La democracia según Torra, por Felipe José de Vicente Algueró

 

 

 

La palabra “democracia” es utilizada ad nauseam por el independentismo catalán y por el presidente vicario de la Generalitat como uno de los grandes reclamos de su relato político. Pero, ¿qué es la democracia para el mundo separatista catalán? El concepto de democracia ha sido y es utilizado por todas las ideologías políticas. ¿De qué democracia hablamos? ¿De la democracia orgánica que defendía el catalanismo en las Bases de Manresa y luego practicó el franquismo? ¿De la democracia popular según el modelo de los países del socialismo real? ¿De la democracia bolivariana o cubana? ¿De una nueva democracia nacional-republicana?

Si nos ceñimos a los países occidentales de nuestro entorno, la democracia vigente es la heredera de los movimientos liberales y democráticos del siglo XIX, por eso se denomina democracia liberal, constitucional y democrática, que es un modelo de democracia ordenada, no populista e ilimitada, que se desenvuelve dentro de lo que llamamos “Estado de Derecho”.

La democracia liberal ha tenido en el politólogo italiano Giovanni Sartori uno de sus grandes teóricos. Su extenso libro “Teoría de la democracia” es, quizás, uno de los estudios más profundos y serios sobre la democracia liberal escritos en los últimos años. En los dos volúmenes de la traducción española (1987) hace un cuidadoso estudio de los problemas actuales de la democracia. Posteriormente a la caída del comunismo, Sartori publicó un breve pero sugerente estudio que completaba su obra anterior, “La democracia después del comunismo” (1993). Y, para divulgar más sus ideas, participó en unos programas de la televisión italiana, desgranando de forma didáctica y amena sus reflexiones sobre la democracia liberal. Estas charlas se tradujeron en otro recomendable libro, para un público amplio: “La democracia en treinta lecciones” (2008), cuya lectura aconsejo vivamente a los independentistas.

La democracia liberal es, para Sartori, el mejor modelo de democracia, hasta el punto de afirmar que la desaparición de la democracia liberal entraña también la muerte de la democracia”. Porque la democracia liberal es la que mejor garantiza la libertad política de los ciudadanos. Retomando la clásica distinción de libertad positiva y libertad negativa que efectuara Isaiah Berlin, Sartori considera que la libertad política es fundamentalmente la libertad negativa, la que pone límites al poder y evita lo que, para Sartori, es lo contrario a la democracia: la autocracia.

En el primer volumen de su Teoría de la Democracia, Sartori, antes de entrar a analizar qué es democracia, se dedica a explicarnos qué no es la democracia. El filósofo italiano empieza definiendo la democracia por una característica negativa: es lo contrario a la autocracia. La democracia es el sistema que hace imposible que una persona o una mayoría se conviertan en autócratas, se apoderen del espacio público, de las instituciones, de los medios de comunicación y de todo aquello que hace posible la reversibilidad entre mayorías y minorías.

El autócrata es la persona o grupo que se cree dueño del poder, cuando el principio de la democracia es justamente la pluralidad, el respeto a las minorías y a las leyes. Por eso la democracia liberal es democracia constitucional, pues la Constitución y las leyes que de ellas emanan son la garantía de que una determinada mayoría no se convierta en autócrata. Repasemos lo que ocurrió en el parlamento catalán los días 6 y 7 de septiembre de 2017. Una mayoría parlamentaria que, por cierto, no representaba a la mayoría social, se convirtió en un autócrata, dueño del poder parlamentario para manipularlo a su antojo. No hay democracia sin respeto a las minorías y a los límites del poder. Destaco unas lúcidas palabras de Sartori: “los derechos de la minoría son la condición necesaria del proceso democrático mismo”. Acierta Sartori cuando observa que una de las características de las democracias liberales es la reversibilidad de mayorías y minorías. Cuando el régimen se vuelve autárquico o cuando se liquida el pluralismo esa reversibilidad desaparece.

La democracia no consiste sólo en votar. También se vota en las democracias orgánicas y populares, pero se hace para confirmar el poder del autócrata, sea el dictador o el partido único. Y en este punto me parece muy esclarecedor un pensamiento de Sartori sobre el referéndum. El politólogo italiano desconfía de los referéndums sobre temas que dividen en dos a una sociedad porque el resultado en términos sociológicos es de suma negativa, es decir unos ganan y otros pierden. Y eso siempre produce una fractura social. En cambio, la democracia liberal representativa es de suma positiva porque todos ganan ya que el pluralismo obliga al consenso, al pacto y a soluciones que pueden satisfacer a grandes mayorías que, si luego son consultadas, refuerzan los consensos.

La democracia liberal es el sistema que mejor garantiza el pluralismo y la alternancia en el poder. Pero para que ello sea posible, Sartori defiende que la democracia liberal es también la democracia constitucional porque de esta manera el ciudadano tiene un mecanismo esencial para el control del poder político: el marco constitucional y legal que garantiza la libertad política. Cargarse la Constitución es liquidar la libertad política y seguridad jurídica de las personas y grupos. Libertad es otra de las palabras repetidas hasta la saciedad por el señor Torra y los independentistas. Parece que su concepto de libertad no tiene límites y esa libertad mitificada les permite romper con las leyes. Pero eso no es libertad, esa es la excusa del autócrata para justificar la liquidación del marco jurídico que hace posible la libertad.

En otro libro posterior, quizás más conocido y divulgado, “Homovidens” (1998), Sartori muestra cómo el hombre contemporáneo ha dejado de actuar en función de lo que sabe o piensa críticamente para hacerlo en función de lo que ve. Si el “homo sapiens” está en peligro, la democracia también, dice Sartori. Porque la imagen ha sustituido a la razón; los sentimientos y el emotivismo al discurso racional. La argumentación racional y el diálogo constructivo se sustituyen por un “ideologismo” que se impone al pensamiento racional. Una característica de ese ideologismo es, para Sartori, el uso pervertido del lenguaje. El epíteto (fascista, españolista, Estado delincuente, presos políticos…) sustituye al argumento. El “homo videns” independentista se lo traga todo.

Haría bien el señor Torra y el independentismo en explicarnos qué entienden por democracia. ¿Defienden la democracia liberal constitucional? ¿O una nueva especie de democracia “nacionalista”, de origen hegeliano, en la que la libertad personal consiste en entregarla al Estado para la construcción de esa república convertida en un mito como en su momento fue la raza o la clase social?

El gran problema hoy en Cataluña no es el de la independencia, si no el del futuro de la libertad personal, de la democracia liberal y, en consecuencia, de la convivencia. El llamado “procés” es un camino sutil pero firme hacia una autarquía nacionalista. Los hechos de septiembre de 2017 fueron un acto de mera autocracia que culminaron con la declaración unilateral del 27 de octubre, cuando una mayoría autocrática se consideró por encima de las leyes. Eso sí, justificando su acción antidemocrática en un supuesto “mandato popular” emanado de un simulacro de referéndum, no reconocido por ningún organismo internacional. Nada que extrañar, todos los autócratas han pretendido siempre justificar sus actos apelando al “pueblo”.

El “pueblo”, otro de los mitos del relato independentista. Al fin y al cabo, democracia significa gobierno del pueblo. Pero, ¿qué es el pueblo? ¿La mayoría absoluta en un momento determinado? Sartori considera que identificar el pueblo con mayoría absoluta sería el fin de la democracia. Sería alimentar un nuevo autócrata, una nueva tiranía, la de la mayoría. Por eso, democracia es más que votar, es hacerlo en un marco jurídico que garantiza el pluralismo y la libertad política (en el sentido negativo de Berlin) que permite a los ciudadanos limitar el poder de los gobernantes.

Pues no, el pueblo de Cataluña no son los votantes independentistas. Son todos los ciudadanos. Y cuando se aprovecha una mayoría para limitar las libertades políticas de los ciudadanos o manipular las instituciones, estamos en el camino de la autocracia. Cuando un ayuntamiento decide convertir un edificio público, de todos, en un escaparate de imágenes partidistas, es que se ha convertido en un pequeño autócrata local y la democracia ha sido saboteada. Cuando en una institución pública la mayoría se arroga el poder para imponer sus símbolos o su ideología, la democracia liberal está quebrada. Cuando el parlamento de Cataluña conculca sus propias reglas o niega el derecho de las minorías, ¿de qué democracia estamos hablando? No se es demócrata por pedir un referéndum, se es por muchas más cosas.

Cuando se ven edificios públicos, fiestas locales, eventos de todo tipo… colonizados por la propaganda partidista de la mayoría que gobierna se puede legítimamente pensar qué clase de democracia nos esperaría en una república gobernada por quienes no han entendido nunca que es la democracia liberal. No perdamos de vista la enorme influencia del carlismo antiliberal en el nacionalismo catalán. Las raíces antiliberales del nacionalismo aún no han sido extirpadas y rebrotan con fuerza en el independentismo, eso sí, sustituyendo la figura de un rey carlista en el exilio por el de un presidente “exiliado” que, para más casualidad, se llama Carlos.

Porque la democracia liberal es una garantía de pluralidad y libertad, la democracia liberal es el único sistema político que garantiza la convivencia social, evita los enfrentamientos y las divisiones de suma negativa, porque exige el consenso, el diálogo y el pacto para que todos ganen. El pluralismo favorece también el diálogo basado en argumentos racionales. Cuando se menosprecia la pluralidad renace el fanatismo y el unilateralismo, como desgraciadamente estamos viendo en Cataluña.

Los independentistas han llenado calles y edificios públicos (que consideran de su propiedad) con gritos de libertad. ¿Qué libertad? ¿Una libertad que se subroga a una mayoría convertida en un autócrata que, en el fondo quiere liquidarla, para imponer una determinada ideología o república mitificada?

Una mayoría de catalanes quiere ser libre, pero para elegir periódicamente a sus representantes, para que ellos dialoguen entre sí, para que todos garanticen la pluralidad de la sociedad. Quiere ser libre para entrar en la oficina de un ayuntamiento y tener la seguridad de que este espacio físico es de todos. Quiere ser libre para pasear por las calles y plazas de Cataluña y no verlas convertidas en espacios abusivos de propaganda partidista y no ser vigilados por una policía politizada al servicio del autócrata. ¿No recuerdan muchas calles catalanas a las de países no democráticos llenas de simbologías del grupo en el poder? Y quiere ser libre para ver la televisión pública catalana y comprobar que refleja el pluralismo político y no convertida en un instrumento al servicio de un partido. Queremos una Cataluña libre, pero no será nunca libre si no son libres todos sus ciudadanos, con su libertad personal garantizada por una democracia verdadera base de una convivencia sana. Porque no son libres los “pueblos”, son las personas, cada una en particular. También Franco proclamaba la España “una, grande y libre”. Pero, ¿eran libres todos sus ciudadanos?  

Felipe José de Vicente Algueró

DOCTOR EN HISTORIA, ESPECIALISTA EN EL LIBERALISMO ESPAÑOL. AUTOR DE “VIVA LA PEPA. LOS FRUTOS DEL LIBERALISMO ESPAÑOL”, “EL CATOLICISMO LIBERAL EN ESPAÑA” Y “DE LA PEPA A PODEMOS. HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA”

 

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