De Weimar a Cataluña, por Manuel Campos

De Weimar a Cataluña: un viaje al desencanto

Cuando los cañones enmudecieron, por fin, aquel 11 de noviembre de 1918, la delegación alemana, encabezada por Matthias Erzberger, firmó el armisticio que ponía fin a la Primera Guerra Mundial en el vagón de un tren en un bosque de Compiègne (al norte de Francia). El mundo hasta entonces conocido había desaparecido, arrasado por el fuego, por toneladas de acero y por la sangre de millones de muertos. La nueva realidad que emergió de las trincheras transformó radicalmente la civilización occidental. La que surgió del conflicto, como lo describe excepcionalmente el historiador Philipp Blom en su obra La fractura. Vida y cultura en Occidente 1918-1938 (Anagrama, 2016), en nada se parecía a la ilusionada e impetuosa Europa que, cuatro años antes, se había lanzado a las armas, con más candor que temor a la muerte.

El período de entreguerras (1918 a 1939) es fascinante. La Vieja Europa hubo de reinventarse. La genialidad, la compasión, la joie de vivre o la esperanza convivieron con el hastío, el rencor, la venganza o el odio. Unos y otras se fundieron en personas que apenas podían distinguir el bien del mal y que vagaban entre las ruinas de un orden moral ya obsoleto. Las artes renacieron con fuerza y la creatividad se desbordó, quizá porque era necesaria una nueva forma de explicar el mundo y porque la cultura siempre ha sido el mejor medio para canalizar el cambio. En este marasmo de sentimientos y de nuevas experiencias, empezaron a ganar presencia las posiciones más radicalizadas. La fuerza bruta y la violencia se convirtieron en un instrumento más del discurso político, utilizadas para amedrentar al adversario o para hacer llegar sus mensajes de la forma más rotunda posible. Se produjo un proceso de polarización que desembocaría en una nueva y aun más terrible guerra mundial.

Las analogías históricas suelen ser armas de doble filo. Cada período tiene sus propias peculiaridades y no es posible extrapolar a nuestro presente las circunstancias de un pasado más o menos remoto. Incluso para juzgar éste hay que actuar con cautela. Como explica Manuel Conthe, al hacer un análisis retrospectivo de cualquier incidente ya sucedido se ignora el impacto subjetivo que, en aquel momento, tenían riesgos o incertidumbres que no llegaron a materializarse. De todos modos, aunque equiparar la actual situación de España y de Europa con la vigente en el período de entreguerras sea arriesgado, o controvertido, la comparación puede ayudarnos a obtener algunas conclusiones útiles, referidas a aspectos del comportamiento humano más estáticos y previsibles que el cambiante devenir de los acontecimientos.

Las democracias liberales, aun saliendo victoriosas de la Gran Guerra, no supieron gestionar el caudal de odio y el desengaño de una ciudadanía hastiada de las fórmulas tradicionales, ni el de millones de soldados y civiles que, sin saber muy bien por qué, habían visto la muerte y el horror de cerca. Hoy, los más jóvenes, aunque algunos no sean conscientes de ello, no padecen los problemas que sufrieron sus bisabuelos (ni tan siquiera sus abuelos). Y, sin embargo, el desencanto es generalizado. Ese mismo sentimiento lo asume gran parte de la sociedad, que no encuentra referentes ni estímulos a los que aferrarse. De ahí que, al igual que sucedió en el período de entreguerras, surjan movimientos al margen de las instituciones tradicionales. Ya no solo se trata de partidos populistas, cuya implantación cada vez es mayor en todo el continente. También ha proliferado un discurso que huye de lo convencional y que intenta, como fin último, consumar una ruptura de perfiles inciertos. Calificativos como alternativo, antisistema y similares se popularizan. La publicidad, quizás el mejor termómetro del actual comportamiento social, ya ha hecho suyas estas premisas.

Cambiar no es necesariamente malo. Es más, a veces resulta inexcusable, si no queremos anquilosarnos. Ahora bien, carentes de una sólida base intelectual y moral que las sostenga, la llegada de corrientes cuya única aspiración es derrocar al régimen, sin una alternativa mejor que ofrecer, de poco sirve. El contenido deja de tener interés, para dar primacía al continente. Como explican los editores de Políticas del odio. Violencia y crisis en las democracias de entreguerras (Tecnos, 2017), Manuel Álvarez Tardío y Fernando del Rey, “[…] no debe pasarse por alto que la ‘era de las catástrofes’ vino precedida por una época de esplendor, de libertad y de optimismo colectivo, en la que el progreso social y las formas de la democracia parlamentaria parecían llamados inevitablemente a imponerse”. Entonces, el resultado de las nuevas tendencias fue que los movimientos totalitarios tuvieron éxito, y no solo en España, en Alemania o en Italia, mientras que las simpatías y apoyos que alcanzaron en Francia e Inglaterra fueron considerables.

El éxito de la noción de “post-verdad” esconde otros escenarios mucho más peligrosos. Su ascenso imparable (el caso de Trump es paradigmático) implica que, para buena parte de la sociedad, la verdad ya es algo secundario. Quienes sucumben a esta fácil deriva viven ajenos a lo que sucede al margen de su “realidad” y solo se nutren de aquello que quieren oír. Véase el ejemplo de Cataluña, donde hace tiempo que la lógica y la cordura hicieron las maletas, para dar paso a unos relatos que mienten conscientemente y sin pudor. Da igual la barbaridad sin sentido que se diga, alguien la retuiteará. La sociedad ha perdido su capacidad crítica, lo que facilita enormemente la tarea a populistas y demagogos que saben encandilar a las masas. La propaganda y algunos medios de comunicación, como ocurrió en el período de entreguerras, se convierten en instrumentos idóneos para difundir un mensaje en apariencia renovador, pero que encierra un programa, si no totalitario, claramente antidemocrático.

No hay soluciones sencillas a este fenómeno. Hace sesenta años se le derrotó, tras una cruenta guerra mundial y, aún así, la Unión Soviética sobrevivió medio siglo más ¿Cómo convencer a una sociedad a la que le cuesta oír y, mucho más, leer? Alguna vez se ha dicho que nuestras sociedades no soportan ni los males que padecen, ni los remedios que podrían ponerles fin. El esfuerzo didáctico que ha de acometerse es enorme y parece que nadie quiere hacerse cargo de él. Mientras tanto, el adoctrinamiento continúa y las mentiras proliferan. Tzvetan Todorov ofrecía una salida en El espíritu de la Ilustración (Galaxia Gutenberg, 2014): “La edad de la madurez que los autores del pasado aclamaban no parece formar parte del destino de la humanidad, condenada a buscar la verdad en lugar de poseerla. Cuando preguntaban a Kant si vivían ya en la época de la Ilustración, en una época realmente ilustrada, contestaba: <<No, pero sí en una época en vías de ilustrarse>>. Esa sería la vocación de nuestra especie: retomar cada día esta labor sabiendo que es interminable”.

Manuel Campos

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