Chesterton sobre la democracia y la tradición

Diciembre 05, 2018

He ahí el primer principio de la democracia: que lo esencial en los hombres es lo que tienen en común y no lo que los separa. El segundo principio consiste en que una de las cosas que tienen en común es precisamente el instinto o el deseo político. Enamorarse es más poético que escribir versos. La tesis de la democracia es que el gobierno (ayudar a administrar la tribu) es como enamorarse, y no como escribir versos. No tiene nada que ver con tocar el órgano en la iglesia, pintar en pergamino o descubrir el Polo Norte (esa costumbre tan insidiosa), ni con rizar el rizo, llegar a ser astrónomo real u otras cosas por el estilo. Esas cosas no queremos que las haga nadie a menos que sepa hacerlas bien. Por el contrario, se parece más a escribir tus propias cartas de amor, a sonarte la nariz y a otras cosas que uno quiere hacer por sí mismo, aunque las haga mal. No estoy defendiendo aquí la veracidad de ninguna de estas opiniones; sé que algunos modernos querrían que sus mujeres las escogieran los científicos, y que es posible que pronto pidan que les suene la nariz una enfermera. Tan sólo afirmo que la humanidad reconoce esas funciones humanas universales y que la democracia incluye el gobierno entre ellas. La creencia democrática se resume en que las cosas más importantes, como el apareamiento entre los sexos, la crianza de los hijos o las leyes del Estado, conviene dejárselas a las personas normales. En eso consiste la democracia, y eso es lo que he creído siempre.

Pero hay algo que desde mi juventud nunca he logrado comprender y es de dónde se ha sacado la gente la idea de que la democracia era en cierto sentido opuesta a la tradición. Es evidente que la tradición no es otra cosa que la democracia extendida en el tiempo.Consiste en confiar en un consenso de voces normales antes que en un registro aislado o arbitrario. El hombre que cita a un historiador alemán contra la tradición de la Iglesia católica, por ejemplo, está haciendo un claro llamamiento a la aristocracia y antepone la superioridad de un experto a la temible autoridad de la turba. Resulta fácil entender que una leyenda merece, y con razón, más respeto que cualquier libro de historia. Por lo general, la leyenda la han creado la mayoría de los habitantes de la aldea, que son siempre gente cuerda. El libro, por lo general, lo ha escrito el único hombre de la aldea que está loco. Quienes atacan la tradición basándose en la ignorancia de la gente de otras épocas deberían afirmarlo en el Carlton Club y añadir que los votantes de los suburbios son ignorantes. A nosotros ese argumento no nos convence. Si otorgamos gran importancia a la opinión de la gente normal cuando se pronuncia unánimemente sobre asuntos cotidianos, no hay razón para no tenerla en cuenta cuando se refiere a las fábulas o a la historia. La tradición puede considerarse una extensión del derecho a voto. Equivale a conceder el voto a la clase más oscura de todas: nuestros antepasados. Es la democracia de los muertos. La tradición se niega a dejarse someter por esa oligarquía reducida y arrogante que sólo por casualidad sigue hollando la tierra. Los demócratas rechazan cualquier discriminación basada en el nacimiento; la tradición rechaza la discriminación basada en la muerte.La democracia nos enseña a no despreciar la opinión de un hombre válido, aunque sea nuestro caballerizo; la tradición nos pide que no la despreciemos, aunque sea nuestro padre. En cualquier caso, me resulta imposible separar tradición y democracia, y me parece evidente que son la misma cosa. Habremos de incluir a los muertos en nuestros concejos. Los antiguos griegos votaban con piedras; éstos votarán con lápidas. Nada más normal, puesto que la mayoría de las lápidas, como la mayoría de las papeletas, están marcadas con una cruz.

He de aclarar, por tanto, que si tengo algún prejuicio ha sido siempre a favor de la democracia, y por tanto de la tradición. Antes de llegar a ningún principio lógico o teórico me alegra reconocer esa ecuación personal: siempre me he sentido más inclinado a creer en la gente corriente y trabajadora que en esa clase particular y fatigosa de los literatos a la que pertenezco. Prefiero los caprichos y prejuicios de quienes ven la vida desde dentro a las cristalinas demostraciones de quienes la observan desde fuera. Siempre defenderé los cuentos de viejas ante los hechos de las solteronas. No me importa lo disparatado que pueda ser el ingenio, si es el de mi madre.”

Chesterton, G. K. Ortodoxia, Barcelona, Editorial Acantilado (2013).

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