La encrucijada de Cataluña y España, por Eugenio Nasarre

1.- Cualquier análisis de las elecciones del 21 de diciembre en Cataluña obliga a centrarse en lo que realmente está en juego:  la independencia o secesión de Cataluña. El análisis no debe ser estático, de foto fija, sino ha de tener en cuenta la evolución de los comportamientos electorales, comparando estas elecciones con las de octubre de 2015, puesto que han sido estas las primeras en que se planteó abiertamente la opción independentista (las “elecciones plebiscitarias”).

2.- La pregunta clave es: ¿se ha fortalecido o debilitado el independentismo en Cataluña? La respuesta sólo puede ser matizada. Veamos los datos que parecen fundamentales para acercarnos a esta gran cuestión.

En relación con una opción tan radical y de trascendencia histórica como es la independencia lo primero que hay que averiguar es el porcentaje de votos que secundan tal opción respecto al censo, para ver cuál es la base real de población favorable al independentismo. Pues bien, en relación con el censo el conjunto de las fuerzas independentistas (Juntos por Cataluña, Esquerra y la CUP) han incrementado su apoyo tanto en votos como en términos porcentuales. En el año 2015 los independentistas obtuvieron 1.966.508 votos, lo que representaba el 35,6 por 100 del censo electoral. En estas elecciones los votos obtenidos han alcanzado la cifra de 2.053.361, pasando la barrera de los 2 millones, lo que representa el 38,5 por 100 del censo.

Evidentemente el incremento de los votos en términos absolutos obedece a la excepcional participación alcanzada en estas elecciones (casi el 82 por 100), 7 puntos por encima de la ya elevada que se produjo en 2015. Pero hay que observar que el incremento porcentual del voto independentista, siempre en relación con el censo, es inferior al experimentado por el conjunto del censo, pero aun así es significativo (3 puntos).

Hay que dar valor a este voto. Pues en estas elecciones los electores sabían muy bien lo que hacían. Era una especie de ratificación o no de la opción adoptada hace dos años, pero conociendo ya sus consecuencias e implicaciones. Los electores sabían la fuga de 3.000 empresas; sabían que el señuelo de la Unión Europea se desvanecía; sabían que los dirigentes del procés se habían peleado entre sí; sabían que miles de ahorradores habían retirado sus depósitos de las entidades bancarias con sede en Cataluña; comprobaban que se resentía la actividad económica y que el camino de la independencia no era de “vino y rosas”. Y, sin embargo, se han ratificado masivamente en su opción adoptada hace dos años. Han creído probablemente que no hacerlo significaba una humillación, dar el triunfo a quienes habían impedido ese “sueño” de lograr la independencia gratis, con doble nacionalidad (catalana y española) y, por tanto, con pasaporte europeo, sin el lastre de tener que contribuir ya a la prosperidad de las regiones españolas más pobres, etcétera, etcétera. No parece haberse sentido engañados por los conductores del procés. Han preferido hacer culpables a los odiosos “enemigos de la causa” (el Estado español y sus representantes y también, aunque inesperadamente, a la Unión Europea y sus instituciones) que a los propios errores de los conductores del procés con sus decisiones adoptadas alocadamente y con procedimientos nada ejemplares desde el punto de vista democrático. Esa reafirmación significa que, a la par de una exculpación de los dirigentes nacionalistas, el sentimiento independentista, y los “contra-valores” del que se alimenta, está muy vivo en esa parte de la sociedad catalana. Porque resulta sorprendente que, a la vista de lo sucedido en los dos meses previos a las elecciones, a la vista de las incertidumbres que generaba ese “salto hacia el vacío” no haya habido apenas deserciones en el campo independentista. Es verdad que entre las ofertas electorales del 21 de diciembre no se había perfilado una opción de “nacionalismo moderado”, que habría podido acoger a los posibles desencantados con el procés o quienes sencillamente no querían exponerse a riesgos. Ante ese vacío, el PSC de Iceta pretendió ofrecerse como lugar de acogida, pero ese planteamiento, que parecía hábil, ha fracasado por la extrema polarización de la sociedad catalana. A tal escenario nos referiremos más adelante.

Pero hay un segundo elemento que abundaría en el fortalecimiento del independentismo. Se trata de los cambios experimentados en las fuerzas que lo componen. Dos de esas fuerzas políticas (PdCat y Esquerra) responderían a lo que podíamos bautizar como “independentismo genuino”. Son dos partidos que, aun con tradiciones diferentes, han bebido del alma común del nacionalismo catalán, que amalgama sectores sociales diversos: mundo rural, con antecedentes carlistas, clases medias urbanas y burguesía empresarial. La CUP es una opción completamente diferente. Sus fuentes son el anarquismo, corriente que está presente como el Guadiana en la historia de Cataluña desde el siglo XIX y cuyo objetivo fundamental es la destrucción del orden social “capitalista” y que ha abrazado el independentismo como camino más favorable para el logro de sus aspiraciones revolucionarias. Para la CUP el independentismo no es el fin sino el mejor medio para avanzar hacia su objetivo revolucionario.

Pues bien, el “independentismo genuino” ha incrementado significativamente sus votos a costa de la CUP. Ha logrado 1.870.009 votos (el 43,04 por 100 de los votos emitidos), mientras que hace dos años obtuvo 1.628.714 (el 39,59 por 100). Es razonable pensar que el grueso de ese aumento de 250.000 votos haya ido a parar a la plataforma liderada por Puigdemont por el trasvase de los votantes de la CUP para salvar al President. En todo caso, ese trasvase refuerza al “independentismo genuino”, puesto que ha prevalecido la idea de defender a los conductores del procés frente a otras consideraciones.

3.- Pero, ¿hay factores que nos permiten afirmar que, al mismo tiempo, el independentismo se ha debilitado en estas elecciones?

Ciertamente los hay. Se trata, fundamentalmente, de tres factores.

El primero es que en estas elecciones aparece un escenario de polarización extrema de la sociedad catalana, con los dos polos (independentistas y constitucionalistas) enormemente equilibrados. Las elecciones nos muestran una sociedad con una honda fractura social, que se desarrolla en todos los ámbitos de convivencia (empresas, colegios profesionales, escuelas, confesiones religiosas e incluso familias), en la que, en principio, las posiciones se muestran irreconciliables.

Lo importante es señalar que los dos bandos aparecen muy igualados. Si hacemos la comparación entre el “independentismo genuino” (Pdcat y Esquerra) y el “constitucionalismo” (Cs, PSC y PP), los primeros han alcanzado 1.870.009 votos (el 43,04 por 100 de los votos emitidos) y los segundos 1.889.176 votos (el 43,49 por 100). Es decir, el constitucionalismo ha vencido por pocos votos al “nacionalismo genuino”.

Pero, si hacemos la comparación entre el conjunto de fuerzas políticas en liza, habría que incorporar al independentismo los votos de la CUP y a los “no independentistas” (ya no podemos hablar de constitucionalismo) la marca catalana de Podemos (Ada Colau y Pablo Iglesias). Los primeros han alcanzado el 47,49 por 100 de los votos, mientras que los segundos el 50,94 por 100.

Pero esta segunda comparación hay que verla con cautela. Es cierto que CatComú-Podem, tanto en la legislatura anterior como en este momento, se ha alineado en el bando no independentista, aunque con una fuerte dosis de ambigüedad, sobre todo por parte de su líder local (Ada Colau). En estas circunstancias CatComú-Podem desempeña un papel que presenta notables analogías con el de la CUP, pero en este caso en el bando “no independentista”. CatComú-Podem es un conglomerado político no constitucionalista, de carácter populista, que también pretende derribar el “orden social”, aunque con planteamientos confusos y contradictorios. CatComú-Podem podría en el futuro cambiar de alineamiento y decantarse por el bando independentista. Si eso ocurriera, el independentismo habría dado un avance gigantesco para sus pretensiones secesionistas. Lograría casi un 45 por 100 de apoyo del conjunto del censo de la población catalana. Por esta razón el independentismo hará los máximos esfuerzos para atraerse a este mundo que ahora lideran Iglesias y Colau en medio de difíciles equilibrios internos y tensiones. Pero el hecho real es que, hoy por hoy, no se ha decantado por el independentismo, aunque no pueda ser considerado un socio fiable para el constitucionalismo.

El segundo factor que debilita al independentismo es el (relativo) fortalecimiento del constitucionalismo, tanto en cuanto a la representación alcanzada como en cuanto a su movilización, que le convierte en un bloque activo en mejores condiciones que antes para dar la batalla al independentismo en el seno de la sociedad catalana.

En efecto, el constitucionalismo ha logrado 1.889.176 votos, lo que representa el 43,49 por 100 del total de votantes. Son casi 300.000 votos más que hace dos años y un incremento porcentual de cuatro puntos. En términos relativos también ha mejorado su posición frente al independentismo, aunque haya sido muy modestamente.

Pero, además, la composición interna del constitucionalismo ha experimentado una mutación radical. Si hace dos años las tres fuerzas que lo formaban estaban relativamente equilibradas, con el liderazgo, desde luego, de Ciudadanos, ahora ese liderazgo se ha convertido en una verdadera hegemonía. La concentración del voto hacia Inés Arrimada ha sido espectacular. Con sus 1.100.000 votos y 37 escaños ha logrado ser la fuerza política más votada en Cataluña. Este hecho adquiere un carácter simbólico y político de gran importancia.

Los electores catalanes no independistas han decidido premiar a la líder de Ciudadanos con una doble finalidad. La primera, conseguir la victoria electoral de un partido constitucionalista arrebatándosela al independentismo. El “voto útil” ha actuado con gran fuerza para el logro de tal objetivo. La segunda, premiar a quien ha dado la batalla con mayor vigor en los últimos tiempos al mundo independentista. Eso significa que ha emergido una nueva motivación en una importante franja del electorado. Ya no aceptan una actitud resignada frente al camino cada vez más radical del nacionalismo, que avanza paso a paso hacia su meta final. Reclaman, por eso, una acción política más activa y enérgica en defensa de los valores constitucionales y de la unidad de España, con menos complejos y con mayor capacidad de frenar la estrategia conducente a la secesión.

Este cambio en el “bloque constitucionalista” implica, al menos a corto plazo, su fortalecimiento, pues una gran parte de ese electorado ampliado ha demostrado que está dispuesto a movilizarse para defender sus ideas y sus derechos, lo que resulta una importante novedad en la reciente historia política de Cataluña. Lo saben (y lo temen) los independentistas, porque el fortalecimiento del adversario conlleva el propio debilitamiento. Y de ahí los virulentos ataques a quien lidera esta nueva actitud, Inés Arrimadas. Este hecho será una de las claves para la dinámica política que se abre en Cataluña a partir de estas elecciones. Por de pronto los independentistas ya no podrán hablar en nombre de Cataluña, teniendo en su contra al partido más votado.

Pero el tercer factor que fortalece el constitucionalismo es el mapa electoral que resulta por la diversa distribución de los votos (independentistas o constitucionalistas). Aparecen dos Cataluñas claramente diferenciadas. El independentismo triunfa con rotundidad en la Cataluña rural, se impone con porcentajes apabullantes en la inmensa mayoría de los pequeños municipios y vence con nitidez en las provincias de Gerona y Lérida. En cambio, el constitucionalismo vence en la provincia de Barcelona, que representa el 75 por 100 de los votantes. Y Ciudadanos se convierte en la primera fuerza política en ochenta municipios de esa provincia, prácticamente la totalidad de los que tienen mayor población, entre ellos la ciudad de Barcelona. Así, la Cataluña más urbana, industrial y dinámica, donde se alojan la actividad fabril y la industria turística, se decanta por las opciones constitucionalistas, frente a la Cataluña rural y de los pequeños núcleos urbanos, que constituyen los feudos del independentismo.

4.- ¿Cuál es el balance del panorama descrito? ¿Cuál es la dinámica que puede desarrollarse en los próximos tiempos?

Los puntos a tener en cuenta serían los siguientes:

1.- El independentismo no está en condiciones de proseguir con carácter inmediato la proclamación unilateral de la República independiente de Cataluña. No ha logrado unas bases sociales y políticas suficientes y ha generado una polarización, a partes iguales, que le impide dar el gran paso.

2.- Sin embargo, se abre un panorama de gran incertidumbre, con una sociedad fracturada y con perspectivas económicas sombrías con efectos muy negativos para el empleo y la inversión.

3.- El primer objetivo del independentismo será recuperar la Generalitat. Buscará fórmulas alambicadas para lograr tal propósito y evitar nuevas elecciones.

4.- El independentismo, una vez ocupada la Generalitat, no va a detener el procés, en contra de lo que algunos ingenuamente pronostican. Intentará darle un nuevo impulso con tres objetivos de carácter inmediato:

a) Mantener e intensificar toda la acción propagandística, cuyos resortes conocen bien, para legitimar el procés, argumentando que los resultados electorales lo han avalado. No podemos olvidar que la “declaración de independencia” ya se ha hecho, aunque haya sido anulada por el Tribunal Constitucional. La invocarán permanentemente para afianzar sus propósitos.

b) Reclamar con reiteración ad nauseam la negociación con el Gobierno de España para acordar los términos de la secesión, planteándola como una negociación entre sujetos iguales, aunque, al mismo tiempo, explorarán negociaciones sectoriales para los asuntos de gestión ordinaria. Seguirán utilizando el “doble sombrero” como con tanta habilidad han hecho hasta ahora.

c) Intensificar todas las acciones conducentes a ampliar la base social independentista y mantener su movilización, los sentimientos de agravio y el victimismo. Redoblarán la presión en sectores sensibles como el mundo educativo, las organizaciones sociales, los colegios profesionales, el mundo sindical etc. Será objeto preferente atraer a los sectores representados por el eje político Colau-Iglesias.

5.-El constitucionalismo debe asumir este reto con determinación y coraje político, aprendiendo de los errores cometidos durante estos años. Debe elaborar una nueva estrategia para hacer frente al independentismo y promover con vigor los valores constitucionales. Esta estrategia exige una suficiente colaboración y entendimiento entre las fuerzas constitucionalistas. La división y enfrentamiento entre ellas sería el mejor regalo a la causa independentista.

6.- Los ejes de la acción política del constitucionalismo deberán centrarse en dos ámbitos:  el educativo-cultural y el económico. En ambos deberá fortalecerse la presencia del Estado y de sus instituciones en el marco de las atribuciones que la Constitución le otorga. La sociedad catalana no independentista no puede sentirse desamparada ante las políticas de presión nacionalista, que continuarán intensificando los poderes de la Generalitat. La batalla educativo-cultural ha de tener como criterio inspirador el valor superior de la libertad. Todo el constitucionalismo debe apoyar activamente a las entidades cívicas de la sociedad catalana que defienden los valores constitucionales, así como los valores de la Europa integrada.

En esta encrucijada, para hacer frente al gran desafío que el independentismo catalán ha provocado a España nada debe ser como antes. El constitucionalismo tiene una gran oportunidad para hacer cambiar las cosas en Cataluña en la dirección que marca nuestro tiempo histórico, que es el de la sociedad abierta en una Europa integrada. Las elecciones del 21 de diciembre sólo nos han señalado las dificultades de esta imprescindible tarea, que es vital para nuestro futuro común.

Eugenio Nasarre

MIEMBRO DEL CONSEJO ASESOR DE FLORIDABLANCA

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