Curas, monjas y secesionismo, por Felipe José de Vicente Algueró

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El neocarlismo de una parte del clero catalan

Entre el 13 y el 18 de septiembre de 1971 tuvo lugar en Madrid la famosa asamblea conjunta de obispos y sacerdotes. El día 15 se puso a votación una propuesta que acaparó un inusitado interés en la prensa: “Así, pues, reconocemos humildemente y pedimos perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos“. La proposición, aunque obtuvo un importante número de votos, no alcanzó los dos tercios requeridos para incorporarse al documento final. Pero queda como testimonio.

El clero católico reconoce que no supo ser instrumento de reconciliación porque, sencillamente, optó por un bando. ¿No es eso lo que está pasando a una parte del clero en Cataluña? Monjes de Montserrat sermoneando sobre el “procés”, monjas del Císter con lacitos amarillos, capuchinos de Sarriá que organizan ayunos por los políticos presos, parroquias con carteles de “libertad presos políticos”, campanarios con esteladas, manifiestos de curas contra la justicia española y hasta un obispo recomendando que se toquen las campanas para que nadie se olvide de acudir a un referéndum ilegal. Un clero que se ha despojado de cualquier signo externo de su condición sacerdotal o religiosa, pero lleva bien visible el signo de ser “indepen”. Cruces ninguna, pero lacitos y eslóganes, todos.

Esta fronda clerical que, por cierto, se considera muy progre, está tomando descaradamente partido. No está siendo lo que sus predecesores de 1971 lamentaban. Y no por una causa que supera banderías y partidos, sino para ponerse al lado y convertirse en propagandistas del relato que unos determinados partidos políticos hacen sobre cuestiones que son discutibles y temporales y que legítimamente pueden defender los católicos en el ámbito de su libertad personal, pero sin mezclar a la Iglesia. Un ejemplo, entre muchos:  Justicia y Paz, organismo dependiente de la diócesis de Barcelona, ha publicado una nota que reproduce literalmente el relato de los partidos independentistas. De lo que opinan los otros partidos entre los que militan muchos católicos, nada.

Por supuesto que los clérigos, monjas y católicos “oficiales” catalanes pueden tener sus ideas políticas. Faltaría más. Y cada sacerdote, religioso o laico puede defender sus puntos de vista como ciudadano. Pero no se actúa con honestidad cuando, para exponer una idea política, se utiliza una homilía, un templo o una institución católica como altavoz. Se divide y renuncia a ser instrumento de reconciliación y convivencia.

La politización de una parte del clero no es algo nuevo en la Historia de España. Al contrario, es una constante que aparece continuamente. Ya se ve que es una tentación difícil de superar. Y el tomar partido, consecuencia de esa politización, un mal endémico del catolicismo español. Eso es lo que en otros términos se llama clericalismo, es decir, la invasión de los clérigos en el ámbito temporal abusando de la autoridad moral de ser sacerdotes o de querer monopolizar la que consideran única solución católica a los problemas políticos o sociales. Y ese clericalismo ha tenido y tiene consecuencias muy graves para la propia Iglesia.

El equivalente de las revoluciones liberales europeas en España fueron las Cortes de Cádiz y su famosa Constitución (1812). A diferencia de la revolución francesa que en su fase jacobina persiguió con saña a la Iglesia, el liberalismo español no nació hostil al catolicismo, sino todo lo contrario. Los diputados de Cádiz eran católicos practicantes y el primer Estado moderno que crearon fue liberal y católico. Esa colaboración entre catolicismo y liberalismo ocurrió también en otros países, por ejemplo, en Bélgica, pero allí la evolución posterior mantuvo esta buena relación. En España, se truncó.

Caricatura Carlismo, La Flaca (1870)

Ese inicio más que amigable de Cádiz, se oscureció con el pleito dinástico a la muerte de Fernando VII (1833), con la aparición del carlismo o tradicionalismo. Una parte del clero, con sermones, panfletos, discursos y a veces con armas (como el cura Santa Cruz), se puso al lado del pretendiente Don Carlos y en contra de la reina que sostenían los liberales, Isabel II. Empezó un duro ataque al liberalismo por parte de una parte del clero. La reacción antiliberal fue encabezada por el llamado Filósofo Rancio, Francisco Alvarado y, sobre todo, el P. Rafael Vélez autor de la Apología del Altar y del Trono (publicado en 1818), que sería el vademécum del antiliberalismo. El Filósofo Rancio era dominico y el P. Vélez, capuchino. Como fueron precisamente los religiosos los más hostiles al liberalismo, las órdenes religiosas pagaron con su supresión y las desamortizaciones la hostilidad al nuevo régimen liberal.

En 1851 se llegó a una paz religiosa con el Concordato, pero la división ya estaba hecha y una parte del clero, a pesar de los privilegios concedidos por el denostado liberalismo a la Iglesia, continuó manteniendo sus simpatías hacia el carlismo. Tres guerras carlistas, la primera y la tercera muy sangrientas, certificaron la profunda división de la sociedad española y de la propia Iglesia. Los clérigos carlistas, por cierto, muy numerosos en Cataluña, no pararon en fustigar a los liberales. Los católicos que, legítimamente, participaron en el Estado liberal eran tachados de “mestizos”. En 1884 Sardà i Salvany, un clérigo carlista catalán, llega todo lo lejos que se puede: como el liberalismo es pecado (título de su libro más famoso), los católicos liberales son pecadores y herejes. La única doctrina política compatible con el catolicismo es el carlismo. Más partidismo, imposible.

Pero que hubiera este tipo de clérigos, por abundantes que fueran, sería un problema menor si los obispos hubieran intervenido para aclarar las cosas. Pero no lo hicieron. Nadie desautorizó desde la jerarquía eclesiástica el famoso libro de Sardà y Salvany. Sólo un canónigo de Vic se atrevió a refutarlo y, encima, tuvo problemas con la autoridad eclesiástica. Ningún obispo salió públicamente en defensa de los católicos “mestizos”. Los obispos, aunque vivían una cómoda situación concordataria con el Estado liberal, no hicieron nada para decir algo tan obvio como que los católicos eran libres en sus opciones políticas siempre que no atentaran contra la doctrina de la Iglesia. Tuvo que intervenir el Papa León XIII para pedir unidad a los católicos españoles.

¿Cuáles fueron las consecuencias de este partidismo clerical? Varias y profundas. Señalaré la que me parece más grave: la desafección de no pocos católicos españoles – sobre todo intelectuales y políticos. Alejamiento que se fue agudizando con los años y derivó en un anticlericalismo distinto al de la izquierda marxista o anarquista: la reclamación de un Estado laico, que no quería decir antirreligioso y mucho menos anticristiano. Un Estado en que los clérigos carecieran de los apoyos del propio Estado para atacar al mismo Estado. Los católicos que siguieron fieles a su fe y al liberalismo, Canalejas, por ejemplo, buscaron fórmulas para separar amistosamente Iglesia y Estado, para conseguir la anhelada “Iglesia libre en un Estado libre”. Canalejas, que poseía un oratorio privado en su propia casa, fue objeto de una campaña durísima de las masas católica bien jaleadas por los clérigos “del otro bando”.

En no pocos casos, esa desafección fue fruto de una profunda crisis de conciencia. Tal es el caso de los católicos que acabaron en el krausismo,desde mediados del siglo XIX. Sanz de Río, introductor del krausismo fue seminarista, Fernando de Castro, sacerdote católico, y Francisco Giner de los Ríos, el krausista más conocido y fundador de la Institución Libre de Enseñanza, fue católico practicante hasta la edad adulta. Todos ellos sufrieron una crisis interior al no poder compaginar la fe con sus convicciones políticas. Abrazaron el krausismo porque esa filosofía les suponía una ruptura light con el cristianismo: mantuvieron la fe en un Dios personal, en la oración, en la inmortalidad del alma y consideraron el cristianismo la moral más excelsa de la humanidad.

Campanario de la Iglesia de Santa María, en Prades

La crisis existencial de estos intelectuales, que arrastraron a otros muchos, derivaba, entre otros factores, de sentirse incomprendidos por una Iglesia que, al menos parcialmente, había tomado partido y proclamaba desde el púlpito que el liberalismo es pecado. ¿Qué debían sentir estos hombres? ¿Qué siente un católico no independentista cuando va a Misa a Montserrat y se encuentra con un mitin político en la homilía? ¿O cuando va rezar a un monasterio contemplativo de monjas con lacitos amarillos? ¿O va a una parroquia de Barcelona en cuya puerta hay una gran pancarta política? ¿O se encuentra con banderas independentistas en los campanarios de un templo que es un lugar de oración? ¿O ve a un obispo participando en un referéndum ilegal? Y, lo peor, ¿cuándo ve que los obispos otorgan, porque callan?

Mi pregunta es si los obispos españoles y, en concreto, los catalanes, son conscientes que esa desafección ya está pasando de nuevo. La conferencia episcopal española y los obispos catalanes han publicado unas declaraciones sobre la situación en Cataluña. Dejando de lado alguna frase discutible, apuestan por ser instrumento de concordia. Pero en ningún momento han desautorizado a los clérigos que siguen anclados en un clericalismo trasnochado pero activo, en un partidismo escandaloso. No se trata de restringir la libertad de expresión que tiene todo ciudadano sea cual sea su estado civil. Se trata de cortar los abusos de poder cuando están utilizando los templos, que no son de su propiedad, para hacer política y política “de un bando”.

En la diócesis de Barcelona fue muy criticado un párroco porque permitía una participación destacada de exlegionarios con sus uniformes e himnos militares en una procesión de Semana Santa organizada por la parroquia de la que era titular. El arzobispo lo ha apartado de sus funciones. ¿Se ha actuado igual con los clérigos que politizan sus funciones ministeriales en otro sentido? Ni tan solo fue sancionado el sacerdote de la diócesis de Tarragona que “blanqueó” el referéndum ilegal permitiendo la votación y escrutinio dentro de la celebración de la Misa.

¿Son conscientes los obispos catalanes que se está gestando un nuevo anticlericalismo en ámbitos políticos hasta ahora no hostiles al catolicismo? Me refiero al anticlericalismo que surge en zonas del centro derecha español tentados a dejar de defender el statu quo actual de la Iglesia en España. ¿Para qué concertar centros docentes religiosos cuando sus instalaciones se utilizan para un referéndum ilegal o sus titulares con una mano piden dinero al Estado y con otra contribuyen a romperlo? ¿Para qué mantener acuerdos con una Iglesia que en un momento especialmente grave de la Historia de España mira hacia otra parte cuando sus templos y sus agentes se comportan deslealmente con un Estado que la protege?

Los obispos pueden mirar hacia otro lado, como hicieron en el siglo XIX con el carlismo. Pero las consecuencias están en la Historia. No pueden mirar el corto plazo, han de saber que el futuro del catolicismo español pasa por lo que ahora hagan. Los obispos del siglo XIX no condenaron el clericalismo carlista, lo dejaron crecer, y el resultado fue la confluencia de dos anticlericalismos: el más radical y clerófobo de marxistas y anarquistas y el laicista de una buena parte del liberalismo que, a la sombra del krausismo, fue construyendo una alternativa de fondo religioso pero distante del catolicismo. El resultado fue la radical política antirreligiosa de la Segunda República en donde confluyeron compartiendo el poder los dos anticlericalismos.

Y después vino una cruel guerra civil, que, para ambos bandos, fue una Cruzada: en uno para acabar con rojos y separatistas que quemaban las iglesias y en otro para liberarse definitivamente de la Iglesia. En ningún país de Europa occidental hubo en el siglo XX un enfrentamiento con características religiosas (o antirreligiosas) tan sangrienta como en España. Quizás porque en ningún otro hubo un clericalismo tan tolerado como en España.

En 1971 los obispos y sacerdotes se arrepintieron de haber contribuido a dividir España en dos bandos y, lo que es peor, ponerse al lado de uno. Y no me refiero solo a la guerra civil, en donde la cruel persecución religiosa no ofrecía muchas alternativas a la Iglesia. El problema viene de antes, de los bandos se formaron a lo largo del siglo XIX. Las dos Españas se gestaron mucho antes de la guerra civil.

Ahora hay dos Cataluñas. Afortunadamente el grado de enfrentamiento es menor que hace un siglo, pero la fractura social y la división son bien patentes. No sabemos como va a evolucionar esta pugna, pero hay una cosa que la Historia enseña: los eclesiásticos, aunque sean una minoría, no pueden tomar partido cuando ambos bandos defienden ideas que, aún siendo muy contrapuestas, son legítimas. Por eso, el papel de la jerarquía es crucial. Si quiere salvar su deuda con la Historia ha de ser, de verdad, instrumento de reconciliación y eso no es creíble mientras calle cuando se usa el nombre de Dios, de la Iglesia o de sus instituciones en vano.

Felipe José de Vicente Algueró

DOCTOR EN HISTORIA, ESPECIALISTA EN EL LIBERALISMO ESPAÑOL. AUTOR DE “VIVA LA PEPA. LOS FRUTOS DEL LIBERALISMO ESPAÑOL”, “EL CATOLICISMO LIBERAL EN ESPAÑA” Y “DE LA PEPA A PODEMOS. HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS EN LA ESPAÑA CONTEMPORÁNEA”

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