Cataluña y el “error Cameron”, por José Ruiz Vicioso

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Artículo originalmente publicado el 24 de septiembre en Vozpópuli


Cataluña y el "error Cameron"

En su célebre Discurso de Bloomberg del año 2013, el por entonces primer ministro británico David Cameron anunciaba a la opinión pública su decisión de convocar un referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la Unión Europea. Presionado por los euroescépticos dentro y fuera de su partido, Cameron se proponía zanjar definitivamente un problema que el país -y especialmente los conservadores- arrastraban desde hacía décadas: “Ha llegado el momento de resolver la cuestión europea en la política británica”, afirmó.

Como es bien sabido, el referéndum sobre el Brexit de 2016 no sirvió en absoluto para “solucionar” la cuestión europea, ni en la sociedad británica ni dentro del partido conservador. Por el contrario, dejó una sociedad polarizada en dos bandos antagónicos y llena de fracturas: una fractura social entre mayores y jóvenes; una fractura sociodemográfica entre clases urbanas y medios rurales, y una fractura territorial entre Inglaterra y Gales, por un lado, y Escocia e Irlanda del Norte, por otro. Notoria es, también, la división interna del actual gobierno de Theresa May entre los partidarios del Brexit “duro” y los favorables al Brexit “suave”. La pugna continúa en el partido Tory.

Resulta cuanto menos sorprendente que un conservador británico como Cameron se mostrara tan alejado de las enseñanzas de Burke (1729-1797). Fue este gran pensador el que por primera vez en la historia expuso con lucidez los riesgos que encierran las soluciones abstractas para los problemas concretos, el creer que existen fórmulas mágicas para problemas que son históricos y encierran múltiples implicaciones. Cuántas veces las consecuencias no son peores que la situación preexistente… La verdad del conservadurismo reside en que siempre es más fácil destruir que construir, y por ello la política no debe enfrentarse bajo una óptica binaria, sino atendiendo a las complejidades de lo concreto. En cuestiones de calado histórico, que encierran componentes identitarios y emocionales -como lo son la cuestión europea en el Reino Unido o la cuestión catalana en España- no hay soluciones inmediatas definitivas. Puesto que no se trata de decisiones de política pública (aprobar tal o cual programa, conceder tal o cual subvención, etc.), no podemos aspirar más que a ir ganando terreno poco a poco, mediante estrategias a largo plazo que se mantengan en el tiempo y nos aproximen gradualmente al objetivo que buscamos.

El “error Cameron” fue precisamente el creer que el problema europeo podía resolverse de golpe y plumazo, cuando lo que consiguió fue agravar el problema, meter al país en una situación de incertidumbre sin precedentes y desatar el populismo en una clase política históricamente caracterizada por la moderación.

Ese error aparece ahora instalado en el debate sobre el llamado “encaje de Cataluña” en el conjunto de España. Nunca han faltado en nuestro país los arbitristas -algo que constituyó todo un género literario en el siglo XVII- pero la gravedad de la situación en la que nos encontramos ha enardecido de nuevo la busca del bálsamo de fierabrás. Sin embargo, es evidente que la terrible fractura que el independentismo ha causado en la sociedad catalana es muy difícil de reconducir. Por supuesto, ni el referéndum inconstitucional ni el reconocimiento de un inexistente y alegal “derecho a decidir”, como propugnan los bienquedas y equidistantes oficiales, pueden servir para resolver el problema de convivencia entre catalanes al que nos enfrentamos. Tampoco un mero “hacer cumplir la ley” aborda la cuestión de fondo, por más que sea requisito previo e indispensable.

Bien, si no hay solución mágica ¿qué hacer, entonces? Asumiendo que la cuestión catalana es uno de esos conflictos que no admite soluciones inmediatas y onmicomprensivas (cualquier salida de ese tipo no sería más que comprar tiempo, para unos o para otros) lo que debemos hacer es ir recuperando el terreno perdido en las últimas décadas. Para ello hace falta, en primer lugar, liderazgo. Un liderazgo capaz de convocar a la inmensa mayoría del país a un proyecto político que haga de la virtud cívica la base del sentimiento ciudadano. Aquí hay dos asuntos que son clave: La educación común en el conjunto de España y la organización territorial que garantice de verdad la igualdad entre los españoles, la solidaridad interregional y la cohesión social. Son mínimos indispensables para que un país funcione.

Liderazgo, estrategia y patriotismo son los componentes básicos para hacer eso que Ortega llamaba un “proyecto sugestivo de vida en común”. Aprendamos de los errores propios y ajenos. Esta es una carrera de fondo, no es cosa de un día, pero no por ello hay que dejar de intentarlo.

José Ruiz Vicioso

MIEMBRO DEL EQUIPO DE FLORIDABLANCA

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