Derecha y Bien Común, por Ignacio Romero

El Estado del Bienestar, uno de los grandes logros del mundo occidental, no se sostiene por sí solo. Como todas las cosas realmente importantes, requiere vigilancia y cuidados continuos. En España está asumido que la izquierda monopolice la defensa del Estado del bienestar, como si desconociéramos que éste nació y se consolidó en sociedades modernas occidentales, es decir, en Estados de derecho con economías capitalistas y ciudadanías mayoritariamente cristianas.

El centro-derecha occidental reclama como referente fundamental de su actividad política la vigencia y fortalecimiento del Estado del Bienestar. Este concepto, que viene importando de la politología inglesa, es otra forma más o menos técnico-administrativa de llamar al muy conocido término “Bien Común”, sobre el que han disertado desde dirigentes comunistas hasta papas como León XIII.

(Foto: Ana Rey / Flickr)

(Foto: Ana Rey / Flickr)

Se ha dicho en alguna ocasión que la izquierda es platónica y la derecha aristotélica. Aunque es una burda reducción, algo de eso hay. Y precisamente Aristóteles nos legó los primeros  apuntes sobre el manido y sin embargo fundamental asunto del bien común. Para el filósofo griego, la meta de la democracia participativa debía de ser la búsqueda del bien común, que se traducía en asegurar una mínima igualdad, una propiedad suficiente y una prosperidad estable para el conjunto de la sociedad. Y esas son las mismas cartas con las que jugamos 24 siglos después la mayor parte de quienes nos reclamamos como liberal-conservadores. Lo curioso es que Aristóteles entendía que si la democracia permitía que existiera en su seno un número pequeño de ciudadanos ricos y un número muy extenso de pobres, convenía atajar frontalmente ese desequilibrio mediante dos soluciones: reducir la pobreza o reducir la democracia. Nosotros no contemplamos la segunda opción, porque advertimos precisamente que sin democracia rara vez se ha reducido la pobreza, y porque consideramos la democracia como un medio benéfico.

El mayor garante de la supervivencia de ese bien común es precisamente el correcto desempeño de una sociedad. Para que el bien común sea posible, se ha de conjugar la necesaria estimulación de la competitividad, de la innovación y del justo premio para los agentes económicos más exitosos (fundamentalmente empresarios y emprendedores, que no siempre coinciden), con la defensa de unos principios de orden y acción públicos de naturaleza asistencial que la inmensa mayoría de los miembros de cualquier sociedad desarrollada europea asumen como propios e irrenunciables desde hace décadas (educación, sanidad, ayuda al desempleo…). La izquierda de raíz marxista, incluso en su variante más “tolerante” (la socialdemócrata), llena su discurso con el recurso a la salvaguarda de los desfavorecidos, aunque a renglón seguido traicione esos arcangélicos buenos deseos, fruto de su incapacidad crónica y manifiesta a la hora de crear riqueza. Al final los ciudadanos más débiles se encuentran con la triste paradoja de que su situación suele empeorar cuando gobiernan y toman las decisiones precisamente aquellos que se erigen en sus salvadores.

Pongamos por caso el ejemplo de la Ley para la Dependencia, aprobada bajo el gobierno de Rodríguez Zapatero. La práctica totalidad del centro-derecha español contempló con buenos ojos la posibilidad de articular legalmente la ayuda a las personas más débiles de nuestra sociedad. Pero aquella buena idea, plasmada en un texto mejorable pero aún así apreciable por su novedad y ambición, quedó arrumbada por esa cosa tan prosaica y realista como es “la falta de medios”. A continuación, y fruto entre otras cosas de la visión económica sesgada y equivocada que defendía el gobierno de Rodríguez Zapatero, se destruyeron más de tres millones de empleos. Quien haya conocido la Venezuela del bolivarianismo también sabrá un poco sobre la disociación existente entre el discurso florido y la realidad cruda cuando mandan las izquierdas, especialmente las de discurso más populista.

(Foto: José María Mateos / Flickr)

(Foto: José María Mateos / Flickr)

¿Y qué puede hacer el pensamiento liberal-conservador del siglo XXI con respecto al problema del Estado del bienestar? ¿Cuáles son esos continuos cuidados que necesita para su conservación y, si cabe, mejora? En primer lugar, el pensamiento liberal-conservador debe afirmar, como lo viene haciendo desde su propia gestación, que el bien común es la vara de medir de toda acción política. Y que precisamente en aras de ese bien común, un partido político de centro-derecha tiene que asumir sobre sus hombros que es a él precisamente a quien le compete preservar para las próximas generaciones la existencia de esa institución que recibe en el Artículo 1 de nuestra Constitución el apelativo de “Estado social”.

Defender el Estado social, esto es, el bien común en la España de nuestros días, es aplicar las necesarias reformas que necesita el Estado español en un mundo económico como el actual, tecnificado y globalizado como nunca antes había tenido lugar. Es defender y promover la moderación salarial sin dañar la demanda y sin aumentar la presión deflacionista por la más que posible llegada de años de escaso crecimiento del PIB, es defender y promover que las empresas acumulen capital ante ese incierto futuro, es defender y promover que quizás haya llegado la hora de que la vivienda sea considerada un derecho básico, como lo pueden ser la educación y la sanidad, y que deben articularse mecanismos políticos mucho más ambiciosos de provisión de vivienda pública, es defender y promover discriminaciones fiscales en los ingresos según el origen de los mismos, es defender y promover una nueva visión de las pensiones y los subsidios, reduciendo las prestaciones más altas y aumentando las ayudas de carácter estrictamente asistencial (las pensiones más bajas), es defender y promover la equidad entre las propias empresas y sus propietarios y empleados, gravando fiscalmente aquellos salarios de cuantía extraordinaria cuya naturaleza reside más en la liberalidad y la donación que en el rendimiento profesional del empleado, es defender y promover el rentismo financiero variable con respecto al rentismo fijo que ahora sufrimos.

El pensamiento liberal-conservador obtiene su razón de ser en el sujeto de su pensamiento y acción, el hombre, incardinado en su realidad de zoon politikon, es decir, en el bienestar del ciudadano. El pensamiento liberal-conservador es liberal porque cree en la libertad del ser humano no sólo como una mera constatación de lo fáctico, sino como un elemento netamente positivo, y es conservador porque aún atesora la suficiente inteligencia como para saber que hay cosas que merece la pena conservar bajo cualquier condición, y articular las medidas necesarias para su defensa. El Estado Social, como expresión constitucional del Estado del Bienestar, es una de esas cosas esenciales que por las que merece la pena plantear batalla. Es tan importante que no nos podemos dar el lujo de dejar su cuidado a la izquierda política, so pena de que llegue un día en el que nuestros esfuerzos por preservarlo sean insuficientes.

Ignacio Romero
FLORIDABLANCA CAFÉ

Implícate

Desde Floridablanca necesitamos tu apoyo moral y material para poder llevar a cabo nuestro proyecto

Implícate

Archivos

Categorías