. El hombre político dotado de sentido de la realidad no mira el mundo a través de esquemas racionales, sino que más bien es sensible a los matices y a los detalles, en sentido tanto fáctico como moral: su educación es un aprendizaje de la variedad y la complejidad de las circunstancias humanas.

Lo importante es que el conflicto entre valores se sitúa en el corazón del individuo antes que en la historia. La misma tendencia berliniana a refutar un yo superior como timonel de la libertad positiva, implica la llamada a una antropología plural y polimorfa. No hay un “yo racional” que guíe el timón, o un “yo trascendental” que haga de juez último: como buen empirista, Berlin ve en el yo un haz de sensaciones cuya continuidad no está garantizada por una racionalidad innata, sino por la continuidad de los recuerdos.

Esto resulta evidente en el epistolario berliniano –cuya publicación ha concluido recientemente gracias al incansable trabajo de Henry Hardy–, donde muchos rasgos de la personalidad de amigos y correspondientes son sujetos a un análisis fenomenológico constante. Para ser un “zorro” en el sentido berliniano no basta con “saber tantas cosas”, sino que también es necesario identificarse con otras tantas vidas, haciendo así posible una mirada auténticamente pluralista y liberal del mundo. Análogamente, su sonriente sociabilidad y su gusto por el carácter inagotable de la comedia humana se oponen a la tendencia gnóstica de tantos intelectuales del siglo veinte convencidos de que la felicidad está siempre en otra parte, y recuerdan cuán importante es la valoración de las obras del hombre, en contraposición con la crítica destructiva y radical de todo lo que existe.

Por todas estas razones, el mensaje más vibrante de Isaiah Berlin a los filósofos políticos parece ser hoy la exigencia de oponerse tanto a las abstracciones tecnócratas, como a las simplificaciones populistas mediante el ponderado cultivo del esprit de finesse. Su tensión hacia los valores implica una toma de distancia respecto al reduccionismo de los “administrators of things”, habituados a encerrar la esfera política dentro de una jaula de hierro asfixiante y mezquina. Muy al contrario, el interés por la historia servirá para preservar la pasión por la complejidad inagotable de lo real, eterno rompecabezas al que ni la Ciencia social ni la Voluntad popular pueden dar una solución final.

Luca Demontis

PhD CANDIDATE AT THE SCUOLA INTERNAZIONALE DI ALTI STUDI OF THE FONDAZIONE COLLEGIO SAN CARLO IN MODENA, ITALIA

TRADUCCIÓN DE GUILLERMO GRAÍÑO FERRER

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