A propósito de Colombia y las virtudes de la democracia liberal, por Joaquín Rodríguez

El primer Mundial de fútbol del que tengo recuerdo es el celebrado en Estados Unidos en 1994 y concretamente de aquella selección de Colombia dirigida por “Pacho” Maturana y con jugadores como Carlos Valderrama, Freddy Rincón o Adolfo “el tren” Valencia.

Ahora bien, dicho equipo también es rememorado por el trágico asesinato del defensa Andrés Escobar. Cuya muerte transmitió al mundo la imagen de un país permeado por el narcotráfico, el crimen organizado y la corrupción. En definitiva por todos los elementos que hacían de dicha nación un Estado fallido.

Sin embargo Colombia supo resistir los envites más oscuros de su historia reciente y en la Copa Mundial de fútbol de Brasil 2014, mostró la imagen de una nación que irradiaba alegría, optimismo y prosperidad, erigiéndose  como un soplo de aire fresco en una región azotada por el populismo, el indigenismo y la demagogia.

¿Pero por qué ha sido esto así?

Durante sus escasos 200 años de historia, han sido muy pocas las ocasiones en que  Colombia ha conocido un periodo prolongado de paz.

El siglo XIX estuvo marcado por los continuos enfrentamientos entre conservadores y liberales, que desembocaron en la llamada “Guerra  de los mil días”. Dando paso a una segunda mitad del siglo XX caracterizada por los enfrentamientos y tensiones sociales, que era la tónica general de América latina. Estas disputas comenzaron con el “Bogotazo” de 1948 y se extendieron prácticamente hasta los primeros años del siglo XXI.

Ahora bien, a pesar de esta conflictividad, Colombia nunca cayó en la tentación del caudillismo mesiánico-populista que ha sido siempre uno de los males endémicos de Iberoamérica. Sino que optó por respetar la institucionalidad de forma exquisita. De hecho, su única experiencia de gobierno autoritario fue la dictadura de Gustavo Rojas Pinilla entre 1953 y 1957. Cuyo golpe de estado fue inmediatamente apoyado por una clase política y una sociedad civil hastiada de violencia.

El porqué de esta idiosincrasia supera el contenido del presente artículo. Sin embargo sí podemos subrayar que Colombia siempre tuvo una élite política y cultural que nunca desdeñó la herencia española, mostrándose más bien orgullosa de continuar con dicho legado; además de tener muy claro que las reformas debían hacerse “de la ley a la ley a través de la ley”.

Este respeto por las formas también vino acompañado por una política económica de corte liberal, llegando incluso a prohibir el déficit público por vía constitucional (artículo 364 de la constitución de 1991).

Dentro de la clase política, estimamos conveniente destacar la figura de los tres últimos expresidentes: Andrés Pastrana, Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos. Cada uno de ellos tiene sus luces y sombras pero en sus respectivos mandatos se pueden vislumbrar mucho más puntos positivos que negativos, dejando en última instancia un país mejor de lo que lo habían encontrado.

La presidencia de Andrés Pastrana estuvo marcada por el fallido proceso del Caguán, donde el Estado colombiano intentó de forma noble y leal conseguir un acuerdo de paz con las FARC. No debemos olvidar que nos estamos refiriendo a la guerrilla comunista más antigua de América Latina que no dudó en utilizar el asesinato, el secuestro, la extorsión y el tráfico de drogas como instrumento de financiación.

Sin embargo, al mismo tiempo que negociaba con la guerrilla, el presidente Pastrana también supo ganarse el favor de Estados Unidos y concretamente del presidente Clinton, firmando el Plan Colombia. Este plan era un acuerdo global de cooperación con una vertiente de apoyo militar que Álvaro Uribe supo aprovechar sabiamente.

No se puede entender la trasformación de la Colombia actual sin mencionar al presidente Uribe. Quien, con su política de seguridad democrática, implantó el Estado de Derecho en casi la práctica totalidad del territorio. Rompiendo un cerco guerrillero que había encarcelado en ciudades a una sociedad eminentemente rural.

Junto con la aplicación del imperio de la ley, su política económica fue netamente liberal, reduciendo sensiblemente los índices de desigualdad y pobreza. Al tiempo que el país entraba en una senda de crecimiento económico sostenido y se promovía la inversión extranjera, trayendo la prosperidad que el país tanto anhelaba y merecía.

Bajo estas premisas, el presidente Santos consiguió  definitivamente firmar un acuerdo de paz que permitía la desmovilización de las FARC y consolidar esta nueva imagen de Colombia, que se tradujo en que dicho país fuera uno de los promotores de la Alianza del Pacífico. Proyecto de integración regional que apuesta por el respeto al Estado de Derecho, las reglas democráticas y la economía de libre mercado y está despertando un creciente interés en la sociedad internacional.

Esta trasformación radical de Colombia no ha tenido lugar de un día para otro. Sin embargo una de las virtudes de la democracia liberal es que con unas buenas bases, se puede trasformar un país en 20 años y, si no, comparemos la Colombia de `EEUU 94´ con `Brasil 2014´.

Joaquín Rodríguez

 

 

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