El futuro de Europa en el mundo, por Javier Fernández-Lasquetty

Fernández-Lasquetty durante su intervención en la conferencia de Conservatives International (Foto: Floridablanca)

Fernández-Lasquetty durante su intervención en la conferencia de Conservatives International (Foto: Floridablanca)

Intervención de Javier Fernández-Lasquetty, de la Universidad Francisco Marroquín, en la convención Conservatives Internacional (Miami, 27 de mayo de 2017)

Probablemente la palabra que mejor describa a Europa en este momento es la palabra “miedo”. Es miedo lo que muchos europeos han llegado a sentir. No estoy hablando solo del miedo a un terrorismo islamista que golpea de manera salvaje y reiterada, como hizo de manera cruel esta semana en Manchester. Estoy hablando también de un miedo indeterminado, la sensación de que todo es una amenaza. La globalización vista como amenaza, el progreso visto como amenaza, la evolución de todo –usando la expresión de Matt Ridley- vista como amenaza.

Y ese mismo fenómeno hace que la propia Europa sea vista en el resto del mundo también con miedo. A Europa ahora se le mira desde fuera con desconfianza e incertidumbre, que es lo opuesto a lo que Europa significó en el mundo en la segunda mitad del siglo XX.

¿Por qué ahora hay tanto miedo en Europa y en torno a Europa? Para mí la respuesta es sencilla: porque se ha hecho mucha propaganda del miedo.

La Unión Europea, con sus directivas y regulaciones, promueve el miedo. Todo tiene que ser regulado minuciosamente por el intervencionismo del Parlamento Europeo y por la burocracia de la Comisión Europea. Hablan y actúan como si lo único que salvara de algún terrible desastre a cada europeo fuera el Diario Oficial de la Unión Europea.

Los gobiernos y los parlamentos nacionales también asustan a la gente. Los partidos políticos, los medios de comunicación y los intelectuales -muchos de ellos, no todos- transmiten miedo. Miedo a la competencia, miedo a lo que viene de fuera, miedo a lo que hace la gente cuando decide por sí misma.

También hay muchos euroescépticos que están usando como argumento el miedo a la apertura y a la relación con los demás.

¿Por qué sucede todo esto? El discurso del miedo viene de la desconfianza en la libertad, o del rechazo directo de las consecuencias de la libertad. Es el predominio ideológico y cultural de quienes rechazan el liberalismo lo que ha generado una atmósfera de temor. Y esa atmósfera se ha convertido ella misma en la principal amenaza para la propia Europa, y en la mayor desconfianza para el resto del mundo.

La Unión Europea no nació así. Su razón de existir fue la apertura. Nació como un mercado común, antes de que la palabra “mercado” fuera vista como algo negativo.

Muchos liberales europeos somos muy críticos con el intervencionismo de la UE. Pero sería injusto olvidar que en algunos aspectos la Unión Europea ha servido para eliminar monopolios y subvenciones de los estados. En países como el mío, España, es dudoso que se hubiera conseguido abrir a la competencia internacional sectores como la energía o las telecomunicaciones si no fuera porque la pertenencia a la Unión Europea obliga a ello.

En estos mismos días en España está desapareciendo un monopolio que permanecía escondido, que es el del sindicato de trabajadores de los puertos marítimos. Y va a desaparecer, no porque el gobierno quiera (saben que va a haber un fuerte conflicto con el sindicato), sino porque la Unión Europea va a imponer fuertes multas a España si no acaba de una vez con ese monopolio.

Alguien muy poco sospechoso de ser fanáticamente proeuropea, como Margaret Thatcher, supo reconocer bien esta parte positiva de la UE. Ella contribuyó mucho a la firma en 1986 del Acta Única Europea, que fue la mayor revisión hasta ese momento del Tratado de Roma. Thatcher, en sus memorias, explica que “por fin íbamos a hacer que la Comunidad Europea volviera al buen camino, a concentrarse en su función de enorme mercado”. Pero el problema, como ella vio enseguida, es que “los nuevos poderes que había recibido la Comisión no parecían hacer otra cosa que estimular su apetito”.

Ahí viene el problema: cuando la Unión Europea ha dejado de ser un espacio de libertad de movimiento de personas, de bienes, de capitales y de ideas. Cuando se ha convertido en lo que el autor alemán Hans Magnus Enzensberger ha llamado con ironía “El gentil monstruo de Bruselas”.

El resultado del crecimiento exponencial de la burocracia y la regulación europea ha sido un continente atemorizado, paralizado y fracturado.

Yo no era un partidario del brexit. Creo que la salida de Gran Bretaña va a ser muy negativa para el resto del continente. Durante décadas el Reino Unido ha sido un freno para el ansia de intervencionismo de las instituciones europeas. Me temo que muchos políticos y burócratas partidarios de una UE aún más socialista están felices pensando todo lo que van a poder regular cuando los británicos no estén allí para impedirlo.

Javier Fernández-Lasquetty (Foto: Floridablanca)

Creo que el brexit tampoco va a ser positivo para los británicos. Es extraño. El euroescepticismo empezó como algo fundamentalmente liberal, y muy unido al legado ideológico de Margaret Thatcher. Pero tengo la impresión de que en algún momento, tal vez en la campaña electoral del referéndum, se produjo algo que podríamos llamar el “rapto del euroescepticismo”, como el “rapto de Europa” de la mitología.

Lo que empezó siendo un movimiento liberal contrario a las barreras defensivas ha terminado teniendo un fuerte componente de rechazo a la libertad de movimiento de las personas, de los bienes y de los capitales.

Yo deseo mucha suerte a Daniel Hannan y a quienes en el Partido Tory permanecen fieles a las ideas que condujeron al brexit: menos estado, menos regulación, más libertad, y especialmente más libertad comercial. Me alegraré mucho si lo consiguen, por el bien de todos. Pero no va a ser sencillo, me temo.

Los socialistas de todos los partidos han deformado lenta y profundamente la identidad de Europa. Europa tiene como algunos de sus rasgos distintivos la innovación, el ánimo emprendedor y el espíritu de iniciativa que han permitido un progreso económico sólido que hizo posible para mucha gente salir de la pobreza. Es decir, el capitalismo.

Este es uno de los rasgos que definen a Europa. O, si queremos ser más precisos, al mundo occidental. Porque Europa no puede entenderse sin América.

Este conjunto de valores ha supuesto una aportación muy positiva para toda la humanidad. Por eso creo en Occidente y por eso también creo que merece la pena defender los valores que lo sustentan y luchar por ellos.

Y digo más: creo que son valores capaces de entusiasmar a mucha gente, y especialmente a los jóvenes.

¿Por qué? Porque son valores auténticos. No son falsos lemas ni trucos verbales. Son valores que hablan al corazón: la libertad, la cooperación voluntaria, la ambición por superarnos y llegar más lejos.

Son valores que se han convertido en profundamente inconformistas, casi rebeldes, en el mundo de hoy. El establishment de hoy en día rechaza estos valores. Y lo hace con toda la fuerza que le da su poder político, académico, cultural y mediático.

Voy a poner un ejemplo: a mí me sorprende mucho que se siga mirando como a un rebelde o a un inconformista al que se viste con una camiseta del Che Guevara, quien además de ser un totalitario y un criminal, resulta que se ha convertido en un símbolo del mainstream, de lo políticamente correcto. Lo rebelde e inconformista es ponerse una camiseta pidiendo libertad para los presos políticos cubanos.

Hoy creer en los valores occidentales es ser un inconformista, un rebelde. Y eso significa no comulgar con el discurso de los que se autodenominan “progresistas”. De los que han construido un discurso “buenista”, que carece de principios y que no tiene más objetivo que conseguir que calle el que discrepe.

Esos progresistas, dentro y fuera de Europa, siguen en una profunda crisis de ideas. Nunca han admitido que la caída del Muro de Berlín no se debió a excesos o equivocaciones de los soviéticos, sino a que las ideas colectivistas del socialismo eran una equivocación en sí mismas. A partir del fracaso del modelo marxista, la izquierda no ha sido capaz de generar ninguna idea alternativa. Pero sí ha hecho algo. Lo que ha hecho es poner en cuestión los valores occidentales. Decir que los valores liberales son injustos. Decir que los valores que nos son propios son peligrosos.

Lo que los dirigentes de la izquierda contemporánea han articulado en toda Europa es una ideología “anti”: antioccidental y antiliberal.

Javier Fernández-Lasquetty

Vicerrector de la Universidad Francisco Marroquín

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