Tras el 20D: Bailando con lobos

Las elecciones del 20 de diciembre nos han sumido en una preocupante inestabilidad política. Si bien parece un paso positivo que nuevas fuerzas políticas hayan emergido poniendo presión sobre las tradicionales, pues la competencia por lucir como opción más honrada, creativa o responsable que la de al lado puede hacer de todas ellas algo mejor, no es menos cierto que existe un claro riesgo de que algunos sean cegados por la novedad y que, aturdidos por la cosmética, acaben bailando con la más fea.

La fugaz reunión de Mariano Rajoy con Pedro Sánchez en la Moncloa no invita al optimismo. El líder socialista parece más empeñado en su supervivencia política—ni siquiera en la de su partido, como muestra el desprecio a las sensatas advertencias de sus barones y patriarcas—que en la estabilidad de España. Sánchez prefiere echarse en brazos de una extrema izquierda que, bajo una piel de cordero socialdemócrata, va de la mano de lobos chavistas, independentistas y filo-etarras.

Tras las elecciones, Podemos ha empezado a dar pistas de lo que puede ser capaz. Al calor de la euforia electoral, Pablo Iglesias deslizó entre las “líneas rojas” que tiene para sentarse a negociar posibles pactos de investidura y gobierno, una de marcado carácter bolivariano: la implantación de un referéndum para revocar el mandato del presidente del gobierno si éste no cumple el programa electoral. Esta medida, que recoge la Constitución venezolana en sus artículos 71 y 233, ha sido uno de los mecanismos favoritos del chavismo para perpetuarse en el poder, pues aporta una falsa confianza en quien propone la medida; permite recolectar información sobre aquellos que proponen el referéndum, ya que han de identificarse y firmar la petición; y da la oportunidad de discriminar y acosarlos. Esto no son conjeturas. Hugo Chávez, enfrentado a un referéndum de estas características en 2004, hizo pública la lista y datos de las personas que pidieron su revocación y persiguió brutalmente a los firmantes.

¿Podría pasar eso en España? Que en la búsqueda de la respuesta la hemeroteca aporte luz sobre la figura de Pablo Iglesias, líder de los 69 diputados de Podemos: Iglesias ha reconocido su admiración por el régimen chavista; ha enfatizado que “no he dejado de proclamarme comunista nunca”; ha dicho que el terrorismo de ETA “tiene explicaciones políticas” o que es necesario que “los presos de ETA y aquellos vinculados al independentismo vasco vayan saliendo de las cárceles”; ha propuesto dejar las medias tintas e “irse de cacería a Segovia a aplicar la justicia proletaria”; ha señalado que “lo que haría un gobernante decente [es] expropiar” o que “ser demócrata es expropiar”; ha mostrado su gusto por “quien moviliza al ejército para decir a los mercados: cuidado, que las pistolas ahora las tengo yo”; y ha dirigido “escraches” contra políticos como Rosa Díez para intimidar y censurar opiniones contrarias a la suya, en una universidad pública, nada menos.

Por supuesto, Podemos no se ha manifestado en contra de los atropellos contra los derechos humanos que el régimen venezolano ha venido cometiendo, absteniéndose en varias votaciones en el Congreso, el Senado y hasta el Parlamento Europeo en favor de los presos políticos venezolanos, algo que no puede extrañar si uno lee las informaciones que múltiples medios de comunicación, españoles y extranjeros, han aportado acerca de la financiación y negocios que Podemos y sus líderes han tenido con el gobierno venezolano y empresas afines

El lobo Iglesias no reconocerá nada de lo anterior, aunque haya quedado grabado. El reconocer la verdad no parece uno de sus puntos fuertes; tampoco la lealtad. Su amigo griego Alexis Tsipras, con quien hizo campaña en enero de 2015 y a quien vitoreó en el Parlamento Europeo en verano, puede atestiguarlo. Después del surrealista referéndum griego en julio y el lío político, económico y social en que Tsipras metió a su país—antes de agachar las orejas y decir sí a todo a Bruselas—, Pablo prefirió guardar sus alabanzas y fotos con Alexis en un cajón, no fueran a ensuciar la nueva camisa socialdemócrata que se compró en otoño.

La manera en la que el discurso de Podemos nunca ha casado, ni casará, con la realidad, se aprecia nítidamente en su teórica razón de ser, la lucha contra la corrupción y las “castas” y la democratización y apertura del sistema político. Así lo reflejan, por un lado, el caso de la beca fantasma de Errejón, los numerosos ejemplos de nepotismo tras las elecciones autonómicas y municipales o los sueldos que los europarlamentarios de Podemos se han venido auto-donando; y, por otro, las amenazas de expulsión del partido a los críticos con el censo podemita a principios de año o las primarias “anti-círculos” que Iglesias condujo por sorpresa en una sola semana de junio. Tampoco parecen poder reconciliarse las empalagosas llamadas al diálogo ni el verbo pausado, de bajo tono, del que hace gala Iglesias en sus actuaciones frente a las cámaras, con el antisemitismo y admiración por la guillotina que públicamente han expresado ciertos concejales de la órbita de Podemos.

Tras el 20-D y el portazo a Rajoy, Pedro Sánchez ha decidido querer invitar a bailar al lobo Iglesias, siguiendo la hoja de ruta que marcó el señor José Luís Rodríguez Zapatero. Como reveló el propio Iglesias el 4 de abril en su programa “Fort Apache”, emitido por la cadena de televisión iraní HispanTV, Errejón y él habían hablado con Zapatero y Bono acerca de pactos postelectorales con el PSOE, concluyendo que “claro que podemos gobernar juntos”.

Puesto que los males nunca vienen solos, la música del baile parece que la pondrán la extrema izquierda y los independentistas. Ni siquiera el hecho de que Iglesias haya señalado como otra de sus “líneas rojas” para pactar el llevar a cabo un referéndum en Cataluña ha conseguido amedrentar al irresponsable Sánchez, siendo como es muy consciente de la necesidad que va a tener de buscar apoyos entre los enemigos de España. La Ley y la Constitución de 1978, garantes de la libertad e igualdad de todos, no parecen ser obstáculo para el tren de la Historia en el que los camaradas Sánchez e Iglesias están dispuestos a viajar para asaltar el poder, que es tristemente su cielo.

Malas noticias para España. También para Pedro Sánchez, quien acabará por verse devorado por sus socios, y para el PSOE, que corre el grave riesgo de verse fagocitado por un frente de extrema izquierda ansioso por romper nuestra convivencia y nuestra libertad. Para ello, se valdrán de todos los medios, pero sobre todo, como han venido haciendo, de ideas. Malas ideas, pero ideas. Iglesias, fiel a Gramsci, lo tiene claro: lo importante “es la capacidad orgánica de los sectores dominantes para convencer a las mayorías sociales de los relatos que justifican y explican el orden político. Los dispositivos de convencimiento son básicamente culturales”, de ahí que Podemos haya utilizado “una estrategia de combate político en la batalla de las ideas que se libra en los medios”.

Debemos reivindicar la fortaleza de los principios y valores del liberal-conservadurismo porque son mejores ideas. Es una batalla que ganaremos, pero hay que darla. Si el Partido Popular aspira a ser quien lidere la reacción frente a la amenaza que imprudentes, lobos e independentistas representan, debe dotar de contenido político su accionar, algo que ha despreciado en los últimos años. Se hace más necesario que nunca un Congreso del PP verdaderamente abierto. Solo así se podrá articular un nuevo proyecto para España, inspirado en principios y valores liberal-conservadores, rebosante de buenas ideas e ilusión, que venza intelectual y políticamente al socialismo y la extrema izquierda. Un proyecto que asegure un futuro unido, plural y próspero para todos.

Sello

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