Balmes o la política constitucional al servicio de la conciliación, por Josep Mª Castellá

El constitucionalismo español del s. XIX se suele interpretar bajo el prisma de un péndulo que oscila entre constituciones liberales o progresistas y constituciones moderadas o conservadoras. De este modo se resalta la inestabilidad constitucional y la escasa incidencia de los documentos constitucionales en la vida política y social del país.

Teófilo Gautier captó muy bien nuestra realidad constitucional durante su viaje por España en 1837, quien al ver en cada pueblo o ciudad una plaza dedicada a la Constitución, señaló que esta venía a ser un revoco de yeso sobre un edificio de granito. Sin embargo, la visión pendular tiende a obviar que las constituciones conservadoras estuvieron vigentes mucho más tiempo que las liberales (la de 1845 durante buena parte del régimen isabelino y la de 1876 toda la Restauración). En tales periodos se crea el Estado español contemporáneo, que en buena medida perdura, con sus grandes instituciones y la administración (inclusive la Guardia civil) y el gran edificio legal con la codificación a la cabeza. Pero, además, como puso de relieve Sánchez Agesta, el constitucionalismo del siglo XIX, Cádiz aparte, presenta una base común que se inaugura en 1834 con el Estatuto real y se mantiene prácticamente todo el siglo (salvo el periodo de la Revolución gloriosa entre 1868-1874). Este constitucionalismo establece un Estado representativo, de Derecho y centralizado. Las diferencias a lo largo del siglo son sobre todo de doctrinas constitucionales en juego, que solo en parte se reflejan en las constituciones mismas. Frente a la soberanía nacional, la soberanía compartida Rey-Cortes; frente a constituciones rígidas, constituciones flexibles, frente a la monarquía constitucional, la monarquía limitada.

Ejemplar de la Constitución de 1812, Barcex / Wikimedia Commons

En el s. XIX las ideas constitucionales afloran y se debaten más en la tribuna parlamentaria, las cátedras del Ateneo y los artículos de publicistas, que en universidades y por académicos. Jaime Balmes fue uno de los más destacados publicistas del siglo, aunque sus aportaciones alcanzan a penas una década, por su temprana muerte en 1848, a los 37 años, justo antes de estallar la revolución en Francia. Sin enseñar en la universidad (se había formado en Cervera además del seminario de Vic), entiende como nadie el papel de la opinión pública en los sistemas políticos contemporáneos: escribe infatigablemente y crea varios periódicos, con los que trata de influir en la política y particularmente en el moderantismo. Por ello se traslada a Barcelona en 1841 y tres años más tarde a Madrid, para estar cerca del poder. Su mirada escudriña algo más de una década bien convulsa de la historia de España (y de Europa), en la que se dirime el conflicto entre carlistas y liberales en la primera guerra civil (1833-39), y entre moderados y exaltados sobre todo en la reconstrucción posterior. Durante este periodo, se crea el Partido moderado, como vehículo para la representación de unos intereses y unas ideas frente los intentos de alterar los equilibrios tradicionales básicos, por parte de Mendizábal y su desamortización primero y por la autocracia de Espartero después.

Es conocida su fracasada propuesta de matrimonio entre Isabel II y el conde de Montemolín, hijo del pretendiente carlista, sobre la que quería asentar la conciliación entre ambos bandos. Pero detrás hay en Balmes todo un programa constitucional para el periodo, que a su vez se asienta sobre una determinada filosofía social y política, que no parte ni de apriorismos teóricos ni de la preservación del pasado sin más, sino de la adaptación a la realidad social existente. Por ello defiende que el poder, los partidos y la “constitución” han de reflejar y responder a dicha realidad. De lo contrario, serán efímeros y para nada podrán influir en la situación política dada. Lección perdurable.

La suya es una aproximación analítica y pragmática a lo que ocurre. No cabe la vuelta al absolutismo ni al poder de los viejos estamentos sino estar abierto al “espíritu del tiempo”, pero sin arrinconar el pasado. Tampoco cree que la solución política pase por otorgar todo el poder al pueblo, por irrealista. Advierte como en España la Monarquía y la sociedad o el pueblo son dos factores de continuidad preponderantes, como lo es el catolicismo, cuyos valores la vertebran. En cambio, la nobleza hereditaria ha sido sustituida por la del dinero y la inteligencia (burguesía), lo que ha de hallar reflejo en el régimen electoral (censitario y de capacidades) y en la composición del Senado. Aunque sabe del carácter minoritario de estas clases emergentes, reconoce su carácter dinámico y creativo, que no cabe desconocer, como tampoco la realidad social mayoritaria, con un pueblo vinculado a la tradición.

Frente a la copia de lo que ocurre en el extranjero, que por otra parte sigue muy de cerca (sobre todo en Francia, Inglaterra e Italia), con el liberalismo doctrinario y el gobierno representativo imperantes, reivindica la continuidad/adaptación de la tradición constitucional hispana, que había sido recordada en el Discurso Preliminar de la Constitución de Cádiz, y que está presente en la obra de los teólogos y juristas de la Escuela de Salamanca. De este modo Balmes, como antes Jovellanos y después Cánovas, e igual que su contemporáneo Donoso Cortés (tan diferente en otras cosas), identifican en la Constitución interna o histórica la verdadera constitución, que la Constitución escrita codifica. Tal constitución (hoy diríamos material) está formada por el Monarca soberano (pero no absoluto) y por unas Cortes bicamerales, deliberativas y que han de aprobar los tributos. Esta es la base de la monarquía limitada (o constitucional según denominación de otros), que se refleja en el Estatuto real de 1834 y en la Constitución de 1845 (además de la de 1876) que Balmes saluda. La constitución escrita establece las relaciones entre dichos poderes, y puede ser modificada por el acuerdo de ellos, de modo que los poderes constituidos son a la vez constituyentes. Para Balmes lo importante no es tanto el documento escrito como la adecuación de este a la realidad de la nación.

Palacio del Senado, Luis García / Wikimedia Commons

Palacio del Senado, Luis García / Wikimedia Commons

Estamos ante un concepto sociológico y político de constitución, no jurídico. Este es el límite de su concepción constitucional, cuya superación no se produciría hasta el siglo XX en el continente europeo. En su programa constitucional hay espacio también para la comprensión del papel de la oposición para controlar el poder del gobierno, para la defensa de la libertad de imprenta frente a ataques gubernativos, o del foralismo, no solo vasco y navarro, sino también del “provincialismo” en general y catalán en particular, frente al centralismo. A la vez rechaza con gran lucidez las tendencias independentistas y la aplicación en España del federalismo de otros países.

Balmes no tuvo a quien le diera a conocer en Europa en el s. XX, como Schmitt con Donoso Cortés (y su idea de Dictadura), pero Menéndez y Pelayo resalta que frente a la elocuencia deslumbrante del extremeño, las ideas políticas del catalán han envejecido mucho menos. El centenario de Balmes fue celebrado por el franquismo con publicaciones de y sobre su obra, pero ello lo convertía en anticuado y sospechoso en el actual periodo democrático. El profesor Lucas Beltrán en 1976 sitúa a Balmes en la “tradición centrista catalana”, junto a Capmany, Mañé y Flaquer y Cambó, entre otros, que combina catolicismo y liberalismo, servicio a Cataluña y defensa de la unidad de España, espíritu conservador, que pone en valor tradiciones e instituciones vigentes, con necesidad de renovación frente al inmovilismo, y que articula idealismo con un sentido pragmático o de la realidad. El ideario constitucional de Balmes se entiende en estas coordenadas. Acababa el maestro liberal su artículo en La Vanguardia Española (que mereció el premio Aznar de periodismo aquel año) con estas palabras en relación con esta tradición centrista catalana: “El joven político catalán que quiera ser su verdadero sucesor habrá de hacer lo mismo”. La tarea sigue pendiente. De momento podemos empezar por leer los ensayos de Balmes y hallar luz -y método- para orientarnos en el momento presente.

Josep M.ª Castellà Andreu

PROFESOR DE DERECHO CONSTITUCIONAL DE LA UNIVERSIDAD DE BARCELONA, VICEPRESIDENTE DEL CLUB TOCQUEVILLE

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